Recuerdos de un amanecer con el EZLN

Recuerdos de un amanecer con el EZLN

Eran las seis de la mañana, nuestros bolsillos habían quedado vacíos la noche anterior. Tan solo conservábamos los boletos de regreso y unos cuantos pesos para el camino y el corazón lleno de nuevos retos para el año que acababa de nacer: era el 1 de enero de 1994.

El frío de la mañana y una ligera neblina cubrían la calle Julio M. Corzo de la grandiosa San Cristóbal; el sol se negaba a salir aún y las calles olían a pólvora de la batalla de la noche anterior de fin de año, un 31 de diciembre a media noche, sin novedad.

Mis tres amigas Eréndira, Conchita, Maribel y yo, tomamos nuestro equipaje dispuestas a viajar por 12 horas a nuestro destino final, Ciudad de México.

Nuestros pasos se encaminaron cuesta abajo a unas cuadras donde se encontraba la Lacandonia, entonces Central de Autobuses; nuestra primera sorpresa fue escuchar que no había servicio de salida a ningún lado. Las calles estaban cerradas y no había manera de salir de San Cristóbal, las carreteras estaban bloqueadas, ¿por qué? No sabíamos aún en ese momento lo que pasaba.

Un poco decepcionadas volvimos sobre nuestros pasos al lugar de donde minutos antes habíamos salido. Entonces vimos un grupo de hombres de cinco a seis que en fila pasaban frente a nosotros. Sus rostros serios, vestidos de verde con camisas café, algunos con botas plásticas, gorras del mismo color y paliacate rojo al cuello. Caminaban a toda prisa, mientras sus manos morenas empuñaban unos fusiles que daban la impresión que eran indefensos.

Son los muchachos me dije, tratando de entender lo que pasaba, pero de pronto me sentía como en un espejismo que me trasladaba a otro lugar menos en Chiapas, las calles tantas veces recorridas me parecían inmensas, como si de pronto se abrieran ante lo impredecible.

Caminamos unas cuadras sobre nuestros pasos y entonces vimos un pequeño retén de piedras formado por estos mismos hombres de rostro serio y piel curtida. Eran los zapatistas, aquel ejército silencioso de hombres y mujeres que como la neblina de la madrugada había asaltado aquel día 1 de enero el valle de Jovel, sus miradas inquietas de sus rostros casi de niños me llamaron la atención.

Mientras los incrédulos habitantes de San Cristóbal decían, “esos son chapines, los vamos a sacar, nuestro país es pacífico…” miraban desconcertados, nadie sabía a esa hora, las 7 de la mañana, qué era lo que estaba pasando.

Entonces recordé el comentario de un día antes, “algo está pasando, mucha gente está saliendo de las comunidades”, algo va a pasar… Lo comenté a mis amigas, pero no dimos gran importancia, era de pronto común que por la violencia de entonces algunas comunidades se desplazaran fuera. Algo que no ha cambiado mucho hasta hoy.

Llegamos a nuestra casa de hospedaje, dejamos nuestro pequeño equipaje, y salimos juntas a ver qué ocurría, acordamos no separarnos, iríamos al Centro de la ciudad a averiguar qué sucedía. Nunca imaginamos conocer entonces al Subcomandante Marcos, que a unos pasos de nosotras daba una entrevista.

Lo primero que pensé entonces fue, ha de ser una toma de palacio municipal por campesinos, pero no, no era tal cosa. Sus fusiles, su uniformidad, y un murmullo como de gorriones se dejaba escuchar cerca de la plaza. Entre ellos sobresalía un hombre alto, de tez blanca con pasamontañas negro, detrás de él salía una voz clara que explicaba quiénes eran y qué querían a algunos transeúntes. Unas horas después sabríamos era el Subcomandante Marcos, aquel hombre que se transformó en un símbolo de la rebeldía y de la tierna furia, hoy Capitán Marcos.

Seguimos caminando por las calles vacías de San Cristóbal, hasta llegar al Centro, donde de pronto una imagen impresionante de indígenas vestidos de verde olivo apareció frente a nuestros ojos, que no daban crédito a aquel cuadro donde hombres y mujeres revoloteaban en los pasillos del Palacio de aquella ciudad como los pájaros que auguran el amanecer.

Cuando nos alejamos por otra calle, un hombre salía de su carro y gritaba histérico, “han venido a robarnos, son bandidos, son indios…” nunca olvidaré ese grito de quien se sentía sorprendido y amenazado. Estábamos presenciando sin darnos cuenta un hecho inédito e histórico de México, el levantamiento del hasta ese momento desconocido Ejército Zapatista de Liberación Nacional, EZLN.

Entonces recordé a un joven que años atrás en un curso de derechos humanos, inquieto me preguntaba por sus derechos y sí era bueno o no optar por los pobres y su lucha.
Se llamaba Domingo, Pedro, Sebastián o Jenaro, no lo sé. Solo recuerdo que un año antes había visto su mirada brillante, rostro juvenil, tratando de aprender de sus derechos para defender su tierra, lo único que tenía.

Y me pregunté entonces, dónde estará aquel joven, lleno de alegría a pesar de sus ojos tristes, que un día me invitó a conocer la selva y que por cierto visité años después cuando la gran Ramona aún vivía.

¿Dónde estaría aquel joven? ¿Dónde estaba su mirada inquieta? Acaso estaba en medio de aquellos jóvenes empuñando su arma, no lo sé, nunca lo supe con exactitud. Pero mi corazón me decía que él estaba ahí. Había roto el silencio como muchos aquel 1 de enero y que a 31 años viven y siguen luchando por sus sueños que son los nuestros.

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