5 mil veladoras por los desaparecidos

5 mil veladoras por los desaparecidos

A un año de la guerra del Cártel de Sinaloa, familiares gritan por sus desaparecidos en el Palacio de Gobierno

Un año después, tras un año de guerra, su hermana estaría sosteniendo su fotografía: “¿Dónde está Chema?”, preguntaba el cartel. El rostro de José María Reyes Cervantes se exponía junto a otros más en la explanada del Palacio de Gobierno en Culiacán, esa tarde, se cumplía un año de la guerra y 5 mil veladoras se encendieron por los desaparecidos.

Mientras los símbolos patrios ya decoraban las paredes del Palacio y el escenario se preparaba para dar el Grito de Independencia. Las madres se adelantaron, gritaron, sí, pero el nombre de sus hijos.

Al día siguiente, Feliciano Castro Meléndrez, secretario general de Gobierno, anunciaría que las voces de Miguel Bosé, Marisela y El Coyote amenizarían la (in)esperada fiesta mexicana. Mientras tanto, cajas y cajas de veladoras se acumulaban en una esquina; vela por vela, fueron llenando la explanada. Había de todos los tamaños: chiquitas, grandes, algunas inscritas con el nombre de aquellos de los que todavía no se sabe nada.

A Chema lo levantaron la primera noche del 9 de septiembre de 2024, el mismo día que inició el infierno en Culiacán, en la colonia Santa Fe. El grupo armado que lo paró, le advirtió que se lo llevarían, no querían que nadie estuviera afuera de sus casas ese día.

Mientras esto ocurría, un amigo con el que hablaba por teléfono escuchó todo. Él tenía 21 años y era chofer de plataforma. A los días, sus propios amigos encontraron el carro y todas sus pertenencias en la sindicatura de La Presita. De Chema ya no se supo nada.
“Yo les di información, les di el número de teléfono de mi hermano, sonaba en varias ocasiones. Fui a la Fiscalía y les di esa información de que todavía sonaba el teléfono y no, no me dieron ningún apoyo. Hasta ahorita no sé nada de mi hermano. Sentí como que estuviera pidiéndole a una pared que me apoyara y no tuve ninguna respuesta”.

Vela tras vela

Su mamá camina seis pasos. Uno, dos, tres… seis. Se agacha y coloca una veladora. Uno, dos, tres… seis. Otra y otra. Luis Héctor Carreras Espinoza prefería decirle “Gorda” en lugar de mamá. “Gorda, no te preocupes, yo me voy a quedar. Hasta mañana vengo”, le escribió por última vez antes de desaparecer.

Luis desapareció en el camino de Angostura a Culiacán junto a otros dos amigos, Orlando Castro y Alfredo Gastélum, durante la madrugada del 26 de enero de 2025, después de salir de una fiesta en el poblado Colonia Ensenada. “Los tres mosqueteros”, explica su mamá, siempre andaban juntos, eran fiesteros, les gustaba andar de pueblo en pueblo, pisteando y bailando. Eso sí, resalta, sin deberle nada a nadie.

Luis es mecánico de oficio. “Es”, en tiempo presente, porque su mamá tiene la esperanza de que aún está vivo y se lo van a regresar. Él desapareció un domingo y, el martes, su “Gorda” llegó por primera vez a la Fiscalía para poner su denuncia. Ahí, dos señores ya mayores esperaban su turno: a sus hijos se los habían levantado en su propia casa y, de pilón, los amenazaron.

“Simplemente no sé qué está pasando. Porque realmente la autoridad no más te dice, ‘te voy a hablar y te voy a hablar’ y nunca llega esa llamada. Tú tienes que ir a buscarlos (…) es bien desgastante el estar yendo a aquellos lugares y te vienes peor que como llegaste: desilusionada. Viendo que nada más están llenando las sillas y no hacen nada”, expresó

Desde entonces no sabe nada. La Fiscalía no ha entregado ni pistas ni evidencias y al policía de investigación ya se lo cambiaron dos veces; lo que conocen es por voces: el primo del amigo dijo que en tal rancho los habían levantado, y el amigo del amigo comentó que los tienen trabajando. Todo incierto.

Uno, dos, tres… seis. Enciende una veladora. Para ella, las miles de flamas no producen esperanza; es, más bien, una “destrucción total”. Pasa el tiempo y la silla donde se sentaba Luis a comer sigue vacía. “No entiendes por qué el gobierno te deja solo, porque hasta Dios… hasta Dios sientes que se voltea para otro lado”.

“(…) Yo en las marchas, yo me dedico a llorar porque yo no puedo alzar la voz (…) no me hago a la idea. Es horrendo. Vas a una marcha y la gente te ve y nada más te ve en apariencia. Pero si ellos supieran realmente lo que uno siente, que llegas a tu casa y llegas peor, más destruida, porque tú dices: ‘yo, ¿qué hago aquí?’”.

Rogándole a Dios

Tres carros y una bola de encapuchados llegaron por Édgar Alejandro Rangel Macías hace un año y siete meses. Rápido le avisaron a su mamá, llegó y Édgar ya no estaba; desde entonces comenzó su infierno. En sus sueños más recientes se lo entregaban en una caja, enterito, pero muerto. Ahí lo veló, sola en una funeraria.

La tarde del 24 de febrero de 2024, Édgar estaba puliendo un carro cuando se lo llevaron. Su mamá se arrepiente, tardó un mes en poner la denuncia, por miedo más que por otra cosa. En Fiscalía le tomaron los datos y entregó el celular que Édgar logró lanzar al techo de una casa antes de que se lo llevaran.

“Lo recuperamos nosotros y yo di el teléfono a la Fiscalía, nada sacaron y me dio mucho coraje cuando tuvimos revisión. Me hablan para pedirme la clave. Digo, oye, pues, ¿cómo?, les dije yo: ¿para qué les di el teléfono? si yo hubiera tenido la clave, hubiera sacado todo, hubiera visto que, por qué, quién era, quién le marcó, quién así”.

Desde entonces no saben nada. Cuando cumplió dos meses de desaparecido, volvió a soñar con él. Entró a su casa sonriente, lo sintió tan real… Abrió los ojos y solo fue un sueño. Las lágrimas volvieron a salir.

Sentir el dolor

La crisis ha traído consigo la atención de medios extranjeros y nacionales. Ya es común ver a los pequeños, pero intimidantes, grupos de cámaras acompañando las protestas o situados detrás de las cintas amarillas, grabando los cuerpos abandonados en las colonias o encaramados en los convoyes militares; todo depende del enfoque y sus agendas.

En medio del grito por los desaparecidos y con el tenue calor de las velas esparcidas por la explanada, una madre se rompe: llora, grita y se lamenta. Un camarógrafo nacional la graba, enciende su lámpara para documentarla mejor. Ella continúa en su llanto.

“¿Cómo se graba el dolor?”, preguntó alguna vez a uno de sus maestros de universidad. “Pues en blanco y negro, tú haz tu trabajo”, le contestó.

“Pero a veces, híjole, ves a las madres, y dices, híjole, qué fuerte eso porque cuando se muere un hijo pues le lloras y sabes dónde está, pero imagínate esa incertidumbre de no saber si vive, si no vive, si lo están torturando. Yo creo que es un dolor constante”.

A él le llegó el lado humano. Ella lo miró de una forma que solo él entendió; bajó su cámara, la abrazó y lo envolvió en sus brazos durante varios segundos. Poco a poco, las velas se fueron apagando. Poco a poco, los desaparecidos fueron aumentando.

Números encontrados

La trayectoria de la guerra dejó en un año 2 mil 800 desaparecidos en Sinaloa, de acuerdo a los colectivos de búsqueda instalados en el estado desde hace algunos años. Mientras tanto, las cifras del Consejo Estatal de Seguridad Pública (CESP) dan cuenta de mil 907 desaparecidos.

 

LUZ POR LOS DESAPARECIDOS. En medio de las sombras.

 

Artículo publicado el 14 de septiembre de 2025 en la edición 1181 del semanario Ríodoce.

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