En el hermoso y pintoresco pueblo de Santa Lucía, en el corazón de la sierra concordense, donde los días transcurren entre el fresco clima y el olor a pinos, vivía un burro muy famoso: Renorio, propiedad de don Julián, el mecánico del pueblo.
Renorio no era cualquier burro. No. Tenía la astucia de un coyote y la terquedad de una mula. Se sabía de memoria las callejuelas, los patios, los atajos y hasta los horarios de comida del pueblo entero. Era común verlo pasar solitario por las angostas vialidades como si fueran suyas, husmeando en las mangas de los cercos de palo parado y alambre de púas y metiéndose con toda confianza a los patios a tirar la ropa de los tendederos, a mordisquear las sábanas recién lavadas, los calzones y los brasieres o a robarse a dentelladas los tiernos elotes de las pequeñas milpas que algunos vecinos cultivaban en sus amplios patios.
Una vez, un vecino harto de ver su siembra hecha trizas lo esperó a pedradas… y cuando lo atrapó, no se le ocurrió mejor castigo que mocharle la cola con un hacha bien afilada. Desde entonces, Renorio anduvo con un rabo miserable, como pincel de escoba vieja.
Pero el escándalo mayor ocurrió una tarde calurosa, cuando los alumnos de la telesecundaria organizaron con entusiasmo una jornada de reforestación en el patio escolar. Plantaron con esmero unas amapas, eucaliptos, palmas y rosales, con palas y wingos traídos desde sus casas; con pasión y con mucho esfuerzo lo hicieron, tal que les hizo sudar gotas gordas que perlaban incesantes sus frentes. Estaban descansando los muchachos y tomando agua, y como si oliera el trabajo ajeno, Renorio se coló por una rendija de la cerca y se dio un festín. En un abrir y cerrar de ojos, ya tenía la mitad de las plantas en el hocico.
Los alumnos no lo pensaron mucho. Entre risas y furia lo persiguieron, lo lazaron con una cuerda de las que se usaban en la clase de educación física y lo amarraron al asta bandera como a un forajido del desierto. Y como castigo ejemplar —e idea brillante de uno de los chamacos— sacaron el bote de pintura amarilla de aceite que habían usado para marcar los bordes de las banquetas de todo el edificio escolar y con brochas y manos le pintaron rayas por todo el lomo.
Rayas gruesas le dibujaron como si fuera cebra. No dejaron ni las talegas sin pintura. Renorio parecía un señalamiento vial con patas.
Desde entonces y durante varios años, en Santa Lucía ya no le decían simplemente el burro de don Julián, sino Renorio el rayado, y cada vez que lo veían pasar, ya no lo corrían… lo saludaban como celebridad.
Y don Julián, resignado, sólo decía:
—Pues si el burro no tiene vergüenza, al menos que tenga fama.
Y así siguió Renorio, trotando por todo Santa Lucía, sin cola, rayado y feliz. Porque no hay quien pueda con burro tan dañero… ni quien se atreva a pintar uno más famoso.
Artículo publicado el 24 de agosto de 2025 en la edición 15 del suplemento cultural Barco de Papel.



