Ya no puedo más aquí: Ana Alicia no alcanzó a escapar de este infierno

Ya no puedo más aquí: Ana Alicia no alcanzó a escapar de este infierno

Ana Alicia no planeaba quedarse, su papá le había ofrecido una esperanza, en Monterrey y ella estaba esperando el momento para irse.

“Me decía: ‘mamá, ya no quiero seguir aquí, ya no aguanto… yo salgo muy noche y tengo mucho miedo’. Me dijo que iba a esperar a que el casino cerrara o que le dijeran que ya no tenía trabajo, a ver si la liquidaban con algo o le daban algo de utilidades, ella pensando en ya definitivamente… ella tenía intenciones de irse”, cuenta Alicia, su madre.

No alcanzó.

Murió el 4 de mayo, atrapada dentro del casino incendiado en el sector Tres Ríos. Tenía tres hijos: una joven de 18 años, un adolescente de 14 y un niño de 10. En sus últimos minutos, según sus compañeras, gritaba lo que la sostenía:

“Mis hijos, tengo que salir porque mis hijos están solos, me necesitan”, fue el testimonio de una de sus compañeras de trabajo durante los servicios funerarios celebrados un día después.

El casino no estaba abierto al público. Había sido atacado a balazos apenas unos días antes, el 28 de abril, en un episodio que no dejó detenidos y que se suma a la plaga de agresiones a comercios de diversos giros y residencias particulares, en toda la ciudad.

Aun así, las trabajadoras estaban ahí.

Ella quería irse, lo venía arrastrando mientras caminaba por las calles vacías del centro de la ciudad tras una jornada nocturna, con el miedo a flor de piel.

En Sinaloa corren días en que las notas principales se debaten entre la masacre de cuatro mujeres en el Mercadito del centro de Culiacán, y la separación del Gobernador de su cargo, tras ser acusado por nexos con el narcotráfico por el gobierno de los Estados Unidos.

“Me mandaba fotos para mostrarme lo solas que estaban las calles cuando salía y me decía que tenía miedo, pero la necesidad la obligaba a ir a trabajar…”, dice su madre, antes de reproducir un audio guardado en el chat de WhatsApp que compartía con su hija, una conversación siempre continua que se cortó de golpe el lunes por la tarde. Sin ceremonias, sin despedidas.

La voz de Ana, cansada, quebrada, se escucha desde el teléfono:

“Yo ahorita tengo, má, pero no me va a alcanzar, porque tengo que pagar mantenimiento de ahí de la casa. Me voy a esperar hasta que me digan que ya no hay trabajo aquí en el casino, y hasta entonces ya me voy a ir a Monterrey. Ya no pienso lucharle aquí, es demasiado, me estoy consumiendo, me estoy enfermando. No, no, no… ya no puedo más yo aquí”

En el trabajo, la obligación se imponía. Ana no podía dejar de ir. Tenía tres hijos.

“Por fuentes de sus mismas compañeras dicen que ellas tenían que ir, sí o sí, no estaba abierto el casino para el público pero las querían ahí, y pues por la necesidad de llevar el sustento a sus casas”, dice su hermana.

“Es una mujer muy inteligente, agarraba sus buenos trabajos, ella trabajó en El Debate un tiempo, entonces te digo, tuvo muy buenos empleos por su inteligencia, sus conocimientos”, añade.

“Mi hijo la llamaba su segunda mamá, porque cuando yo lo tuve a él, ella me ayudaba mucho a cuidarlo para que yo pudiera trabajar y sacarlo adelante”.

El día que murió, estaba contenta.

“Una compañera que vino anoche dice que el día que pasó el incidente andaba ella tan feliz, bailando y haciendo aeróbics, hasta les dijo que les iba a cobrar 10 pesos por clase”, agrega su madre.

Así la recuerdan.

“La queríamos tanto señora, es bien linda, muy transparente y sincera, en muy pocos días se ganó nuestro amor… ellos a veces la llevaban a su casa cuando se hacía muy noche porque los turnos son rotativos”.

Los profundos ojos verdes de Alicia, están enrojecidos por el llanto y un dolor para el que ella asegura no hay palabras. Pero al hablar de los compañeros de Ana Silvia, brillan discretamente y se le dibuja una leve sonrisa.

“La querían mucho, ha venido muchísima gente a verla… yo no sabía que la gente la quería tanto. Fue una sorpresa muy grata ver tantísima gente que vino, y que llenó la sala, y que se expresan tan bonito de ella”.

Su hermana intenta nombrar lo que se rompe:

“Soy tres años mayor que ella… y para mí ella era mi persona, era mi todo, mi todo… era mi única hermana, mi desahogo, mi psicóloga y consejera”.

Las palabras se le cortan, deja de hablar. Su hermana murió en un incendio, en el centro mismo de este infierno del que quería escapar, en un trabajo al que ya no quería ir por que tenía miedo, obligada a quedarse en una ciudad que quería abandonar, porque ya no alcanzó a irse.

“Ya no puedo más yo aquí”, dijo.

Y se quedó.

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