Octavio Paz, al centro y al margen

Octavio Paz, al centro y al margen

Hay diálogos que elegimos tener y diálogos que nos afrontan sin haberlos elegido. Los primeros pueden ser las pláticas con amigos o nuestra pareja, los segundos son como las peleas entre extraños en la calle; aunque sea con silencio, somos un lado de este intercambio. Igualmente, hay escritores que uno elige leer y otros quienes se han diluido tanto en el aire de una época que es inevitable respirarlos. En la actualidad, los lectores se inclinan por Octavio Paz como uno de los segundos.

Lea: Octavio Paz: una poética de la modernidad

Paz fue un ciclón: quien se acercaba a su orilla —ya fuese para honrarle tributo o para negárselo— terminaba gravitando a su alrededor. El propio Paz lo dijo así en El arco y la lira: “El poeta no escapa a la historia, incluso cuando la niega o la ignora”. Su sentencia se lee hoy con ironía.

Rubén Medina, en su libro Autor, autoridad y autorización, publicado por El Colegio de México, hace un mapa de esta gravitación. “Un texto anónimo que se lee en la calle sobre un muro tendrá un redactor, pero no tendrá un autor. De hecho, todos los discursos provistos de la función autor implican pluralidad de ego”. Medina usa estas palabras de Foucault para abrir el libro y nos plantea que el autor es un principio que unifica discurso: clasifica, jerarquiza, legítima. Y Paz cumplió esa función como si fuera una nación con su propio himno, fronteras, ciudadanos y exiliados.

El tiempo y la geografía condicionan quien pone a Paz al centro o al margen. Para un joven mexicano de los años sesenta o setenta, Paz era la catedral capitalina, parafraseando a José Joaquín Blanco: una figura ante la que sólo queda “penetrar y rezar devotamente”. Para un escritor latinoamericano de otra latitud, podía ser referencia ineludible o ruido de fondo. Para quienes vienen después, en este siglo, su figura se ha distanciado.

“Como escritor, mi deber es preservar mi marginalidad frente al Estado, los partidos, las ideologías y la sociedad misma”, declaró Paz en El ogro filantrópico. En sus letras nos recomienda alejarnos de su figura de obelisco y asta bandera. El tiempo le ha dado razón; en el juego de la tradición literaria, Paz ha cambiado de pieza y lugar en el tablero.

El mismo Nobel de Literatura fue objeto de su propia revisión. Como ejemplo, Medina toma las versiones de 1949, 1960 y 1968 del poema “Niña” con los versos:

Nombras el cielo, niña.

Y el cielo azul, la nube blanca,

la luz de la mañana,

se meten en el pecho

hasta volverlo cielo y transparencia.

Y en las ediciones posteriores de Libertad bajo palabra, también incluido en Poemas (1935-1975), se lee lo siguiente:

Nombras el cielo, niña.

Y las nubes pelean con el viento

y el espacio se vuelve

un transparente campo de batalla.

En la segunda versión, elimina emotividad, tal vez incluso un cierto tono cursi. Por un lado se ve el esfuerzo hacia la polisemia, la universalidad y por una mejor sonoridad, pero se cambia el sentido posible. De las palabras de la niña entrando al pecho del padre se pasa al padre reflexionando sobre las palabras de su hija y dándole una conclusión bélica. Así, el poeta quiso alejarse de su pasado y presentar un cambio de valores con el tiempo.

Paz construye su imagen mediante la revisión de su propio devenir, corrige sus propios textos para reconstruir su biografía. Más allá del perfeccionismo, parece buscar una continuidad que tal vez no hubo en un principio. Ya es un comentario común decir que las primeras versiones de los poemas de Paz son mejores que las segundas. Claro que depende de preferencias y gustos, sin embargo, una lección que nos deja este revisionismo es que el esfuerzo de modificar el pasado nunca es suficiente.

Aquí es donde su concepto de la “tradición de la ruptura” se vuelve una pregunta devuelta hacia él. Paz argumentó que la modernidad consiste en institucionalizar la crítica, en convertir el cuestionamiento en el único canon posible. Pero en su propia escritura hizo lo contrario: intentó suavizar las rupturas, resanar grietas, presentar una figura más coherente de lo que fue en realidad. Quiso ser el arquitecto que derrumba y reconstruye desde el escombro.

¿Se deben cortar los árboles del pasado para ampliar las avenidas? ¿Rodeamos? ¿Limpiamos los grafitis? ¿Damos un espacio institucional y controlado para el grafiti? ¿Fingimos que no pasa nada? Los arquitectos Anne Lacaton y Jean-Philippe Vassal tienen una respuesta distinta al problema del edificio que ya existe: no derrumbar nada, construir alrededor de lo que hay. Es más honesto y, casi siempre, más habitable. Creo que esa es también la lección que Paz nos deja desde el error de su propio revisionismo: es mejor construir empezando por los errores, no borrarlos.

¿Entonces, queda elegir un nuevo centro del cual construir? Quizás la pregunta está mal planteada. Un nuevo centro reproduce el mismo problema: alguien que clasifica, jerarquiza, legítima.

Lo que sí se puede elegir es leer de otra manera, sin devoción ni rechazo, dialogar. Sacarlo del altar no significa tirarlo a los márgenes. Y de igual manera, no por responder al eco del grito nos ponemos en la periferia.

Como a la afrenta de un extraño en la calle, el silencio también es una respuesta. Pero creo, seguimos buscando otras maneras de manejar este intercambio.

Artículo publicado el 24 de mayo de 2026 en la edición 24 del suplemento cultural Barco de Papel del semanario Ríodoce.

Lee más sobre:

Últimas noticias

Scroll al inicio

2021 © RIODOCE
Todos los derechos Reservados.