Sobre ‘La noche de las reinas’, de Vicente Alfonso

Sobre ‘La noche de las reinas’, de Vicente Alfonso

A veces un escritor recrea todo un mundo desde una hoja de un árbol desconocido. A veces otro necesita investigar a fondo la hoja, compararla con las de diversos árboles, buscar la historia de la humanidad y ver de qué maneras es importante para la sociedad actual. Ambos son dos acercamientos a un mismo fenómeno: ingresar en la nueva novela del sinaloense honorario Vicente Alfonso (1977), La noche de las reinas, es hacerlo hacia un Mazatlán, y en su cultura, que ya no existen más que en los documentos y en los testimonios, aquellos que son rescatados por este escritor.

En la década de los setenta Mazatlán parece haber sido una tierra desconocida y peligrosa, aunque llena de cervezas Pacífico frente al océano, extranjeros en trajes de baño, y muchas aventuras de borrachera. Un paraíso para los extranjeros. En una canción de la banda punk Dos minutos una voz comenta: “el bar es la última oferta de la eternidad. La última oferta que queda de la libertad. El peligro de que pierdas a tu novia, a que te enojes con tu amigo, a que aparezcan personas desconocidas.

Yo creo que el bar es, sobre todo, no digo la selva, pero por lo menos es el bosque que le queda a la ciudad”; y un poco, Mazatlán en los setentas me recuerda a esa descripción de la canción “Moscas en el bar”. Basten dos anécdotas para ilustrar tal hecho: la primera es que Oscar Zeta Acosta, luchador social chicano americano, que viajó junto al periodista gonzo Hunter S. Thompson hacia Las Vegas con un maletín lleno de drogas para bajar, para subir, para brincar y para llorar, desapareció en sus avenidas de palmeras, después de realizar una llamada a Estados Unidos a través de una cabina telefónica, en el año de 1974. Zeta Acosta sonaba nervioso y alterado en la llamada, lo básico para un hombre adicto a las anfetaminas y al LSD; le dijo a su hijo que había muchas drogas y que “estaba a punto de subir a un barco lleno de nieve blanca”.

Lo que siguió fue el silencio durante meses y años, la falta de un cuerpo. “Muy extraño para vivir, muy raro para morir”, fue el epitafio de Thompson. El segundo dato llegó cuando estaba mirando el documental Abducida en plena vista (2017), justo ese mismo año, la niña Jan Broberg fue secuestrada por el pederasta Roberto Berchtod, engañando y manipulando a sus padres, y silenciando a Jan bajo el argumento de que si le contaba sus miedos a sus padres los extraterrestres los matarían. Luego, la sacó del país. ¿A dónde se la llevó? Al lugar donde rompen las olas.

La novela de Vicente Alfonso arranca con una premisa: durante el cierre de un certamen de Miss Universo acaecido ficticiamente en el puerto una mujer llamada Irene Aguilar atentó, con balazos, contra el gobernador Román Higareda, uno de estos empresarios que llegan al poder y se permiten aquellas excentricidades que las personas de a pie no pueden: atender los negocios del estado desde su alberca al tiempo que siempre es seguido por un grupo de músicos, quienes amenizan su vida, al mismo tiempo que cargan armas para protegerlo. En el crimen se ven envueltos la modelo de Sudáfrica Melina Farmer, y Jacinto Garay, un intelectual orgánico que quiere escribir un gran libro de crónicas sobre Mazatlán.

Para Vicente Alfonso, Mazatlán es un pretexto para hablar de hechos históricos recogidos por la prensa nacional e internacional, tanto en una escala de conflictos tanto globales como el apartheid de Sudáfrica, la conquista por parte del gobierno de los intelectuales mexicanos (las relaciones de Paz y otros escritores con el gobierno en turno), y las revueltas estudiantiles de grupos insurgentes en el estado de Sinaloa, a los que se les conoció como Los Enfermos, quienes planearon un acto violento para tomar las instituciones al que se llamó El Asalto al Cielo.

Lo que sin embargo hace singular al acercamiento de Vicente Alfonso a estos hechos no es su transcripción textual sino el cómo rodean a un momento ficticio, los ojos del mundo puestos en Mazatlán, en que el poder no puede accionar sus mecanismos de control tradicionales; un poco al revés de la película Madeinusa, en la que cuando inicia la semana santa y crucifican a Cristo durante ese fin de semana nadie los está viendo y pueden hacer lo que quieran. Este es un periodo de auto represión política, en que el gobernador tiene las manos atadas para atacar a los manifestantes. Esto lleva al lector a preguntarse, inevitable, ¿tal hecho insólito podría pasar en nuestra época llena de celulares, memes y podcasters documentando las atrocidades?

La novela de Alfonso, como producto de una investigación casi periodística, da una respuesta concreta: sí, pero ya sea en el pasado o en el presente una vez que pasa la pausa regresamos a las catástrofes cotidianas. Cimentar una historia en un ‘qué tal si’ implica no sólo un gran esfuerzo de la imaginación, si no también posicionamiento político claro y concreto para analizar, desentrañar y relacionar los elementos de aquel mundo con los elementos que nos contamos sobre el pasado. En palabras más sencillas: inventar un pasado requiere conocerlo y no dejarnos engañar por el recuerdo o la nostalgia.

Artículo publicado el 15 de febrero de 2026 en la edición número 21 del suplemento cultural Barco de Papel del semanario Ríodoce.

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