La vida inconclusa de Álvaro Rendón

La vida inconclusa de Álvaro Rendón

Álvaro Rendón era un hombre tan frágil que dormía con la luz prendida. De repente la soledad y la noche juntas le producían pánico. Solía levantarse a las 11 o 12 de la noche, sobresaltado de nada, para buscar a alguien con quien platicar. Por eso quienes jalaron los gatillos la noche del domingo 24 de abril ni supieron a quien mataron. No lo saben todavía.

El Feroz había estado las últimas horas de su vida en una casa de campo de su gran amigo César López Cuadras, el escritor nacido en Surutato.

Ese día había bautizo en Aguapepito, un caserío del que solo sobreviven tres o cuatro tejabanes rústicos justo al pie del cerro Carricitos, el más grande que se aprecia a decenas de kilómetros a la redonda, en las inmediaciones de Guamúchil.

Se habían dado cita ex alumnos de Álvaro en la Escuela de Filosofía y Letras y algunos amigos de él y del escritor. La mayoría llegó al mediodía y se retiró pardeando la tarde. Algunos regresaron a Los Mochis, de donde habían llegado, y otros a Culiacán. El autor de La Novela Inconclusa de Bernardino Casablanca, agobiado por una embolia que lo afectó desde junio del año pasado, regresó temprano con sus dos hijas a Guamúchil, donde tiene su casa.

La bola se achicó y todos se trasladaron a otra casita, propiedad de Humberto López Cuadras, hermano del escritor, y abuelo del bautizado, quien era acompañado de su esposa y sus hijos.

Allí, en el patio de la casa, comieron barbacoa de borrego y charlaron hasta que terminaron Humberto y el Feroz hablando de beisbol y riéndose de ellos mismos, como solían hacerlo en las interminables tertulias en las que coincidían con frecuencia.

Álvaro había llegado a Aguapepito con un Six de XX-Lager, luego se echó unos tequilas y terminó con tecates light. Eran las once y media de la noche a más tardar cuando el Feroz dijo “ya me voy”.

“Le insistimos mucho para que se quedara —cuenta Humberto—, pero no quiso. “Le dijimos que era peligroso que se fuera en ese momento, pero ni así”.

“Estas son las mías —respondió Álvaro, oriundo de Los Mochis, Cañero hasta la muerte—es mi carretera, la conozco como la palma de mi mano”, presumió.

Cuenta Humberto que le acomodó el carro, un Jetta gris de vidrios claros, para que no batallara al salir. “Se lo dejé listo, le subí tres botes de cerveza para que no se durmiera en el camino y se despidió”.

 

***

 

La procuraduría de justicia no ha reconstruido todavía la forma en que fue asesinado el maestro de literatura, y de las periciales levantadas no asoman muchos datos. Los asesinos detectaron en la penumbra un auto para ellos “sospechoso”. La zona es controlada por el Cártel de Sinaloa y sus gatilleros tienen desde la capital hasta Guamúchil puntos de vigilancia que les permiten detectar incursiones de los grupos contrarios. Sobre todo, en la noche la vigilancia se incrementa. Oscurece y el sistema de “halcones” —utilizado por todos los cárteles en todo el país—, se activa. Cualquier movimiento que les parece sospechoso es reportado. Los “halcones” están en las gasolineras, tiendas, taxis, negocios de comida, y hasta en puestos ambulantes. Los mismos policías hacen ese trabajo con regularidad.

El Feroz tardó cinco minutos en llegar a Caitime, rumbo a Culiacán, donde los narcos tienen ojos y oídos. Un kilómetro más adelante le dieron alcance. Se desconoce si le marcaron el alto o desde el primer momento iniciaron el ataque, lo cierto es que el Jetta tiene impactos en la parte trasera que se observan de manera recta. Otros balazos se incrustaron en el lado derecho.

El vehículo apareció en un camino que baja de la carretera en el kilómetro 80, rumbo al poniente. Alguien, se supone, tomó el volante para ocultar el auto y el hecho, por lo menos durante la noche.

 

EL FEROZ.

 

De acuerdo a las diligencias periciales que obran en la averiguación previa que inició la procuraduría de justicia, las cuatro llantas del carro en que viajaba el Feroz estaban ponchadas, se encontraron esquirlas en el asiento del piloto, el auto presentó impactos en la cajuela, en el guardafango derecho y en la puerta derecha. Los cristales de las cuatro puertas estaban quebrados y tiene impactos de entrada en el cristal trasero con orificios de salida en el cristal delantero.

La causa de la muerte, según el dictamen médico-forense, fue traumatismo cráneo encefálico producido por proyectil de arma de fuego. El cuerpo presentó impactos en la espalda y en la cabeza. Ocho lesiones en total. El cuerpo quedó entre los dos asientos delanteros, recostado sobre su lado derecho.

No se recogieron, en el lugar del hallazgo, cascajos de ningún calibre.

 

***

 

El asesinato del Feroz provocó una mezcla de espanto y coraje, tristeza, impotencia, desconcierto. ¿Cómo puede un hombre como Álvaro Rendón Moreno morir así? Luchador social forjado en las gestas universitarias de los años sesenta en la ciudad de México y en los setentas contra el armientismo en la UAS, lector voraz, culto, guía de corazón de cientos de jóvenes que albergó en sus aulas deseosos de conocer libros, leerlos, criticarlos, gozarlos, al Feroz se le hubiera inventado cualquier muerte, pero no esta.

“Un día te va a atropellar un camión por andar leyendo mientras caminas”, le decían. Cañero por mochitense, reclamaba a los culichis por adopción que se hubieran convertido a la causa tomatera:

“En esta vida se puede cambiar de ciudad, de país, de profesión, de oficio, de pareja… ¡pero no se vale cambiar de equipo, cabrones!”.

Ya muerto, hubo quien lo describió como alguien que había sido no de carne y hueso, sino de letras y palabras.

Lo que menos se buscaba en los dos días que precedieron a su entierro era a los culpables. La responsabilidad del crimen estaba ahí, clarita, en el ser humano y su bestialidad agazapada, en la ignorancia, en el crimen organizado, en la esquizofrenia de los sicarios, en la impunidad, en la ausencia total de Gobierno, en el miedo social a protestar, en esta violencia demente que devora todo a su paso de dragón.

 

***

 

 

Humberto López Cuadras se enteró de que habían matado al Feroz al mediodía del lunes. Ya el personal de la procuraduría de justicia había levantado el cuerpo. Alguien había dado aviso de que un auto se encontraba a la orilla de un cerco por un estrecho camino que mira hacia el poniente saliendo de la carretera México 15 a la altura del kilómetro 80. Como el camino baja, el Jetta podía verse desde la carretera.

Pensó en su hermano. No podían darle la noticia de golpe por su delicado estado de salud, así que le mintió. Le dijo que Álvaro Rendón se había accidentado rumbo a Altata y que lo reportaban grave. Así lo dejó unas horas, mientras digería la mala nueva. Después le dijo que parecía “que no la iba a librar”, pero horas más tarde decidió decirle que finalmente había fallecido. El autor de La novela inconclusa de Bernardino Casablanca se hundió en sí mismo. Fue hasta el día siguiente cuando Humberto le confesó que al Feroz lo habían acribillado la noche que salió de su casa, cinco minutos después, un kilómetro y medio adelantito de Caitime.

 

Texto publicado originalmente en la edición 431 del semanario Ríodoce del 1 de mayo de 2011 y publicado por segunda ocasión el 19 de octubre de 2025 en el suplemento cultural Barco de Papel.

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