En la colonia Ampliación Bicentenario, un grupo armado asesinó a los hermanos César Osvaldo, Cristian Arnulfo y Luis Benigno
A veces las noticias son difíciles de digerir: tres hermanos fueron asesinados casi de manera simultánea durante la madrugada del martes 4 de noviembre, en la colonia Ampliación Bicentenario, una de las zonas más marginadas de la ciudad de Culiacán, a un costado del relleno sanitario.
Fueron sus propios familiares quienes hicieron el reporte. De acuerdo con las autoridades, un grupo armado ingresó a la vivienda de César Osvaldo, de 28 años, y lo asesinó mientras dormía. Luego se dirigió al domicilio de Cristian Arnulfo, de 25, ubicado a unos cien metros de distancia, y lo mató también dentro de su habitación.
A Luis Benigno, lo encontraron sus familiares en las inmediaciones del relleno sanitario, mientras las autoridades ya investigaban los primeros dos homicidios. Los mataron a los tres.
Elementos del Ejército y de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana se mueven entre las escenas del crimen, tratando de reunir las piezas de un rompecabezas macabro, mientras la madre de las víctimas se desvanece de dolor entre los brazos de sus familiares que ocultan la cara para no mostrar sus lágrimas.
En medio de todo, un niño no mayor de 6 años, vestido únicamente con un short gris, juega con la tierra mientras observa el área acordonada y las sirenas de las unidades militares.
—¿Qué pasó? —pregunta—. ¿Mataron a alguien?
Rompecabezas macabro
Afuera de la casa de Cristian Arnulfo, ubicada a unos metros de la avenida principal de la colonia, se han congregado vecinos y familiares. Ahí, la madre de las tres víctimas aguarda entre lamentos los protocolos de la Fiscalía y del Servicio Médico Forense.
La acompaña su hijo menor, el único que le queda. Él no vive por la zona; le avisaron en la madrugada lo que había ocurrido.
—Estaba dormido. Un primo me habló y me dijo que habían “atrasado” a mis hermanos, y pues me vine en chinga para acá. No sé qué pasó, yo no estaba, nomás estoy acompañando a mi mamá — cuenta.
Su madre lo interrumpe. Dice que Luis Benigno la había buscado durante la madrugada, antes de ser asesinado, pero no la encontró. Por eso se fue, escapando para que no lo mataran. Ella cree que fue el primero en morir, aunque fue el último en ser localizado. Su voz suena como un continuo lamento.
—Yo estaba dormida en la casa y escuché cuando tumbaron la puerta y los balazos en el otro cuarto. Ahí se murió, en mis brazos… mi hijo —relata, con la voz ahogada por el dolor—.
Fueron a avisarme que nos viniéramos con Cristian, pero ya me lo habían “atrasado” también; lo mataron dormido. Luego me dijeron que en la madrugada me había andado buscando Luis, pero no me encontró y se fue otra vez, allá donde lo hallaron. Lo mataron también. Ahí está solito, pobrecito.
Mientras la madre de cinco hijos espera las labores de la Fiscalía para no dejar solos a César y Cristian, a unos cientos de metros, en la desolación de las inmediaciones del relleno sanitario, su hija acompaña el cuerpo de su hermano Luis Benigno.
El horror ha logrado lo impensable: partir a la familia viva y dispersar a los tres hermanos muertos en puntos distintos de la colonia.
—Es que no me puedo ir porque no me dejan entrar a sacar los papeles —justifica la madre.
Un baño de sangre en un territorio sin ley
La colonia Ampliación Bicentenario, levantada entre calles de terracería y escombros, es un reflejo del abandono institucional que cubre buena parte de los márgenes urbanos de Culiacán.
Aquí no hay patrullas permanentes, y en ese contexto de vulnerabilidad, la violencia se mueve con naturalidad. Las ejecuciones nocturnas y los desplazamientos forzados se han vuelto parte del día a día. Los vecinos saben cuándo callar, cuándo cerrar las puertas; basta un vistazo para saber, que nadie aquí espera justicia.
En la esquina, a prudente distancia, una mujer carga a un pequeño no mayor de cuatro años. Es su nieto; es hijastro de César Osvaldo, y dormía entre él y su madre al momento del asesinato.
—Yo conozco a la muchacha porque antes era mi nuera, pero se separó de mi hijo y se juntó con el muchacho. Me trajo al niño para que lo cuidara, es mi nieto. Me contó que estaban dormidos cuando escuchó que tumbaron la puerta y se quedó serenita nada más, estaba todo oscuro todavía. Dice que prendieron un foquito y dijeron: “Aquí está”. Bendito Dios que no le pegaron al niño ni a la muchacha —relata.
—Tuvo que levantar al niño porque estaba lleno de sangre, se manchó todo, de pies a cabeza, y lo metió a bañar, toda asustada porque no sabía si le habían pegado —añade, mientras acaricia y besa la cabeza del menor que se retuerce en sus brazos.
El silencio, interrumpido ocasionalmente por los lamentos, es pesado.
Los vecinos se arremolinan en la calle, mientras que el niño del short gris sigue jugando con la tierra, ahora más cerca del cerco amarillo. Dibuja algo con un palo, sin mirar a nadie.
A unos metros, ella sigue ahí, arropada por las vecinas esperando entrar por los papeles. No los quiere dejar solos.
En Sinaloa, las madres se han convertido en la figura que sostiene la memoria del crimen. No solo entierran a los hijos: los buscan, los nombran, y los reclaman. El dolor de esta mujer, sola entre tres cuerpos, resume una tragedia colectiva, y una nueva carpeta de investigación no es suficiente para traducir esa pérdida.
La realidad es difícil de digerir: hoy, una madre sintió morir tres veces.
Artículo publicado el 09 de noviembre de 2025 en la edición 1189 del semanario Ríodoce.






