Buscando tesoros: una crónica de rastreo

Buscando tesoros: una crónica de rastreo

Dice Liz: “Desde anoche estoy pensando en mi hermano, pensando en que voy a hacer algo para encontrarlo, estando aquí, uno siente que hace algo por la persona desaparecida. Estando en la casa no lo voy a encontrar y menos las autoridades, mucho menos lo van a buscar”.

 

Un grupo de cinco personas abordamos una vagoneta blanca en el estacionamiento de Walmart ubicado en el Desarrollo Urbano Tres Ríos a las 08:09 horas; aún estaba solo, unos cuantos vehículos dispersos ocupaban los espacios. María Isabel me estrechó la mano. Recorrió la puerta del vehículo y me dijo: “bienvenido al mundo real”.

Parece un día de excursión. En el vehículo, estaban Belinda, Gladys, María Isabel y el conductor, un trabajador de la Comisión Estatal de Búsqueda. Llegamos a un BBVA que está por la avenida Lola Beltrán; se nos unieron Cande y Liz.

Comenzó nuestro trayecto, ya no hubo más paradas, estaba todo el equipo de madres buscadoras. Vestían sus pantalones caquis de corte táctico y jeans, botas, playeras manga larga con la ficha de búsqueda de sus hijos, sombreros para el sol y sus equipos de radio sujetos al cinturón.

Sonaba la radio, era la voz de la presidenta de México, Claudia Sheinbaum en su rutinaria mañanera. Hablaba con algunos periodistas sobre la relación de México y Estados Unidos ante el regreso de Donald Trump a la presidencia. De repente las voces de las buscadoras opacaban la monótona voz de Sheinbaum con sus conversaciones.

Tomamos toda la avenida Lola Beltrán, nos acompañaba una camioneta Toyota Hilux, modelo reciente. La conducía otro trabajador de la Comisión Estatal de Búsqueda. En su caja: herramientas de excavación, hielera con aguas y una carpa para el sol.

Para mí es el primer viaje hacía la sindicatura de Culiacancito al norte de Culiacán. Ellas ya habían estado allí el día anterior, pero existía un porqué de su regreso: dos cráneos fueron localizados en un terreno baldío que conducía a un predio agrícola. La osamenta estaba entre cúmulos de basura y escombros que simulaban pequeños cerros.

El colectivo de madres buscadoras Sabuesos Guerreras localizó las dos osamentas expuestas cayendo el sol. No fue posible registrar la zona esa misma tarde, las autoridades no llegaban y la noche amenazaba. Los grupos armados que desfilan con sus armas largas y sus frecuencias de radio por la ciudad se hicieron presentes. “¿Qué andan haciendo?”, preguntaron a las buscadoras.

Entramos por el fraccionamiento Stanza Cantabria. El lugar apenas se está construyendo, destacan algunas casas de aspecto lujoso y encerradas en pequeñas privadas. Lo demás, son inmuebles vacíos, blancos, húmedos por el cemento y la pintura. Recorrimos todo el bulevar Cantabria.

En el camino, coincidimos con una patrulla de la policía municipal. Entre risas, las madres apostaron su dirección. “Ya va para el punto”, mencionaron algunas. “No creo, ¿apostamos?”, aseguraron otras. Ganaron la apuesta.

A las 08:33 horas comenzó el camino de terracería, la voz de Claudia Sheinbaum cesó, ahora resonaba Así fue interpretada por Christian Nodal. Nos alejamos de las construcciones, el escenario cambió, avivaba la naturaleza, los campos verdes se llenaban de cultivos y los chivos decoraban las entradas de las pequeñas casas de madera.

No tardamos demasiado tiempo en llegar, para las 08:38 llegamos al punto. Una patrulla de la policía municipal nos estaba esperando, dos de los elementos ya estaban afuera de la unidad. Bajamos y nos preparamos para el rastreo. El sonido de las palas y machetes saliendo de los vehículos chocaban con la tierra suelta. Si cerraba los ojos, podía imaginar una batalla campal, el choque de múltiples espadas, chocando unas con otras.

María Isabel me apuró al llegar al terreno. “Rápido, rápido, toma fotos antes de que lleguen los peritos y no te dejen pasar”. Ahí estaba la nota de ayer: Buscadoras localizaron dos osamentas humanas, al norte de Culiacán decía el titular; restos óseos de dos personas semienterradas fueron localizados por el colectivo de búsqueda Sabuesos Guerreras, A.C. Esa misma tarde María Isabel me envió un mensaje: “No procesaron el lugar, hasta mañana, ¿quieres ir?”.

Tomé las fotos, dos cráneos y un fémur. Recorrimos nuevamente el área mientras esperábamos a la Dirección General de Investigación Pericial y al Servicio Médico Forense (SEMEFO).

Nos adentramos un poco en el monte. El terreno era árido, las ramas secas tronaban en cada pisada, los machetes comenzaron a trabajar y las madres se abrían paso entre el ramerío. Sonaba la caída de las palas cada que abrían la tierra en espera de encontrar algo. Todas ellas ya tienen experiencia en el campo. Para Liz, era la primera vez que realizaba un rastreo. Su hermano está desaparecido. Esa noche soñó con él.

“Desde anoche estoy pensando en mi hermano, pensando en que voy a hacer algo para encontrarlo, estando aquí, uno siente que hace algo por la persona desaparecida. Estando en la casa no lo voy a encontrar y menos las autoridades, mucho menos lo van a buscar”, expresó.

Se notaba su inexperiencia, pero es normal, me comentó María Isabel: “El aprendizaje te lo da el campo, como te dije. Igual que Liz, no sabe nada, ella apenas está viendo qué es una búsqueda. Así empecé yo. Todas empezamos así pero el tiempo te va dando la enseñanza. Vas aprendiendo hasta a agarrar la pala, porque a veces ni eso sabemos hacer”.

Dieron las 09:08 horas, las autoridades llegaron y comenzaron a preparar el área.

Comenzamos a recorrer las zonas, aquel corredor de terracería parecía un basurón y un lugar de desecho para las constructoras que depositaban sus escombros a las orillas del camino. Las buscadoras escudriñaban cada rincón, cada prenda de ropa que se encontraba revuelta entre la basura y la tierra seca. Había algunos huesos que resultaban ser de algún animal. “Está demasiado grande para ser de un cuerpo”, debatían entre ellas.

Llegamos al campo donde había cultivos de cilantro, frijol, cebolla y rábanos. De repente llegaban oleadas de cebolla, era un aroma agradable, no te hacía llorar. Una avioneta fumigadora surcaba los cielos, nos acompañó por un buen rato. El sonido no era molesto, entendimos qué estaba haciendo ahí. Extrañamente parecía un día de campo. En ocasiones olvidaba que ellas estaban buscando cuerpos. Ellas son conscientes de eso.

“Al ver la naturaleza si te fijas, los espacios donde los localizas hay quietud. Se escucha el sonido hasta de las moscas, el canto de los pájaros, el río que suena, eso para nosotros es como fortalecer nuestra alma y sentirnos. Nos sentimos fortalecidas”, me platicó Cande.

No encontramos nada y regresamos hacía la osamenta. El dictamen del antropólogo forense: se trata de cuatro personas. Se sumaron dos cráneos más al hallazgo. Las labores de recolección fueron extensas, duramos horas en el lugar, aun así, las madres persisten.

“El gozo que sentimos y la tristeza de que son cuatro muchachos, pero traemos felicidad, porque esos muchachos van a regresar a sus hogares. Esperemos que las familias los encuentren ahora en el lugar a donde se van a cambiar”, expresó Cande.

Para ellas, encontrarse con restos es motivo de felicidad. Encuentran a sus “tesoros”, sus hijos. “Sé que, si no es el mío, es otro tesoro de otras familias. Si las familias dan con él nos sentimos satisfechas, porque yo hice algo para que ese tesoro regresara con su familia”, continúo.

Ellas también hacen sus anotaciones. Belinda saca de su mochila una pequeña libreta roja y escala una de las montañas de escombros y observa la escena del crimen.

En cada búsqueda se dedican a escribir las características de los cuerpos. En la osamenta sobrevivían pequeños rastros de ropa; playeras tipo polo y pantalones de mezclilla. Con ese registro intentarán buscar coincidencias con los cientos de boletines de búsqueda.

“Tienen un poco más del año, ya no hay tejidos blandos”, explicó el antropólogo.

Finalmente, a las 16:30, los peritos suben sus herramientas de trabajo y los restos a la furgoneta de la SEMEFO. Las madres ya pueden brincarse los listones amarillos que delimitan el área. Rústicamente construyen una cruz con dos pedazos de palo que encontraron tirados y un listón azul que se encontraba entre la basura. La entierran sobre la osamenta. La acompaña una imagen de la Virgen de Guadalupe y prenden una veladora.

Cande, comienza a cantar Más allá del Sol, le sigue María Isabel mientras Liz las acompaña.

Es hora de regresar; asoma la noche otra vez…

Artículo publicado el 16 de febrero de 2025 en la edición 1151 del semanario Ríodoce.

Lee más sobre:

Últimas noticias

Scroll al inicio

2021 © RIODOCE
Todos los derechos Reservados.