“La pintura mural tuvo una larga y desigual fortuna a lo largo del siglo XX. Otros movimientos y artistas se movilizaron para seguir su ejemplo, o bien para contradecirlo.” Rita Eder y Renato González Mello (1)
Los movimientos plásticos nacidos de políticas culturales del estado, en general están condenados a la repetición de formas y contenidos, cuyo sustrato es la funcionalidad de una narrativa ideológica en la que las formas plásticas van naufragando en la vacuidad de la ideología.
El muralismo mexicano nace a través de una iniciativa del Dr. Atl, quien en sus viajes y recorridos por el renacimiento italiano, principalmente, entiende el papel fundamental del arte en la práctica religiosa y social.
Los proyectos del Dr. Atl, Gerardo Murillo, son propuestos al porfirismo prerrevolucionario que involucró a toda la juventud de la Academia de San Carlos entre los que se encontraban Saturnino Herrán, Roberto Montenegro, Federico Cantú, Diego Rivera, José Clemente Orozco y quizá David Alfaro Siqueiros, entre los más conocidos. Y por supuesto uno de los primeros proyectos que vieron un final prematuro, fue el proyecto de Saturnino Herrán, que estaba propuesto para ser pintado en el Palacio de Bellas Artes. En su proyecto desarrolla por primera vez la fusión, plástica y temática, de la era prehispánica y la conquista española como base en una nueva cultura: el café con leche, como lo conceptuaban él y Ramón López Velarde, para superar la absurda dicotomía entre la conquista y la época prehispánica, proponiendo una fusión, no mezcla, entre ambas culturas.
El movimiento revolucionario iniciado en 1910 acabó prematuramente con el primer movimiento del muralismo mexicano, que debe entenderse, no tenía una propuesta plástica y una narrativa ideológica clara hacia el arte público.
El muralismo como movimiento plástico, político e ideológico, renace al final de la lucha revolucionaria de 1910, con la llegada de José Vasconcelos a la Secretaría de Educación en la época de Álvaro Obregón, que a la muerte prematura de Ramón López Velarde, festinaban su poema Suave Patria.
La búsqueda de dar una identidad ideológica en el arte a la lucha revolucionaria pregonando nuevos valores que homogenizaran la visión de sus héroes y logros, se inició con una agresiva campaña de alfabetización y la producción masiva de obras universales que permitieran a la población enriquecerse de la tradición clásica en la literatura.
El otro eje sobre el que se articuló la nueva narrativa ideológica fue un proyecto de arte público que adoctrinara a las masas en los ideales y épica del movimiento revolucionario, en la que las masas pudieran ver expresada una liberación de los horrores porfiristas y el triunfo de los campesinos y trabajadores en un camino hacia la reivindicación de sus derechos, indudablemente no se ofrecían utopías.
La convocatoria a los pintores mexicanos representó un reto monumental, ya que más allá de la solución plástica, tenían un reto técnico, no había una tradición muralista, desconocían cómo preparar y trabajar los muros. Al mismo tiempo, comentan Rita Eder y Renato González Mello: “Uno de los capítulos de mayor interés para el muralismo es justamente el que abarca sus relaciones con la arquitectura, un reto para la habilidad compositiva y el entendimiento del sentido del espacio, tanto en la arquitectura moderna como en los complejos edificios coloniales en que se intentó la integración plástica”. (3)
Este esfuerzo colectivo representó la comunidad entre los muralistas, ya que los experimentos y avances para preparar los muros y el momento para intervenirlos con las plantillas de los dibujos y la pintura, no fue un reto menor, pero se compartían las experiencias. Eran los vertiginosos años veinte del siglo XX, donde la política aún se dirimía con poder de fuego.
Desde el punto de vista de la composición y la solución, representaba todo un reto que se resolvía individualmente, podemos decir de acuerdo a su estilística. Así el muralismo como una propuesta de arte público, que encarnaba los ideales o valores ideológicos de la Revolución Mexicana, era una convicción que compartían principalmente Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros, ya que José Clemente Orozco siempre tuvo una visión más apocalíptica de los horrores que se desprendían de la lucha armada o una estética más bucólica como la de Roberto Montenegro.
La primera etapa del muralismo, es más plural y desde el punto de vista plástico se aprecia una inspiración en la tradición renacentista, en la composición y el dibujo de las figuras.
Indudablemente el personaje que representaba la vanguardia europea era Diego Rivera, que al igual que sus contemporáneos europeos, había hecho el recorrido formal desde el realismo hasta el cubismo. Pero en el campo del muralismo todos los pintores de la época creaban formas y experimentaban para resolver los retos técnicos y estéticos de su quehacer: “(La) Pintura mural es pintura en un espacio arquitectural íntegro, en un espacio que pudiéramos denominar caja plástica…”, (2) en este enunciado David Alfaro Siqueiros denota el reto plástico que distinguirá a los grandes muralistas y a los menos dotados.
El muralismo en ese momento se convirtió en un movimiento inédito en el arte occidental, en el que una pléyade de artistas extranjeros participaba en un proceso de trabajo colectivo que “democratizaba” la práctica desde la preparación de muros, el dibujo, la aplicación de la pintura.
La etapa de consolidación del muralismo mexicano tiene una clave, la innovación en la parte técnica y la riqueza de contenido que se sustentaban en una visión y convicción de contenido.
El agotamiento del muralismo, no como propuesta de arte público, se debe a la repetición de temas y contenidos que se fueron vaciando con el tiempo.
La distancia entre la obra mural de Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros (aún en sus últimas etapas) y, las de la denominada Escuela Mexicana de Pintura, es abismal. Aunque hay en el arte mural algunos destellos, ya que el gobierno mexicano o los particulares no comisionaban obras nuevas, que muestran la vitalidad del arte público con obras como el emblemático Polyforum de David Alfaro Siqueiros, Juan O’Gorman en la Biblioteca de Ciudad Universitaria, Carlos Mérida y su integración a propuestas arquitectónicas, obras de Mathias Goeritz (Camino Real) o Manuel Felguérez, Arnold Belkin, o el fresco de Rodolfo Morales en la Preparatoria 5 de la UNAM o el mural de Francisco Toledo en el Posgrado de Economía (UNAM).
El fin del muralismo como un arte desgastado con los valores o lineamientos ideológicos de la Revolución Mexicana, la recuperación idílica de lo prehispánico o de referencias de actos épicos, no implica el destierro de este arte del quehacer plástico.
En contrario, crear un mural en la actualidad representa un reto plástico y de talento, no continuar con la narrativa de volumetrías colosales, hacer monotes como decían los primeros críticos del muralismo, o descriptivas que sólo muestran la pobreza imaginativa de algunos artistas, más no representan la decadencia o abandono del arte público: muralismo.
El novelista norteamericano Norman Mailer (Los hombres duros no bailan) en un texto iluminador La fe del Graffiti (1974) lo aborda como una expresión insurrecta plástica y social, en el Nueva York de los años setentas, en la que los grafiteros proponían que sus obras, cada vez más grandes y audaces, enriquecían el paisaje urbano y daban un carácter propio a la ciudad. Mailer describía el movimiento del grafiti como la expresión más relevante del “posible fin de la civilización” y “habla de una nueva civilización donde la barbarie se agita desde las raíces”. Norman Mailer lo trató como un arte público móvil y mural, esta sería una nota interesante para saber sobre los caminos futuros del muralismo.
Y claro, queda el tema de arte público y su intervención en muros de toda índole, que presenta Banksy, el enigmático y misterioso artista que, quizá, nos abre una nueva dimensión del muralismo.
UNAM: 100 años de muralismo. Universidad Nacional Autónoma de México. Dirección General de Comunicación Social/Instituto de Investigaciones Estéticas. México. 2022. Pág. 32
Orozco, José Clemente. Autobiografía. Editorial Era. México. 1983
Alma Reed. Orozco. Fondo de Cultura Económica. México. 1955
Guadalupe Rivera Marín/Juan Rafael Coronel Rivera.
Encuentros con Diego Rivera. Editorial SIGLO XXI. México. 2003
Cuahonte, Leonor. Mathias Goeritz. El arte como oración plástica. Secretaría de Cultura del Gobierno de Jalisco. 2015
Cardoza y Aragón, Luis. Pintura Contemporánea Mexicana. Ed. Era. México. 1988
Artículo publicado el 15 de junio de 2025 en la edición 13 del suplemento cultural Barco de Papel.



