Grupo A: la puerta estrecha de Medicina en la UAS

Grupo A: la puerta estrecha de Medicina en la UAS

Son los primeros en llegar. Aunque las clases inician a las 8:00 de la mañana en el Auditorio de la Facultad de Medicina, muchos están ahí desde antes de las 6:00. En punto de las 7:00, bajo el sol y el calor, comienza a formarse una fila que pronto da la vuelta al edificio. Son los estudiantes del Grupo A, una especie de limbo académico creado hace 20 años para responder a la enorme demanda de espacios en la carrera, en medio de protestas, huelgas de hambre y escándalos por recomendados.

El Grupo A nació en 2005. Las autoridades confirmaron que actualmente lo integran 650 aspirantes que no lograron inscribirse de manera regular. Mientras compiten por un lugar definitivo entre los 800 alumnos regulares, toman clases en un auditorio insuficiente: los que no alcanzan lo hacen en un pasillo, frente a un proyector y escuchando la clase en una bocina.

A sus 18 años, Aidé tiene claro que quiere seguir con la tradición familiar y dedicarse a la medicina. Tras no lograr el ingreso directo, intenta conseguirlo desde el Grupo A.

“Desde tercero de prepa estaba bien presionada, bien estresada por entrar. Cuando supe que estaría en el Grupo A me dio mucha tristeza, sobre todo porque pensé que iba a decepcionar a toda mi familia, me desilusioné mucho. Pero a final de cuentas, tengo que aguantar lo que sea si quiero estudiar medicina, si al final vas a poder, pues vas a poder”, asegura.

“Es pesado, sí te desanima estar aquí parada en el sol y ver a los de regular que llegan bien a gusto, y uno sabe que es porque no entró. Yo creo que sí hay recomendados, es como todo en la vida, todo es a base de política, palancas y ese tipo de cosas. Es innegable, no podemos hacernos de la vista gorda, es obvio que pasa y uno los ve, ya en segundo o tercero que no dan una, pero es hijo del doctor o es hijo de fulano”, lamenta.

Santiago, de 18 años, y Mauro, de 19, coinciden en que salieron confiados del examen, pero al enterarse de que no fueron seleccionados, terminaron en el Grupo A.

“La verdad yo estaba confiado en quedar, el examen se me hizo hasta fácil, venía muy preparado. El no quedar me bajó la confianza y la autoestima, pero ni modo, tengo que seguir adelante. Yo creo que hay muchos recomendados, obvio, es la UAS, no me sorprende”, comenta Santiago.

“Yo también pensaba que iba a alcanzar, pero hay muchas palancas y nos mandaron a nosotros al Grupo A. Es más complicado porque nos tenemos que levantar más temprano y formarnos en la cola porque le da la vuelta al auditorio, y para poder tener una clase decente tienes que agarrar enfrente”, añade Mauro, quien sueña con especializarse en cardiología.

Cada año, cientos se quedan fuera. El cuello de botella son los campos clínicos: la cantidad de estudiantes no corresponde al número de camas hospitalarias disponibles en el estado. Muchos nunca alcanzarán un espacio para la práctica profesional.

 

La respuesta de las autoridades

Luis Alberto González García, director de la Facultad de Medicina, reconoce los retos al frente de la carrera más demandada. Defiende que el Grupo A cuenta con un auditorio climatizado, un aparato administrativo propio y maestros asignados.

“La UAS intenta darle respuesta a la población, la política a nivel nacional nos pide la cobertura universal, dice el Gobierno Federal que se le debe dar un espacio a todos los muchachos. Cuando la UAS se compromete con este programa, se mete presión a la infraestructura, pero el problema no está en las aulas, sino en los campos clínicos. Es tan sencillo como esto: si no se crece en número de camas de hospital en el estado, no podemos tener más estudiantes haciendo sus residencias e internados”.

El director sostiene que el programa ha sido positivo porque responde a una presión social y da una segunda oportunidad a los aspirantes. “Generalmente los mejores estudiantes de cada generación iniciaron en el Grupo A”, comenta, aunque reconoce que la mayoría se queda en el camino.

“Es un programa que ya tiene con nosotros muchos años, se lanzó por la presión social que existía. Ellos ingresan al programa, pero no están inscritos oficialmente, llevan todo el curso del primer semestre y los mejores se seleccionan para ser inscritos al proceso regular al siguiente semestre. Depende de ellos, compiten por esos lugares entre ellos”, explicó.

Y ante las críticas sobre recomendados, respondió resignado:

—¿Dónde vives tú, en Culiacán? ¿Tienes toda tu vida viviendo en México? ¿Qué hacemos? Platícame tú qué hacemos, el que descubra qué hacer que me lo diga.

 

Los orígenes del Grupo A

El médico Pablo Zamudio Guerra, egresado de la UAS en 2004 y hoy directivo en una clínica privada en Guadalajara, recuerda que desde 1999 ya se sentía la presión por ingresar a Medicina.

“Cuando yo entré se ofertaban 240 espacios para medicina y éramos tal vez 700 aspirantes, tenías que competir por un lugar aplicando el examen CENEVAL. Afortunadamente logré el lugar 236. Recuerdo que cuando se publicaron los resultados, los que quedaron fuera se movilizaron, organizaron marchas y manifestaciones en el edificio central de la UAS”, rememora.

“Después de unos días se acordó que entraran como oyentes. Lo que ocurrió fue que por ejemplo en mi salón había 35 estudiantes y pasamos a ser 70-75, con todas las condiciones de hacinamiento que te puedas imaginar”.

La competencia no solo era difícil, también desleal: “Sí había recomendados, era bien sabido que algunos compañeros de generación eran familiares de algún político, algún doctor reconocido o incluso de las mismas autoridades de la universidad. Pero sí te puedo decir que tenían que respaldar esa recomendación: si no pasaban los exámenes, igual se iban, y muchos de ellos se fueron”, recuerda.

Los llamados “oyentes” saturaron las aulas y endurecieron los filtros académicos. Anatomía, histología y embriología se convirtieron en murallas que dejaban fuera tanto a inscritos como a no inscritos.

“No tenían derecho a tener un pupitre, muchos estaban parados, les dejábamos algunas sillas a las compañeras, pero sí fue una situación complicada para quienes no alcanzaron el lugar. No lo recuerdo como Grupo A, no le llamaban así. Siempre fueron etiquetados como oyentes, hubo grupos exclusivos de oyentes y todos nuestros grupos eran híbridos”.

“El primer año fue un filtro que dejó a muchos fuera. Los grupos en segundo eran considerablemente más pequeños”, concluye.

 

La batalla perdida por el ingreso regular

Everardo Quevedo Castro, hoy director del Hospital Civil de Culiacán, fue secretario administrativo durante la gestión de Jesús Madueña Molina como director de la Facultad de Medicina (2003-2006). Recuerda que en ese tiempo el COMAEM (Consejo Mexicano para la Acreditación de la Educación Médica) exigía cumplir con 79 estándares para certificar la escuela.

“El principal problema era la masificación, había demasiados alumnos en las aulas. Incluso se corría el riesgo de que cerraran la facultad”, ataja.

Con apoyo del rector Gómer Monárrez, se fijó el límite de 240 fichas de nuevo ingreso. Quevedo quedó como responsable del proceso.

“Yo era el responsable directo y fueron pleitos tras pleitos. Tenían muchos recomendados, y ya no iba a haber. Incluso hicimos una marcha con los muchachos por la Obregón con la consigna: ‘Cero recomendados’. Nos insultaron, nos amenazaron, nos quisieron sobornar, pero no fue posible. Éramos una comisión de 11 personas y metimos en cintura el ingreso”.

En 2004, la presión se trasladó a la calle. Un grupo de 14 alumnos rechazados inició una huelga de hambre en la plazuela de la Catedral. Pedían auditoría a los exámenes de admisión y ampliar las fichas, pues la demanda superaba los 600 aspirantes.

Quevedo recuerda cómo el propio rector Monárrez le pidió “aflojar la pinza”:

“Le dije que con uno ya valía madre. Pero me dijo: yo voy a autorizar a uno, porque se me va a morir el muchacho. Lo dejamos entrar, le dimos seguimiento y a los tres meses abandonó la carrera”.

La contención duró poco. “De ahí en adelante fue imposible detener la masificación. Se empezaron a abrir más grupos, ahora no sé cuántos sean, pero además existe el Grupo A. Siempre con 500 a 800 personas, los alumnos tienen que madrugar a ganar una butaca, muchos han tomado clases en el piso o a través de las ventanas. Al final muchos reprueban, desisten y se van”.

 

Entre la dificultad, la esperanza

Sofía, de 18 años, sueña con ser neurocirujana. Hizo la preparatoria en Estados Unidos y buscaba ingresar al curso regular, pero terminó en el Grupo A.

“Yo la verdad lo he sentido muy pesado, pero entiendo que es como una segunda oportunidad para los que no pasamos el examen. Cuando supe que iría al Grupo A me puse muy triste, pero esto es como una prueba y si en verdad uno quiere cumplir sus objetivos, pues tenemos que esforzarnos”.

Lilian, también de 18 años, apunta a la cirugía general.

“Ha sido un proceso muy largo, de mucho esfuerzo y de mucho estrés; yo no quería quedar en el Grupo A, lo quería evitar porque se sabe que es un grupo muy complicado, muy difícil. La verdad cuando me enteré me dio mucho miedo, pero al final creo que si realmente quieres algo te tienes que esforzar”.

“Yo me levanto a las 4:00 de la mañana para estar aquí poco antes de las 6:00. Las clases inician a las 8:00 en el auditorio, tenemos seis clases seguidas hasta las 12:30 de la tarde, la verdad está muy pesado y nos dejan muchísima tarea”.

Alfredo Rubio Figueroa, catedrático con más de 30 años de experiencia en la escuela de medicina, actualmente imparte la asignatura de Anatomía en el Grupo A, y ha dado clases a los alumnos de este programa desde su inicio.

“Te puedo decir que es positivo el programa, porque muchos especialistas destacados han surgido de estos grupos, y los jóvenes que realmente quieren estudiar tienen la oportunidad de acceder”.

Sin embargo, reconoce las complicaciones que padecen los estudiantes que no han logrado asegurar su lugar.

“En un grupo pequeño incluso los criterios de evaluación son otros, tienes acercamiento y participación de los muchachos en clase. En un grupo tan grande pues es imposible atenderlos, depende mucho de ellos y de sus lecturas, eso es lo que yo les aconsejo, que estudien, porque uno viene a dar la clase, pero no es posible darles la atención debida”.

El Grupo A, nacido como paliativo a la presión social, sigue siendo la puerta estrecha por la que miles intentan pasar cada año. Entre la frustración y la esperanza, para muchos representa la única manera de sostener su sueño de ser médicos.

CLASE MASIVA. El último recurso para mantener el sueño de ser médico.

Artículo publicado el 14 de septiembre de 2025 en la edición 1181 del semanario Ríodoce.

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