lunes, enero 24, 2022
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  • Dias de Impunidad

Oro maldito

 

oro

La familia se fue a vivir a Nogales. Allá les iba bien en la explotación de cobre. Eran del norte del país y habían vivido en Sinaloa, pero se fueron hace años y ahora querían regresar: la noticia de una mina de oro que estaba produciendo bien mineral, en la zona serrana, los hizo voltear a ver de nuevo esta región maldita, de sabrosos camarones gigantes, aguachile, tambora, mujeres hermosas y atardeceres incendiarios.

El padre le preguntó a la madre. Cómo la vez, nos regresamos a culichi. Ella asintió y a su vez les preguntó a los tres muchachos. Todos dijeron que sí. Del cobre al oro hay mucha distancia, tanto como de la tierra al cielo, pensó ella. Prepararon todo, se informaron sobre la mina, los dueños, el rendimiento, los costos, dónde vivir, la plantilla de obreros, la comercialización y las exportaciones. Vámonos, dijo el padre. Todo está listo.

Acordaron que primero se irían él y los hijos. A revisar y prepara todo, y cuando estuvieran listos, irían por ella para llevarla a la sierra sinaloense, a buscar oro en sus cuevas y mantos freáticos, piedras y paredes desnudadas en los subterfugios. Pero muy rápido ella dejó de recibir noticias. Lo último que supo era que habían llegado y que se dirigían a la mina, donde ya los esperaban. Agarró el teléfono celular para no soltarlo ni cuando iba al baño. Primero sonaba y sonaba, y luego, a los días, se activaba directo al buzón de mensajes. Y después nada: era un silencio desesperante, un viento de respiración entrecortada, una lanza punzante en el occipucio.

Nadie del otro lado de la línea. Decidió ir a Sinaloa, a buscarlos. Lo primero que hizo fue ir a la mina, a los pueblos cercanos, a preguntar. Nadie supo. Nadie dijo. Le decían que no pero gritaban con la mirada. Le respondían no sé nada, señora, pero con las manos entrelazadas le confesaban lo inconfesable. Fue a la procuraduría, a la policía, los hospitales, la cruz roja, la morgue, y al final al panteón. Fosa común en las calles, zonas de levantones y ejecuciones en los cruceros, cenotafios en los parques, veladoras y flores de papel y plástico en las esquinas: todos los verdes de los semáforos son rojos, y los amarillos.

Se preguntó a dónde voy, con quién. Derechos humanos era desechos humanos, los activistas convocaban a protestas por los desaparecidos y solo acudían almas en pena y sus sombras, la policía respondía que investigaba pero no se movía. Recorrió el monte cercano a la mina, las montañas, esas comunidades escondidas y entre recovecos. Desesperada, con la demencia en el sudor y la mirada. Gritaba dónde están mis hijos. Pronunciaba sus nombres y el de su esposo. Decía a cielo abierto y garganta rasgada por qué volvimos a esta tierra maldita, chingue a su madre el oro, maldita mina.

 

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