Frente al Hospital Pediátrico, decenas de familias acampan o pernoctan al aire libre, mientras esperan que sus pacientes puedan ser dados de alta, ante la falta de espacios en el albergue
La noche va cayendo en una ciudad trastocada por la violencia. Una ciudad que se va quedando sola a temprana hora y que se acoge a un toque de queda impuesto por la sobrevivencia.
En una ciudad sacudida por la inseguridad hay un lugar en el que el temor y el miedo se desvanecen por la necesidad. Un lugar en el que se recobra la esperanza en la humanidad, en el que se da y se recibe por nada a cambio, donde la fraternidad se expresa sin condiciones.
Es el albergue al aire libre frente al Hospital Pediátrico de Sinaloa, donde las casas de campaña son un espacio que hacen más llevadero el trance de tener a un familiar enfermo.
Es el consuelo mutuo, es la esperanza compartida. El cobijo que las instituciones no alcanzan a ofrecer a quienes viven la pena por la enfermedad del familiar hospitalizado.
Es la tabla de salvación para aquellos que no alcanzaron un espacio en el albergue del Pediátrico de Sinaloa y que viven a cielo abierto.
Sin espacio
Entre las casas de campaña apeñuscadas en el camellón ubicado frente al “hospital del niño” se encuentra Alma Valenzuela. La envuelve un aire de desamparo entre las sombras de una noche tierna.
Ya son nueve días los que ha pernoctado junto con su hija frente al Pediátrico de Sinaloa, donde Ángel Eduardo, su nieto, está internado.
“Sí hay un albergue, pero está lleno. Ahorita no hay vacantes para cuarto ni para nada”, cuenta la señora.
Unas oleadas de aire fresco pronostican una noche fría.
Frente al hospital un hombre catequiza a quien le presta oídos, mientras que familiares de niños internados en el Pediátrico buscan el amparo de la oscuridad entre el campamento a la intemperie.
Alma se echa el último bocado de la cena que un alma caritativa puso en sus manos, y continúa:
“Nosotros acceso al albergue nomás para irnos a bañar, no para ir porque no hay cuartos disponibles para mujeres ahorita. Todo el día aquí nos la llevamos”.
Los que llevaron la comida recogen ya sus utensilios y los que han saciado su hambre se desperdigan en busca de un espacio donde reposar.

“Gracias a Dios, alimento no nos ha faltado”, agrega Alma Valenzuela.
Alma viene de Sonora y su hija, la madre de Ángel Eduardo, de Mazatlán.
“Hasta ahorita no le han detectado la bacteria que tiene en la piel”, cuenta la madre del bebé de seis meses, una muchacha de facciones adolescentes.
La Constitución, entre la Vicente Riva Palacio y la Donato Guerra de la colonia Jorge Almada, es un tramo del bulevar que nunca duerme, donde el silencio de la noche es roto por el ruido de los automotores y el ulular de las sirenas.
Alma tiene una idea de lo que vive Culiacán, de la inseguridad de sus calles. Pero no tienen opción.
“No nos podemos mover de aquí por la gravedad de nuestro bebé… Nos tenemos que arriesgar. ¿Qué le vamos a hacer…?”, expresa.
Por fortuna, dice, en los nueve días que la han pasado ahí ha estado tranquilo.
La noche avanza y el mercurio desciende en Culiacán. Los que velan frente al Pediátrico de Culiacán frotan sus manos para entrar en calor. Algunos se refugian en las casas de campaña, mientras otros enfrentan el clima a la intemperie.
“A veces sí hace frío. A veces se suelta un viento muy helado y hay veces que no. Hay veces que estamos bien, pero aquí estamos”, cuenta la abuela de Ángel Eduardo.
Mientras el bebé de 6 años de edad lucha contra la enfermedad, su madre y abuela enfrentan la vida en una ciudad desconocida, pero caritativa y bondadosa.
Bondad
En una ciudad inmersa en una confrontación que ha hecho a sus habitantes rehenes en su propia casa, hay quienes muestran el rostro amable de la vida.
Seres que miran su reflejo en quienes pernoctan a la intemperie, faltos de un espacio de descanso y de un bocado que alimente el cuerpo.
Ahí están Omar, Érika y Marla con alimentos que adquieren categoría de manjar entre la necesidad.
“Ya estuvimos en esa situación, por eso lo hacemos. Ya conocimos la parte afectada del otro lado de la gente que se acerca a pedirnos el alimento”, dice Omar.
La suya es una manda ofrecida a la virgen de Guadalupe.
“Conocemos la desesperación de estar aquí con tu familiar que te impide muchas veces moverte para conseguir un alimento”, agrega.
A unos metros de distancia se encuentra Érika con la hielera repleta de tamales. Su esposo ya corrió la invitación entre los familiares de niños internados en el hospital.
“Nosotros hemos pasado situaciones de estar días en el hospital y a veces se nos acaba lo poquito que traemos de dinero y nos quedamos sin comer”.
La suya también es una manda a la Guadalupana.
“Siento que todos en algún momento necesitamos de todos. Más ahora que nuestro bello Culiacán está así con esto que ha pasado, que hay gente sin trabajo…”.
En el camellón unas mujeres sirven los alimentos que preparan en la cocina a la intemperie en una noche que se augura fría.
Y bajo una techumbre se encuentra Marla, quien dice estar de lunes a viernes en el Pediátrico de Sinaloa ofreciendo apoyos.
“Honro la memoria de mi hijo. Mi hijo falleció y encaucé mi dolor en ayudar a la gente. Hace cinco años encontré mi servicio de vida. Así le llamo. Encauzo mi dolor…” expresa.
Ahí, a las afueras del Pediátrico de Sinaloa perviven Alma Valenzuela y quienes no encontraron un espacio donde albergar su pena y pasar el “trago amargo” de tener un familiar enfermo… y ahí en medio de las casas de campaña y de una ciudad desierta por las noches, también pasarán la Navidad.
Artículo publicado el 22 de diciembre de 2024 en la edición 1143 del semanario Ríodoce.







