La Laguna de San Pedro, la noche que rondó el horror

La Laguna de San Pedro, la noche que rondó el horror

En un solo ataque, un padre, su hija de 14 años y un sobrino fueron asesinados; eran soldadores dice su familia

 

 

La calle principal de la Laguna de San Pedro aparece de pronto al girar en la carretera que va a Navolato. Apenas cruzando el puente se asoma la escuela. Los perros cruzan la calle sin apuro, como si no hubiera pasado nada. En una motocicleta —el medio de transporte más común en el poblado—, se desplaza una pareja. A una seña se detienen para responder.

“Le sigue derecho y en la curva a la derecha, en la casa de la esquina con un portón café… ahí vivía la niña. Era muy alegre… pobrecita”, dice la mujer mientras mira al suelo con una mezcla de alivio y dolor. Siente que el horror pasó rozándola, pero siguió de largo. Esta vez no la tocó. “Yo también tengo hijos, no me quiero ni imaginar”, añade, bajando la voz.

En la calle principal, frente a la escuela Josefa Ortiz de Domínguez, unas veladoras desafían el sol de octubre. Los vecinos esquivan las manchas de sangre que aún persisten sobre el ardiente cemento. Hace menos de 12 horas, este fue el escenario del más inimaginable horror.

Otra vecina cuenta que escuchó las detonaciones poco después de las nueve de la noche del jueves 30 de octubre. “Eran fuertes, aquí nomás afuera. Pero no salimos. Nos quedamos encerrados más de dos horas”, dice, y baja la voz. “Estábamos viendo las noticias… primero dijeron que era un muerto, pero luego supimos que eran tres. Y que era la niña. Sentí muy feo, más que nada por su mamá. La escuchaba gritar…yo también soy madre”.

Apenas 200 metros más adelante está la curva, y la casa de la derecha. Una niña camina cabizbaja con su hermano; decir que era su vecina es una obviedad: en un caserío con apenas un puñado de habitantes, todos terminan siendo vecinos. Pero ella era su amiga.

“No me acuerdo cuándo la conocí, desde chiquitas. Jugábamos a las Barbies, a las escondidas… y cuando llovía, nos bañábamos juntas en la lluvia”, dice sin levantar la vista. Luego, su voz se quiebra.

“Me avisaron por mensajes… que la habían matado, que iba con su papá en una moto. Sentí horrible, porque aunque ya no nos llevábamos tanto, yo la quería mucho. Ojalá hubiéramos platicado y arreglado las cosas, eso me pesa mucho”.

Contiene las palabras, y prefiere terminar con la conversación. “Sí, esa es la casa donde vivía ella, la del portón en la esquina”.

La casa tiene un patio lateral. Por el costado, una reja blanca deja ver ropa tendida. Es imposible no pensar que algunas de esas prendas eran de Carlos y de Leslie. Padre e hija. Víctimas del ataque mortal de la noche del jueves.

Dos días antes del asesinato de Leslie, su papá y su primo, los cuerpos de Juan Francisco, de 49 años y de Carmelina de 44, fueron abandonados en la entrada de San Pedro. A ella le cubrieron el rostro con un paño negro. En ese mismo sitio, el 7 de octubre otro hombre fue ejecutado a balazos por un grupo armado.

El municipio de Navolato se ha convertido en los últimos meses en campo de batalla de grupos criminales y de enfrentamientos con autoridades. La violencia de la guerra del Cártel de Sinaloa alcanzó a los poblados pequeños, donde los asesinatos y levantones se han vuelto cada vez más cotidianos.

 

Una noche de terror

“Claro que la conocía, el otro señor era mi papá”, dice una joven con los ojos enrojecidos e hinchados. Su voz apenas resiste el temblor. “Mi papá, Julio César, era soldador. No le hacía daño a nadie”.

Recuerda que escuchó los balazos mientras estaba en casa. “Me tiré al piso con el niño y me puse a ver el teléfono. Nunca me imaginé que era mi papá. Acabábamos de llegar de una vuelta… me había llevado a comprar un pastel”.

Primero le dijeron que había sido un accidente. No lo creyó. Salió caminando los 200 metros que la separaban del lugar. Y lo vio. “Ahí estaba, con la espalda llena de balazos. También vi a mi prima y a mi tío tirados, al lado de la moto”.

El resto de la familia comenzó a llegar. Los vecinos miraban desde las puertas, confundidos entre las luces rojas y azules. Algunos grababan, otros transmitían en vivo. En Sinaloa, la tragedia se narra en tiempo real.

La noticia ya está confirmada: tres personas fallecieron la noche del jueves 30 de octubre en la comunidad de La Laguna, municipio de Navolato. Fueron atacadas a balazos mientras se desplazaban en dos motocicletas, frente a la escuela del pueblo.

En todas las notas se repite el mismo dato: entre los muertos había una menor. Tenía apenas catorce años.

 

AGRESIÓN EN LOS CIRUELOS. Pedro Luis y Abraham, las víctimas.

 

Los Ciruelos, violencia rompe la tranquilidad

 

Los Ciruelos es un caserío ubicado a unos 4 kilómetros de la Limita de Itaje, por el camino que conduce al poblado de Ayuné. El trayecto es incómodo y poco accesible, como si se empeñara en seguir complicando la vida de los pocos habitantes que resisten ahí.

El poblado se encuentra cerca de Aguablanca y Tepuche, una zona donde se han registrado diversos enfrentamientos entre las fuerzas armadas y grupos delictivos. La mañana del martes 28 de octubre se reportó uno más: siete presuntos delincuentes abatidos. Es una zona caliente.

Esa misma madrugada, una familia del poblado vivió momentos de terror y profunda angustia, cuando un grupo armado irrumpió con violencia en la paz de la noche.

A las cuatro de la mañana, al menos tres hombres rompieron el cristal de una de las ventanas y se introdujeron a la vivienda. El ruido los despertó. Uno de los hermanos de la víctima relató que, asustados, corrieron a encerrarse en otra habitación.

“Rompieron los vidrios y se hizo mucho escándalo. Corrimos a meternos al cuarto con mi mamá, pero cuando mi hermano iba entrando lo agarraron, me lo arrebataron de las manos. Yo cerré la puerta, nada más escuché los gritos”, dice con la mirada perdida y los dedos entrelazados.

“Luego escuchamos que llegaron unas tías que viven aquí al lado. Pudimos salir y lo vimos ahí, a mi hermano tirado. Lo degollaron”, suelta como un golpe.

A solo tres casas de distancia, hombres armados irrumpieron y se llevaron a otro joven, un primo de Pedro Luis “N”, de nombre Abraham. De acuerdo con los relatos familiares, tras el asesinato los perpetradores se lo llevaron a pie, arrastrándolo entre los matorrales del camino vecino.

En medio de la nada y sin autoridades presentes, los familiares permanecieron más de cuatro horas en la escena del horror, esperando la llegada de la policía, de la Fiscalía General del Estado y del Servicio Médico Forense.

Por la mañana, ya demasiado tarde, con palabras atropelladas, una mujer —familiar del joven levantado— rogaba a los agentes que implementaran un operativo de búsqueda. “Se lo llevaron a pie, lo iban arrastrando. Se ven las huellas por donde se fueron”, decía desesperada.

El joven llevaba por nombre Abraham. Su desaparición fue reportada y se elaboró la ficha de búsqueda. Las autoridades terminaron su trabajo en el lugar, abrieron las carpetas de investigación y se fueron.

 

La angustia de un padre

En el lugar, un hombre mayor, cubierto con un sombrero y una camisa a cuadros abotonada sin cuidado, camina de un lado a otro. Observa la casa donde yace su hijo. Le avisaron a las cuatro de la mañana, pero como trabaja de velador, no pudo moverse. Pasó tres horas cumpliendo su turno, sabiendo que uno de sus hijos había sido asesinado en terribles circunstancias.

“Me habló mi plebe y me dijo lo que había pasado, pero yo estaba trabajando y me tuve que esperar a salir para poder venirme. Cuando llegué lo vi con el cuello cortado. Me lo mataron, pobrecito”, lamenta el hombre, con ojos apagados, casi grises.

De vez en cuando ve pasar a otro de sus hijos, casi un niño. Una gorra disimula su cabello despeinado, señal de que el sueño fue interrumpido en medio de la noche. Tiene la mirada extraviada, parece buscar explicaciones, aunque sabe exactamente lo que pasó.

“Él fue el que estuvo ahí en la casa, él le puede contar”, señala el hombre. Pero el joven me detiene con la mirada. —Tranquilo, ¿tienes miedo?— Sí, tengo mucho miedo.

 

De último momento

Dos días después, el 30 de octubre, se localizaron restos humanos en el poblado de Agua Blanca, sindicatura de Tepuche.

De acuerdo con la información oficial, la víctima llevaba por nombre Abraham “N” y contaba con una ficha de desaparecido. Había sido privado de la libertad el 28 de octubre en el poblado de Los Ciruelos, cercano a Ayuné.

Los familiares encontraron el cuerpo en una fosa clandestina. Los informes preliminares indican que lo hallaron desde el mismo martes, el día que fue levantado, pero las autoridades no acudieron de inmediato a la escena.

En Sinaloa, la Fiscalía General del Estado contabiliza de enero a octubre de este año mil 421 asesinatos,  428 más que en todo 2024. La cifra podría ser más alta debido a que la Fiscalía no reporta como crímenes los de víctimas de agresiones a balazos que mueren en hospitales o cuerpos que se localizan en caminos, carreteras o predios.

Artículo publicado el 02 de noviembre de 2025 en la edición 1188 del semanario Ríodoce.

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