agosto 23, 2019 2:19 pm

El sobreviviente inaudito: ‘Pobre viejito, no la va a hacer’ (Parte IV)

carton 4

No fue la única tormenta, fueron tres los vientos que me tocaron, fuertes; eran unos aires grandísimos, que veía usted la ola como poste de la luz, y yo miraba la panguita aquí abajo y la ola en la quinta madre, y al rato estaba arriba y miraba hacia abajo y me daba miedo porque se veía un abismo. Una vez, de la desesperación, me amarré de los pies y me quise echar al agua para morirme de una vez, pero me arrepentí y me volví a desatar.

Eran momentos nada más, porque nunca pensé en morirme; yo veía a Jorge que no pedía nada, que no se preocupaba por nada, que no se quejaba de nada, que no pedía agua ni comida; yo también quería estar igual que él, muerto, me entiende, para no sentir nada. Y me ponía el cuchillo aquí, en el pecho, derechito, para que con el movimiento de la panga se me fuera cuando dormía; pero nada, ya cuando despertaba amanecía el cuchillo en los “pieses”.

Yo tenía mucho miedo; decía: diosito, haz lo que quieras conmigo pero yo no quiero ver cuando me vaya a morir. Entonces cuando había vientos me metía al hoyo que había hecho para tirar el “guato”. Lo tire todo un día que estaba el agua calma. En la madre, decía yo, si me encuentran con esto me van a chingar. Y la tiré; la pensaba por mi compa, pero total, él ya se había ido. Ni modo, le hice un hoyo al banco y eché al agua los paquetes. Media tonelada, un paqueterío por todos lados, con tan mala suerte que no se iban los paquetes. Como dos días anduvieron dando vueltas alrededor de la panga porque no había corriente. Chin, decía yo, pinche mala suerte; con que no me hallen ahora.

Y me metía en el hoyo cuando había vientos fuertes y decía: Dios mío, tú sabes lo que haces conmigo. A veces me tenía que levantar porque entraba agua. Los soportes del motor se vencieron con el tiempo y nomás quedó colgando y pegaba en el fondo de la panga; y de tanto chingazo, la propela me agujeró la lancha y entraba agua. Tenía que estar “achicando”. Y a veces despertaba porque me estaba ahogando porque dormía boca abajo, no podía estar de lado. Y despertaba ahogándome. Y en chinga a sacar el agua y a sacar el agua. Y ya en la mañana miraba el mar clarito otra vez, como si no hubiera pasado nada. Siempre cuando había vientos, al otro día amanecía calmito, calmito.

 

Dile a Dios que me haga el paro

 

Es feo estarse muriendo de hambre y no tener nada qué comer. Yo sufrí, lloraba, gritaba; me hice loco de ira, de coraje, de miedo; me golpeaba. Ya después me tomaba los “tragonones” de agua cuando ya no había nada que comer, me los pasaba y ya me quedaba dormido; y a puro delirar, me entiende; que andaba en un quiosco, se me figuraba mi madre, siempre se me aparecía ella en mis alucinaciones; de repente, en los canales que hay ahí en Baricueto, donde vivo, se me figuraba que estaban llenos de dulces; yo quería comer y despertaba y era mentira, pura ilusión, pura mentira, me entiende, porque nada más alucinaba y alucinaba y alucinaba.

Por eso cuando me dijeron que tenía 55 días en el agua no lo creía… no lo creo les dije… 55 días. Pues si saliste para el día del padre, tienes los mismos días que nosotros. 55 días. Hasta a mí se me hacían largos, o sea, tanto tiempo, pues, pierdes la noción; como que me fui imponiendo a estar día con día en la panga.

Eso sí, todo el tiempo estuve con la ilusión de que me iban a rescatar: Dios mío no me hiciste el milagro hoy pero mañana me lo vas a hacer. Y me acostaba con la ilusión. Muchas noches me despertaban los colazos porque las caguamas se ponían debajo de la panga y los tiburones andaban detrás de ellas y les pegaban los “chingamalazos” y me sacudían la panga y ya me levantaba y decía: yo ya llegué a la orilla, pero no, eran los tiburones porque ya los miraba cuando arrancaban: en la noche se mira cuando arrancan porque blanquea pa’bajo.

Siempre anduve rodeado de tiburones y la panga llena de gaviotas. Ya al final no lamía la falca porque estaba llena de gaviotas. Yo siempre dije que estaba cerca de la orilla porque la gaviota es muy huevona. Tengo que estar cerca de la orilla, decía, porque estoy en medio de dos tierras. O salgo al Castillo o salgo a San Felipe, pero tengo que salir. Yo siempre pensé que andaba aquí cerca, que andaba en el mar este, porque habíamos salido de Guaymas. Y así estuve varios días de esos, que pensaba que llegaba a la orilla y nada, y ya me quedaba llorando… y lo miraba.

Todos los días rezaba, me levantaba y me ponía a platicar con mi compa. Le decía cómo estaba yo: pos aquí estoy, mi Jorge, esperando que diosito me haga el milagro; ayúdame tú también, yo sé que puedes, que estás cerca de él. Dile que no me deje morir, que me haga el paro, que me saque de esta. Y le preguntaba dónde andaba él y le rezaba el Ave María, su Padre Nuestro; sacaba mi librito del Justo Juez en la mañana y en la tarde y a cada ratito; ya no tenía nada más qué hacer más que pedirle a Dios y cantar, porque mi madre me enseñó a cantarle a Dios. Y entonces me daba ánimos porque yo sabía que era el único que me podía sacar… y me sacó y lo hizo de la única manera que podía ser: hallándome, porque si hubiera varado en alguna orilla, tampoco la hubiera hecho porque yo ya no podía caminar y ahí hubiera quedado. Si no hubiera sido así no la hubiera hecho.

 

El foquito y la isla

Yo tenía varios días viendo un foquito cuando me rescataron. Lo veía en la noche y en el día aparecía una isla, pero con mucha niebla, mucha brisa… y lo veía a veces lejos, a veces cerca; uno no sabe porque la vista empieza a fallar con la brisa, la sal; ya no sabes. Y un día miré muy cerca la isla: cuatro, cinco kilómetros, o menos, no sé, es difícil calcular; la miraba perfectamente: el verde, las piedras, no miraba movimiento, y entonces calculé que si la corriente me llevaba hacia las piedras me iba a estrellar la panga, entonces me amarré, amarré el motor al cabo y lo solté; primero corté los amarres del motor, que ya nomás traía colgando y lo puse como ancla.

Y ahí estaba, no sé si fue ese mismo día porque como te dije ya no sabía mucho qué onda. El caso es que una mañana oí de repente un ruido como de motor y dije: ahí viene saliendo una panga, ahorita me va a ver; y la esperaba y nada, y nada, y… ¡ah cabrón!, pues qué onda. Y de repente oí el motor bien cerquita pero no veía nada que saliera de la isla; entonces “voltié” pa’trás y ya vi el helicóptero que venía hacia mí; me paré en chinga para hacerle señas pero como que ya me habían visto porque se acercaron mucho a la lancha y les gritaba, y me decía con el micrófono: ya te vimos, no te preocupes. Yo les hacía señas de que traía un muerto, les hacía la señal de la cruz con la mano y les señalaba la proa de la panga, donde estaba el cuerpo de Jorge. ¡Acuéstate! me gritaban, ahorita van a venir por ti. Entonces el helicóptero agarró hacia la isla y se perdió en un cerro. Entonces me acosté como me dijeron, traté de dormir, no sé si logré dormir, pero ahí estoy, esperando acostado, ya casi no me podía mover, batallaba mucho para hacer cualquier cosa.

 

Y casi se desmaya… el doctor

Ya al rato escuché un ruido muy fuerte, como de tormenta, ¡ah cabrón!, dije, ya cambió el aire… y empecé a buscar qué pasaba; “voltié” pa’ todos lados, para la isla: nada; hacia atrás: nada. Me asusté y decía yo qué ondas… Cuando de repente que veo aparecer un barco grande, enorme, derechito a donde estaba yo: ya venían por mí; el barco se fue acercando, acercando, y ya vi que venían todos los tripulantes agarrados de las barras del barco, mirándome, ya les habían dicho que estaba ahí y a lo mejor que traía un compañero muerto.

Me les quedaba viendo a los batos y nadie me decía nada, nada más se me quedaban mirando y yo desesperado y desesperado, y les empecé a gritar tengo mucha hambre, tengan piedad de mí, tengan compasión de mí, tráiganme comida por favor… y yo llorando y gritándole a los batos, por compasión: no sean malos, porque yo no miraba nada de movimiento, todos viéndome nomás; cuando al ratito miré que se empezó a levantar el helicóptero y se vino en friega a donde estábamos nosotros, y se paró arriba del barco, entonces ya cayeron cuatro pangas, de esas panguitas chiquitas coloradas que usan para las maniobras, para cerrar los chinchorros.

No me preguntaron nada, tenía todo pelón, la carne se me veía, pedía que no me movieran, les decía que me dolían mucho las nalgas, las piernas; tenía todo pelado. Cuando no me pude subir me amarraron con los cinchos.

La lancha la remolcaron, a mí me subieron en una de las lanchas de ellos, y el cuerpo de Jorge en otra; me habían dado agua con un algodón porque yo quería prenderme del pomo, luego con un gotero, después con una cuchara, me preguntaron si podía subir solo una escalera del barco y les dije que sí, pero en el primer paso resbalé y quedé horquetado, entonces me dijeron que no podía… y unos murmuraban: pobre viejito, no la va a hacer.

Ya arriba les decía que me acostaran boca abajo por el dolor que tenía. Me quitaron el “chor”, el cinto, un cinto negro como cincho con el que había amarrado el motor; me lo puse porque ya se me caía el “chor”; y me veían y decían: no creo que la haga el viejito. Ya para eso habían llegado los navales, el doctor, para examinarme. A Jorge lo metieron en un tambo de 200 litros con hielo.

Ya me cortaron el “chor” y me echaron unos polvos; me querían poner suero pero no me hallaban la vena, no me la hallaba el doctorcito, hasta que me la halló, pero antes ya había vomitado y casi se desmaya; se desvaneció, porque dijo que no se acostumbraba al vaivén del barco, que no estaba impuesto. Era un doctor muy joven. Una vez, ya que estaba más recuperado le pregunté ¿Y por qué casi se desmaya doctor? Se supone que usted es marino… Luego me confesó que no soportaba los barcos y que lo traían ahí por castigo.

Reportaje publicado el 9 de abril de 2017 en la edición 741 del semanario Ríodoce.

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