Luis Buñuel: la mirada irreverente, crítica y surrealista del cine

Luis Buñuel: la mirada irreverente, crítica y surrealista del cine

Para algunos, trasgresor, irreverente, provocador, blasfemo, crítico, irónico, sarcástico, atrevido; para otros ingenioso, creativo, inteligente, meticuloso, preciso, perfeccionista, estricto, al grado de obsesivo y exigente. Lo mismo alabado, aclamado, premiado, querido, amado, que desacreditado, censurado, señalado y repudiado, pero si algo es seguro en la vida y carrera del “ateo, gracias a Dios” de Luis Buñuel es que, lejos de ser ignorado, logra sacudir consciencias e incomodar al más escéptico.

Nació el 22 de febrero de 1900, en Calanda, España. Fue el primero de siete hermanos, de una familia en la que el dinero no era problema. Al menos, fue suficiente para que sus padres Leonardo Buñuel y María Portolés lo enviaran en su niñez y adolescencia a Zaragoza, a estudiar a un instituto religioso –el pertenecer a una clase económica media alta y su formación en la fe católica, sentarían las bases para dos de las características más visibles de su cine: la férrea crítica a la burguesía; y los señalamientos a la iglesia.

A los 17 años llegó a Madrid para estudiar agronomía en la Residencia de Estudiantes, que luego abandonó y se cambió a la Facultad de Filosofía y Letras. En este periodo conoció a Salvador Dalí y a Federico García Lorca, con quienes formaría un grupo intelectual para compartir ideas y desarrollar proyectos. Aunado a eso Luis participó en actividades artísticas y teatrales, que fomentaron su visión vanguardista y la búsqueda de nuevas formas de expresión, lo que sería determinante para la tercera particularidad en su obra: su inclinación por el surrealismo.

En una ocasión, enganchado ya del cine, luego de ver Las tres luces (1921), de Fritz Lang, Buñuel le contó a Dalí que soñó a una nube atravesando la luna, como una navaja de afeitar. A su vez, el pintor le dijo que, entre sueños, había visto salir hormigas de la palma de su mano. Estas anécdotas serían la base para que los amigos escribieran Un perro andaluz (1929), película que iniciaría el surrealismo en el séptimo arte y significaría su entrada, por fin, al círculo de intelectuales pertenecientes al movimiento creado por el escritor francés André Breton, con la intención de explorar el inconsciente, a través de diferentes manifestaciones artísticas.

Luego de una estancia de ocho años en Estados Unidos, donde, entre otras actividades, trabajó en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, Luis Buñuel llegó a México en 1946, lugar en el que desarrollaría la mayor parte de su filmografía. Su inicio con Gran Casino (1947), protagonizada por Libertad Lamarque y Jorge Negrete, fue un fracaso. Se reivindicó con El gran calavera (1949), la historia del millonario (Fernando Soler) que pretende dar una lección a su gastadora familia, al hacerle creer que están en la ruina y deben trabajar para sobrevivir –esta sería la inspiración de la taquillera Nosotros los nobles (2013).

Sin embargo, el cine de Buñuel iría más a fondo. Con El discreto encanto de la burguesía (1972), ganadora del Oscar como mejor película extranjera, y El ángel exterminador (1962), criticó la rigidez de las estructuras sociales burguesas y sus contradicciones: ricos, pudientes, pero vulnerables y absurdos como cualquiera. Con Nazarín (1959), Viridiana (1961), la censurada por 17 años en España, y Simón del desierto (1965), la última que hizo en México, el realizador señaló la hipocresía, doble moral, egoísmo y excesos de la iglesia; las contradicciones de la fe, inutilidad de la caridad cristiana y fanatismo.

Aun cuando la calidad y trascendencia de su obra puede observarse en Bella de día (1967), La edad de oro (1930), El fantasma de la libertad (1974), Ese oscuro objeto del deseo (1977), Tristana (1970), Ensayo de un crimen (1955), Él (1953) y La ilusión viaja en tranvía (1954), indiscutiblemente Los olvidados (1951) es su película más significativa e importante: para muchos la mejor. Es un retrato crudo y realista de la pobreza, violencia y delincuencia juvenil de la Ciudad de México, enmarcado en el neorrealismo italiano y el surrealismo. Al inicio, los mexicanos la consideraron exagerada, ofensiva y ajena a la realidad del país. Le darían su merecido lugar tras ganar mejor dirección en el Festival de Cannes.

El director, guionista, productor, actor y montador naturalizado mexicano, haría alrededor de 32 películas, en su etapa mexicana y francesa, en coproducciones con España e Italia, entre melodramas, romances, comedias y documentales, contemporáneos o de época. Si bien, pudiera discutirse la calidad de alguna de sus cintas, es un hecho que toda su obra es fundamental, al trascender al tiempo y al espacio, y distinguirse por criticar, satirizar a los más pudientes y resaltar su hipocresía; cuestionar las normas morales y religiosas; abordar las injusticias sociales, la condición humana y la represión sexual.

Artículo publicado el 14 de julio de 2025 en la edición 14 del suplemento cultural Barco de Papel.

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