En una sociedad globalizada y acelerada por la falta de tiempo para alcanzar una meta imaginaria pero que está en el siguiente semáforo, en la quincena que viene, en la tanda del mes, en los likes y suscriptores de tu canal, sería bueno preguntarnos para quién hacemos todo eso y qué nos trae de recompensa.
En la obra de Orwell, el autor se cuestiona esto mismo y hace una crítica directa al capitalismo reinante de los años treinta en Inglaterra que podría ser perfectamente la época actual en nuestra ciudad. El joven Gordon lucha día a día para no caer en las garras del dinero y en consecuencia sufre la dureza de no traer lo suficiente para vivir modestamente; ya no hablamos de comodidad sino de supervivencia.
En su afán de alejarse fervientemente de la hipocresía que conlleva el mantener un status quo o una vida de lujos innecesarios plagada de risas huecas y sentimientos de superioridad, lo que hoy podríamos llamar clasismo, Gordon trabaja para ganar lo mínimo para vivir, careciendo de cosas como agua caliente en un clima gélido, comida suficiente para calmar el hambre, ropa necesaria para ir a trabajar como unos zapatos sin agujeros, un abrigo para el frío, entre otras precariedades.
Y en esa obsesión cae en el extremo de no tener dinero ni para tomar un té o un café en la esquina. Aún con eso, mantiene una planta que representa un nivel de estatus superior entre las clases media altas; una aspidistra. Y aunque al verla la desprecia arrojando papeles de su incipiente escritura de poeta, deshecha y abandonada, con ello guarda una esperanza, muy disfrazada, de salir de su miseria en algún momento.
Las oportunidades para trabajar en un lugar con mejor salario están al alcance de su mano pero las desprecia ya que van en contra de sus ideales. Y elige vivir así hasta que su novia le da una noticia inesperada y entonces nuestro héroe socialista decide cambiar el rumbo de su historia, radicalmente. Acepta el trabajo en una empresa que no le gusta y así complace a su amada. Hace el trabajo que no le gusta para complacer a su jefe. Adquiere un departamento en una zona “conveniente” y lo acondiciona con muebles de mensualidades “sin intereses”. Marca el checador todos los días para recibir su paga a final de mes, misma que le asegurará seguir comprando cosas para su nueva vida y ha! no lo olvidemos; una aspidistra. Colocada en la ventana de la sala para que la gente de enfrente pueda verla.
Pregunto ¿De qué sirve tener lujos y artículos caros si la gente no puede apreciarlos? Definitivamente son para ser contemplados por los demás, no importa si ellos pueden o no adquirir las mismas cosas que nos han costado tanto trabajo y esfuerzo, ya que la mayoría de las clases media viven a expensas del crédito. Han empeñado su trabajo y con ello su vida misma en artículos que no pueden pagar de contado y se han puesto un yugo al cuello para seguir, como bueyes, (válgame la expresión¡) trabajando para pagar o más bien abonar a una deuda infinita con el iPhone de última generación pro-max cinco mil, la deuda con los muebles aesthetic, la deuda con la ropa de marca de procedencia china pero que aparenta ser original, al menos. Sin olvidar la exorbitante deuda con la casa en una zona residencial “privada” donde se respira otro aire, uno de superioridad, de no ser del montón, de pertenecer a una clase elevada aunque debas el mantenimiento del mes. Y muy importante, la deuda con el auto de modelo reciente, de preferencia híbrido o eléctrico, de esta marca extranjera que acaba de instalarse en la ciudad y grita a todas luces que si presumes de pertenecer a una clase superior privilegiada ¡debes! con todas las letras, tener un auto de su colección.
Y así, los demás vean que te va bien, corrección, más que bien, en la vida. Y aquí podemos añadir, por supuesto, las deudas insolventes con las tarjetas de crédito que les permiten ir al restaurante más chic, hype o en tendencia y pasearse en las plazas más caras con sus bolsas de compras de tiendas exclusivas. Quienes de manera estratégica le plasman el logo para hacerse publicidad gratis, o bien darle estatus a quien la porta.
Podría extenderme mucho aquí pero no pretendo hacer un libro. Sin embargo, no dejaré de fuera el tema de las redes sociales, que se presentan más actuales a la par del desarrollo tecnológico. En el maravilloso como desconcertante mundo del internet habitan entes que se agrupan en torno a una figura llamativa, llamada “influencer” quien posee un brillo especial, un talento especial, y merece todos los likes, vistas y suscripciones del mundo. Estos parámetros definen su importancia social; cantidad de vistas, de seguidores y de suscriptores.
Hoy, en pleno siglo XXI, la aspidistra no ha muerto: ha mutado. Ya no vive en macetas, sino en membresías de tiendas de conveniencia, en teléfonos de alta gama, en marcas de prestigio que sean visibles a todos, en perfiles digitales, suscripciones premium y discursos de éxito que se repiten como mantras. En fin, quizá aquello que poseemos nos ha poseído primero. Que la aspidistra actual no nos impida ver el bosque entero.
Artículo publicado el 19 de abril de 2026 en la edición número 23 del suplemento cultural Barco de Papel.



