agosto 23, 2019 2:14 pm

El sobreviviente inaudito: Los cabos sueltos (Parte VI)

Naufrago- bertha

Sería diciembre de 1998 cuando fui por primera vez a El Castillo buscando la historia del náufrago. Me recibió la madre de Gerardo Urquiza, Rosalba Soto, que entonces atendía un pequeño restaurante de mariscos. Gerardo no estaba, así que hablé con ella.

Contó emocionada trozos de la historia y me mostró una camiseta donde los pescadores del atunero que lo rescató le anotaron a Gerardo sus nombres, apodos, teléfonos y una que otra frase amigable. Con cierto disimulo, me dijo que su hijo había quedado un poco dañado y que andaba prendido de la droga.

Le dije que regresaría para ver si lo encontraba y volví semanas después, pero no encontré ni a la señora ni a Gerardo. Había quedado de buscar a los pescadores en Mazatlán, pero pasaron los días y no lo hice. Con el paso de los meses, la historia terminó por extraviarse en el polvo.

 

***

 

Fue hasta que se publicó la noticia insólita de que habían rescatado tres náufragos mexicanos en las Islas Marshall, que pensé en retomar el tema. Era agosto de 2006. Como muchas personas, también dudaba de la veracidad de lo que se estaba publicando, aunque al mundo no le importó. Los convirtieron en héroes, se escribió algún libro y hasta se dice que vendieron los derechos de la historia a una compañía de cine, aunque no se ha sabido que hayan rodado nada.

De tal forma que regresé a El Castillo para reiniciar lo que había empezado ocho años antes, pero la primera noticia que me dieron es que la madre de Gerardo acababa de morir. Era una mujer joven y se veía muy fuerte, pero la sorprendió un infarto. La otra noticia, aunque menos trágica, era también lamentable: Gerardo estaba en la cárcel de Navolato purgando una condena por robo y abuso de confianza.

Me lo confesó en una de las seis o siete entrevistas que tuvimos en la estrecha dirección del penal. Después del naufragio había regresado a lo mismo. Viajar de El Castillo a Guaymas y de ahí a las costas de San Felipe, Baja California. “En uno de los viajes el patrón no me quiso pagar y me quedé con el motor de la lancha, por eso estoy aquí”, dijo.

Contó la historia con mucha naturalidad y con una lucidez y memoria envidiables. Le pedí, desde el primer encuentro, que no dijera nada que no hubiera ocurrido y que no ocultara nada que considerara importante. “No —me dijo—, yo le voy a contar las cosas como fueron, nada más”.

 

***

Por esos mismos días que ocurrieron las charlas busqué datos en Mazatlán. Solicité una entrevista con el jefe naval de la zona. Quería pedirle que me facilitara un viaje a la Isla Socorro para recabar allá datos que sirvieran para redondear el reportaje. También pedí información del caso, partes informativos, bitácoras, pero nada de eso se obtuvo. Me quedó la impresión de que ni siquiera le dieron trámite a la solicitud.

También se buscaron cabos en PINSA, la empresa atunera a la que pertenece el atunero Azteca III. Preguntamos por el piloto helicopterista y por el buscador de cardúmenes, los dos hombres que encontraron a Gerardo cerca de la Isla Clarión, pero nadie quiso darnos información de ellos.

En la Agencia del Ministerio Público donde se consignó la muerte de Jorge Zavala Gómez, solo tenían el número de averiguación previa con una nota que dice “Reserva”.

Otra búsqueda obligada era en el ejido Sánchez Celis, ubicado a unos cuantos kilómetros de Eldorado, pues ahí fue enterrado el cuerpo de Jorge Zavala. Ahí vivía su padre, don Amador Zavala Cárdenas, quien recogió el cuerpo en Mazatlán y lo veló una noche antes de sepultarlo. Al sepelio acudió la madre de Jorge, doña Bertha Gómez, una india yaqui, callada, según contaron. Después que lo enterraron se fue y nunca regresó al pueblo. Don Amador murió cinco años después y fue sepultado al lado de su hijo.

La otra estación estaba en Sonora. ¿Cómo era la familia de Jorge Zavala Gómez? Siempre, sobre todo en sus últimos días, Jorge le rogaba a su compañero de viaje que si moría lo llevara con su familia. En Sánchez Celis me enteré que doña Bertha vivía en Pótam, una de las ocho comunidades yaquis que sobrevivieron a la devastación porfiriana.

Pero dejé pasar los días y luego los meses, y la historia se volvió a enfriar. Cuando se cumpla una década de la odisea, escribo el reportaje, les dije a mis amigos de Ríodoce, ya falta poco. Pues vale más, me dijeron, porque si no la escribes al rato el muerto puedes ser tú.

EN EL EJIDO SÁNCHEZ CELIS. La tumba de un yaqui.

¿Por aquí se llega a Pótam? Sí, váyase derecho. El señor, que estaba sentado en una piedra, se levantó y me dijo que si iba para el pueblo que le ayudara con un aventón. Tiene 72 años y se acaba de juntar con una india de 44. Enviudó, dijo, y no se halló estar solo. Me encontré esta mujer y ahí estoy con ella. Después de una pausa estudiada presumió: “está maciza todavía”. ¿Sí?, le dije al viejo, medio en serio medio en broma, si lo estuviera oyendo mi apá le diría que “el guango es otro”. Don Epigmenio soltó la risa y dejó ver una hilera de dientes blancos, macizos, esos sí. Sí, me dijo, así nos dicen cuando nos toca cobrar la pensión: ahora les pagan a los guangos.

Le conté la razón que me llevaba a Pótam y me dijo que conocía una hermana de doña Bertha. Me llevó hasta su casa y después de saludar a la india se retiró.

Justina habla hasta por los codos. Fue vaquera en su juventud, bragada, con pistola fajada por recomendación de su madre. No ha de faltar un cabrón que se quiera aprovechar que eres mujer, le dijo. Que no vean la diferencia. Por eso usaba siempre pantalones. Una vez le dijo a su madre que le hiciera un vestido para ir al baile. Y dice que cuando llegó nadie la conocía. También fue chivera, hace pan en un horno que ella misma construyó y quesos cuando las vacas no están secas.

Si no hubiera sido por ella, Ríodoce no llega a la casa de su hermana. Doña Graciela Peiro, viuda de don Amador, dijo que vivía en una orilla del pueblo, que tenía un ranchito y unas vaquitas. Pero en realidad no vivía en Pótam, sino en una alameda perdida hasta para los que andan por ahí, y a la que se llega por caminos que desaparecen de repente y por los que hay que regresar y volver a andar para encontrar tres o cuatro paredes miserables hechas de carrizo y tierra muerta.

“La busca un señor porque quiere escribir la historia de Jorge, viene de Culiacán”, le dijo Justina a su hermana, vestida con un pantalón rosa, camisa a cuadros desfajada y gorra de beisbolista.

“¿Y qué quiere escribir?, le preguntó doña Bertha, ya que se sobrepuso a la sorpresa. ¿Por qué quiere escribir la historia de Jorge? Todos tenemos una historia, todos, y el que diga que no, es un hipócrita, disparó doña Bertha.

Me habían dicho que era de pocas palabras, nunca que era tan contundente. A unos metros estaba Gabriel, hermano de Jorge. Es el segundo de los tres hijos que doña Bertha tuvo con don Amador. Gerardo describía a Jorge como un hombre alto, moreno, de bigote y pelo rizado. Cuando vi a Gabriel supe que se parecían mucho, aunque un poco más bajito.

Jorge medía 1.85, me dijo después de apaciguar su desconfianza. Cuando Jorge murió en el naufragio, Gabriel estaba en la cárcel purgando una condena por delitos contra la salud, por eso no pudo estar en el funeral.

Cuando salí lo primero que hice fue ir a Sánchez Celis, contó. Visité la tumba y dejé un dinerito para que le hicieran su lápida. Luego fui al Castillo a buscar a ese tal Gerardo, porque en la peni me dijo gente de allá que todos en su familia son cabrones. Y yo siempre tuve la desconfianza, la idea de que ese bato lo había matado para quitarle la carga.

Pero no lo encontró. Le conté lo que sabía del naufragio y por lo menos pareció que me creía. Él y su hermano habían estado muchos años juntos en San Felipe. Jorge nunca le contó a Gerardo que ya había tenido otro naufragio. Iban él y Gabriel pero esta vez sí andaban pescando de verdad. Se les descompuso el motor y quedaron a la deriva. Fue un mes de enero y se ponían espalda con espalda para sobrevivir al frío. Los rescató un barco a los 12 días.

Jorge iba a cumplir 45 años cuando murió. Doña Bertha lo recuerda muy bien “porque nació el mero día en que murió Jorge Negrete, el 5 de diciembre de 1953”.

¿Por eso le puso Jorge? Yo no, fue Amador, ni en cuenta me tomó. Un día se lo llevó al pueblo y cuando regresó ya traía nombre. ¿Por qué no me tomaste en cuenta? Le reclamé. Porque sabía que no te ibas a enojar, me dijo.

Dice Gabriel: “Mi hermano era muy bragado, fuerte, era muy hombre. Por eso nunca creí que él se hubiera muerto de hambre y de sed y el otro no. Era el mejor de esta región para montar caballos. Le encantaban los jaripeos. Una vez vino por él Roberto Guinart, un charro muy famoso y se lo llevó. Lo trajo para arriba y para abajo y hasta iban a filmar una película, pero algo le pasó al compa ese y se deshicieron los planes”.

¿Por qué no se trajo el cuerpo?, le pregunté a doña Bertha. Supongo que a Jorge le hubiera gustado que lo enterraran aquí. Pues no sé, pero así estuvo bien para que se le quite a Amador. Los muchachos no lo querían porque los abandonó. Y mira que quedar juntos.

 

***

 

Eran como las ocho de la noche cuando entró una llamada a las oficinas de Ríodoce. Ya se habían publicado las dos primeras partes del Sobreviviente inaudito. Oiga, dijo el que llamó ¿no es usted de casualidad el que está escribiendo las notas de un náufrago?

Era Miguel Ángel Navarrete, el piloto que había buscado afanosamente en Mazatlán y me estaba hablando de Culiacán. Es amigo de un muchacho que vende revistas en la esquina de Colón y Morelos. Oye, le dijo, saliste en Ríodoce. ¿Y eso? ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Tú fuiste piloto, no?, ¿y te llamas así, no?

Pues sí, era él y tenía ya cuatro años viviendo a cinco cuadras de las oficinas del periódico. Platicamos largamente en el bar de la esquina. Supe por él que salvar al náufrago le había costado el trabajo pero de eso ya no se enteró Gerardo Urquiza. Cuando vio el cuadro dantesco cerca de la Isla Clarión reportó las coordenadas y pidió al capitán que fueran a rescatarlos. Luego se dirigió al barco. Cuando se bajó del helicóptero vio que tanto el capitán como el pescador, las dos autoridades del atunero, estaban muy serios. No querían ir por ellos. Querían seguir pescando para regresarse a Mazatlán. Y les advirtió: el muchacho se está muriendo, si no los rescatamos, llegando a tierra voy a ir a la PGR, a la Marina y a la Comisión de Derechos Humanos, porque esto es un delito. Los convenció, pero al siguiente viaje ya no lo quisieron llevar. Dos meses después se subió a otro barco pero fue el último viaje. Ahora trabaja de taxista.

 

***

 

Hay muchas cosas que Gerardo Urquiza no supo de Jorge porque éste no se las contó. Una de ellas es la razón por la que había abandonado el pueblo para siempre y se había ido a vivir a San Felipe. Una noche, cuando regresaba a su casa en la alameda, Jorge se encontró con dos conocidos, indios también. Hacía frío. Jorge llevaba una pachita de tequila y le pidieron un trago. Y se los dio, pero luego ya no querían regresarle la botella. ¿No me la vas a regresar?, le dijo al que la tenía. No. Jorge sacó una navaja de muelle y le dio ocho puñaladas, tan bien acomodadas que el indio logró sobrevivir.

 

***

 

Gabriel estaba construyendo su casita en la alameda. Ya había levantado el techo y dos paredes. Ahí dormía, en un catre con un pabellón contra los moscos. Tengo que armar las paredes porque ahí viene el frío, dijo. Pero poco a poco. Carrizo y tierra muerta los materiales. Vi tres o cuatro libros encajados en los horcones junto a un veintidocito. ¿Te gusta leer? Sí, en la cárcel no hay mucho qué hacer.

Después de que había ido a Sánchez Celis volvió a lo suyo y esta vez cayó en Nogales. Otros tres o cuatro años. Pero ya me dejé de eso, ya me di cuenta que no sirvo para capo, dice, riéndose de sí mismo.

Le preguntó a su madre si ya estaba la comida y aproveché para mirar a Justina. Ya era hora de regresar. Fui al carro. En el asiento trasero traía un libro que le pensaba regalar a Heriberto Gaxiola Zambrano, ex presidente municipal de Etchojoa pero oriundo del Macucho, Guasave, villista por conocimiento.

Ten, gracias por todo, le dije mientras le daba Pancho Villa, una biografía narrativa, de Taibo II.

Ojalá no tengas que leerlo en la cárcel, pensé decirle. Pero solo lo pensé.

 Tiempo de morir

El 8 de octubre de 2016, Gerardo apareció muerto después de haber sido levantado de su casa una noche antes. Vendía droga por su cuenta en El Castillo y ya le habían pegado varios balazos los dueños de la plaza. Pero no dejó de hacerlo. Una de las balas le perforó el vientre y usaba una bolsa y una manguera para desfogar la orina.

Se especuló sobre la forma en que murió porque no tenía heridas de bala ni de arma blanca, solo quebrado el cuello. Uno de sus hermanos había ido a verlo días antes y le dijo que ya se dejara de vender droga, que terminarían levantándolo. “Deja tú que te vayan a matar, que te torturen sería lo peor”. “A mí no me van a torturar porque no voy a dejar que me lleven, le dijo”.

La noche del 7 llegaron por él y la mujer con quien vivía contó que batallaron mucho para subirlo a la camioneta porque se resistió a lo que sabía era un destino seguro.

“Por eso pienso que él solo se mató. Le gustaba torcerse el cuello con las manos para descansar. Nos daba miedo verlo. Por eso pienso que él se quitó la vida, para que no lo torturaran”, dijo su hermano.

Su cuerpo fue encontrado en uno de esos canales de riego que atraviesan el valle de Sataya, y que en sus noches de delirio en el naufragio, a un lado de su compañero muerto, soñaba que estaban llenos de dulces.

Reportaje publicado el 9 de abril de 2017 en la edición 741 del semanario Ríodoce.

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