La muerte del poeta Pablo Neruda causó conmoción en el mundo. Ocurrió el 23 de septiembre, doce días después de que Augusto Pinochet, con el apoyo del gobierno norteamericano, asestó su manotazo a la democracia chilena con un golpe de estado, destronando al presidente socialista Salvador Allende y sumiendo a Chile en una de sus noches más largas y oscuras.
Padecía de cáncer de próstata y fue internado en un hospital de Santiago días después del golpe militar de 1973. Al morir, tanto el Partido Comunista Chileno como familiares del poeta aseguraron que había sido envenenado.
Su cuerpo fue exhumado 40 años después, en abril de 2013 y sus restos sometidos a estudios científicos por un grupo conformado por forenses chilenos, norteamericanos y españoles. Siete meses después informaron que no se encontraron elementos para afirmar que había sido envenenado y el juez declaró su muerte como producto de cáncer de próstata metastásico.
Pero las dudas persisten y, aunque el caso haya sido cerrado, muchos chilenos aseguran que Neruda fue, como el cantautor popular, Víctor Jara, también víctima de la dictadura chilena.
Sus restos permanecen en su casa-museo de Isla Negra, junto a los de su esposa, Matilde Urrutia, a donde miles de visitantes acuden para recitar sus poemas mirando el mar.
Los últimos versos de Víctor Jara
Víctor Jara, el cantor del pueblo chileno, una de las figuras emblemáticas de aquellos años, fue asesinado cinco días después del golpe militar, el 16 de septiembre, en el Estadio Chile que ahora lleva por nombre Estadio Víctor Jara.
Fue detenido y encerrado con cinco mil chilenos más en el estadio que antes había servido de escenario de sus conciertos. Fue torturado brutalmente y su final estuvo a manos de un militar de rango que para divertirse jugó con Jara a la ruleta rusa hasta que le salió el disparo en la sien. Luego ordenó a soldados a su mando que dispararan al cuerpo desfalleciente del cantante. 44 impactos quedaron tatuados en el cuerpo de Jara y en la memoria de los chilenos.
Pero antes de morir Víctor Jara escribió sus últimos versos, algo que pudo haber sido pensado no como un poema, sino como una canción, cuyas letras pasaron de mano en mano entre sus compañeros presos tratando de evitar que fueran destruidas por los militares. Se hicieron copias a mano, algunas fueron descubiertas y quemadas, pero una de ellas se salvó por gracia del abogado Boris Navia, preso también junto con Jara y que logró sobrevivir. El poema fue publicado años después bajo el título Somos cinco mil.
Somos cinco mil
Somos cinco mil aquí,
en esta pequeña parte de la ciudad.
Somos cinco mil.
¿Cuántos somos en total en las ciudades y en todo el país?
Somos aquí diez mil manos
que siembran y hacen andar las fábricas.
¡Cuánta humanidad
con hambre, frío, pánico, dolor,
presión moral, terror, locura!
Seis de los nuestros se perdieron
en el espacio de las estrellas.
Un muerto, uno golpeado como jamás creí
se podría golpear a un ser humano.
Los otros cuatro quisieron quitarse todos los temores,
uno saltando al vacío,
otro golpeándose la cabeza contra el muro,
pero todos con la mirada fija en la muerte.
¡Qué espanto causa el rostro del fascismo!
Llevan a cabo sus planes con precisión artera
sin importarles nada.
La sangre para ellos son medallas.
La matanza es acto de heroísmo.
¿Es éste el mundo que creaste, Dios mío?
¿Para esto tus siete días de asombro y de trabajo?
En estas cuatro murallas sólo existe
un número que no progresa,
que lentamente querrá más la muerte.
Pero de pronto me golpea la conciencia
y veo esta marea sin latido
y veo el pulso de las máquinas
y los militares mostrando su rostro de matrona
lleno de dulzura.
¿Y México, Cuba y el mundo?
¡Que griten esta ignominia!
Somos diez mil manos menos que no producen.
¿Cuántos somos en toda la patria?
La sangre del compañero Presidente
golpea más fuerte que bombas y metrallas.
Así golpeará nuestro puño nuevamente.
Canto, qué mal me sales
cuando tengo que cantar espanto.
Espanto como el que vivo,
como el que muero, espanto
de verme entre tantos y tantos
momentos de infinito
en que el silencio y el grito
son las metas de este canto.
Lo que nunca vi,
lo que he sentido y lo que siento
hará brotar el momento…
Artículo publicado el 21 de agosto de 2025 en la edición 16 del suplemento cultural Barco de Papel.



