Las literaturas policíacas: “testigos de la destrucción de la realidad y de la violencia que esta misma realidad provoca”

Las literaturas policíacas: “testigos de la destrucción de la realidad y de la violencia que esta misma realidad provoca”

 

Desde los sexenios respectivos del panista Felipe Calderón y del priista Enrique Peña Nieto, y en un contexto de fuerte militarización del país en el marco de la declaración de supuesta guerra contra el narcotráfico, se ha publicado una producción a menudo desigual, a veces discutible, pero creciente de novelas, cuentos, crónicas que han empezado a evaluar la violencia proteiforme ya instalada desde hace varias décadas o emergente en todo el territorio mexicano. Frente a las alarmantes y terroríficas pérdidas de vidas humanas engendradas por semejante situación —la cual es finalmente la historia del crimen—, escritores y escritoras han decidido contar desde la narrativa de ficción a este México quebrado, debilitado, horrible, considerando que la literatura, en un contexto que sigue siniestrado, no puede vivir en un mundo aparte. La pregunta que se plantea aquí, no es saber si es el papel de la literatura de interpelar a la actualidad y de tener un deber de verdad sobre las potencias de destrucción de nuestro presente; o si le pertenece moral y éticamente al escritor, a la escritora, hacer del arte un deber de denuncia, de revelación o de memoria.

Lo que nos parece, en cambio, primordial, es que cuando una cierta literatura se apodera de la real depredación humana donde unos cuerpos son atrapados por poderes que los vulnerabilizan, los discriminan, los explotan, los brutalizan hasta demolerlos, dicha literatura debe evitar cualquier voyerismo y desasirse de las representaciones dicotómicas.

Esa literatura debe, además, ir a contracorriente de una lectura monolítica sobre el devenir inhumano y frenar su percepción para, según la formulación de Paul Éluard, “dar a ver” los ángulos muertos de las violencias perpetradas. Debe predicar a favor de la temporalidad lenta y de la tregua meditativa opuestas a la dictadura comunicacional que sortea la profundidad y el entramado de las causas y de los efectos.

Expuesta frecuentemente a lo indecible y a dar testimonio de eso, esta literatura, finalmente, debe, más allá de nombrar lo que nos cuesta entender, reintroducir un sentido a las palabras. La lengua corriente se contamina y se mancha de un uso eufemizante, banalizante, atenuante, culpabilizante de ciertas palabras.

En este sentido, la literatura que cuestiona este orden establecido, deber despertar las palabras y remitirlas al saber que designan. Armand Gatti afirmaba que “la batalla que había que librar se sitúa en el corazón mismo del lenguaje”. Ahora bien, hablar de lo ultra-contemporáneo mexicano, de su crueldad y de su sufrimiento, del cual se ocupan particularmente, las literaturas policíacas de hoy, obliga a los/as escritores/as a seleccionar un lenguaje al cual uno se adhiere o no, pero que existe en la diversidad de sus acentos, de sus melodías, de sus símbolos para estar más cerca de las palabras, y por lo tanto del mundo sensible, y aquí de un mundo que vandaliza.

Con el ensayista François Angelier, consideramos que las literaturas policíacas de hoy, en su sentido general, son ficciones de factura realista, lejos de la pura diversión. Son narrativas centradas en el crimen en su acepción más clásica de “infracción grave a la moral o a la ley”, pero también en lo que la moral y la ley mismas, en su contenido a veces caduco y desigual, en su desintegración de lo legal por la cooptación, la corrupción y la impunidad, y, por consiguiente, en la erosión de las instituciones que las encarnan, engendran en términos de desorden social y criminalidad.

Las literaturas policíacas actuales cuestionan la construcción institucional de la realidad e interrogan su hechura; politizan el hecho literario al implantarlo en el terreno social, con su intensificación documental y referencial y tratan de “dar forma a lo que se nos escapa”. Al respecto, interceptarían lo inaceptable que ya no vemos o que hemos incorporado e interiorizado y contribuirían a desprendernos de nuestros “habitūs”.

El psicoanalista Roland Gori, uno de los discípulos del sociólogo Pierre Bourdieu, aclara que el “habitus” es “adoptar la costumbre de hacer algo, es una adaptación a una situación heredada del pasado, es tanto una estructura social como una estructura mental, es aquello que se ha adquirido y que nos hace representar el mundo y actuar de una determinada manera. Mientras sigamos adoptando el habitus construido por las lógicas del poder, poco o nada cambiará”. Las literaturas policíacas, cuando logran aceptar dicho reto —lo que no siempre es el caso— se abren a saberes que perturban nuestra manera de pensar y juzgar el mundo.

La expresión en plural de “literaturas policíacas” nos viene del editor, crítico literario y especialista en la materia, Claude Mesplède, y enfatiza la retahíla de subgéneros que las vertebran: novela de enigma, novela negra, novela de espionaje, novela de suspenso, novela de terror, novela negra histórica, thriller psicológico, narconovela… Si bien estos subgéneros son —igual que cualquier género literario— narrativa y temáticamente muy codificados, si bien se entrecruzan cada vez más, todos se centran en lo inquietante y lo amenazante, en la construcción de los silencios cómplices, en la búsqueda de huellas para que no se olvide o no se muera la memoria del crimen, único camino para abrazar y desgranar la verdad.

Permanece en las actuales literaturas policíacas una notable inclinación por la novela negra cuyas primeras manifestaciones se remontan a la narrativa del hard-boiled y que se ha expandido a raíz de las huelgas y represiones del 68. Fue el escritor Jean-Patrick Manchette quien la definió mejor, y aunque su definición data de hace más de cuarenta años, sigue vigente para identificar la reciente producción mexicana: un “canto trágico” realista de “violentísima intervención social”, arraigado en la complejidad de los componentes sociales e históricos del presente, impulsado por una perspectiva crítica y una visión desencantada de la sociedad por esta imposibilidad de esclarecerlo o dilucidarlo todo, por ser el crimen ya no una excepción sino algo ordinario.

La novela negra no dista tanto de los otros códigos de las literaturas policíacas, pero lo que la diferencia de sus congéneres es su enfoque de crítica social y su planteamiento filosófico (como actividad que se interroga sobre el lugar y el papel de los hombres y las mujeres en el mundo), sociológico (como ciencia que trata de arrojar luz sobre la lógica constitutiva de las costumbres, usos y creencias que estructuran una sociedad) o artístico (como posible ilustración simbólica de la evolución global de las sociedades). La novela negra “plantea la cuestión del sentido” de la violencia, de su presencia, de su variabilidad y pluralidad, de su expresión, de su utilización por el género humano contra el género humano —pero también contra la naturaleza, como lo atestiguan las ficciones dedicadas a los ecocidas— “dentro de lo real histórico-social”.

Ficcionalizar con la tradición noir el horror humano es optar por una escritura que asuma riesgos retóricos a fin de observar sin reservas a los individuos que son productos de las violencias. Si la literatura se puede concebir como el lugar de la reinvención de una realidad sin memoria, el lugar de una “imaginación práctica[6]”, tal como lo enseñó Sergio González Rodríguez, para imaginar nuestras vidas de manera diferente, también se puede pensar como el lugar donde ningún tema se evita o se calla.

En efecto, en medio de la masa anónima donde se hacinan indiscriminadamente los que son asesinados, los que matan y son asesinados a su vez, en medio de la falta de empatía y de comprensión con la que se trata a los que sufren violencias, en medio de una representación simple, hasta caricaturesca de quienes fomentan la demolición y desaparición del sujeto como si no formasen parte de nuestro mundo, en medio de esta pérdida, por lo tanto, de la historia particular, está en juego la restitución de todos estos saberes.

  • Cathy Fourez es doctora en Lenguas Hispánicas con la tesis Los tratamientos del género policíaco en la obra narrativa de Jorge Ibargüengoitia (2004) y profesora investigadora en la Universidad de Lille (Francia). Su objeto de estudio estriba en las literaturas policíacas en México y la representación de los fenómenos de violencia en la ficción. Es autora de distintos ensayos y libros; Vidas de sangre, mujeres en la narrativa mexicana del crimen.

Artículo publicado el 19 de enero de 2025 en la edición 8 del suplemento cultural Barco de Papel del semanario Ríodoce.

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