Un Judas fue quemado: Donald Trump

Un Judas fue quemado: Donald Trump

Un pequeño burrito, bañado en sudor y cerveza, carga con el peso de Donald Trump en su lomo. Los hombres lo empujan y el burro se resiste a caminar. “¡Camínale, cabrón!”, le gritan. No patalea ni rebuzna; solo decide pararse, tomar aire y continuar.

“¡Pinche burro, no se mueve!“, alegan desde otro lado. Donald Trump tampoco chista: lo agarran de los brazos, le giran la cabeza, le pican las costillas y otras partes más sagradas. Los hombres se burlan de él, lo traen como trapo, de arriba para abajo, encaminándolo hacia su muerte. Es la quema de Judas en San Francisco de Tacuichamona.

Evidentemente, Trump no tiene entrañas, es simple paja contenida en botas vaqueras y ropa vieja. Es Semana Santa y la tradición dicta pasear al Judas por el centro de la comunidad. Tacuichamona es el único pueblo en Sinaloa que posee una calle circular. Esta forma no es accidental, sino que tiene una raíz ancestral. Para las culturas prehispánicas que habitaron la zona, el sol representaba la vida y la abundancia; por ello, la calle circular y sus callejones fueron diseñados como una representación simbólica del sol.

Durante el recorrido, botes y botes de cerveza se abren, la tambora toca y Trump, poco a poco, se despedaza en el camino; se le cae la cabeza y varias manos buscan regresarla a su frágil cuerpo. Al trote lo acompañan los fariseos: niños de la comunidad que se prepararon por meses para interpretar su papel litúrgico. Visten turbantes con la imagen de la Virgen de Guadalupe y portan sobre sus cabezas conos de múltiples colores, hechos de papel maché, acompañados de listones y espejos redondos. Corren en círculos, como cardúmenes. Brincan, gritan, bailan.

En el camino son interceptados por los diablos o chicoteros, quienes cargan con máscaras talladas a mano con madera extraída de la sierra; ellos mismos se encargan de pintarlas y dotarlas de rasgos únicos. Intimidan a los fariseos con sus chicotes para que aprehendan a Jesús de Nazaret. Durante meses, los fariseos se prepararon para el papel: subieron hasta la sierra para encontrar el árbol de camichín y extraer sus raíces, con el fin de fabricar unas largas lanzas. Con ayuda del sol, secaron la madera para tallarla y darle color. Estas lanzas son especiales —anotó Miguel Ángel Zúñiga, coordinador de las festividades—, ya que simbolizan el arma que, según las Escrituras, fue utilizada para traspasar el costado de Cristo durante la Pasión.

“Entonces, por eso en la punta de esa lanza tiene una figura, una espada, una daga o un cuchillo que representa esa lanza que traspasó el costado de Jesús y esa adornada con colores porque representa esa alegría de nuestra fiesta. Además, lleva figuritas que acuérdesen que Tacuichamona es un pueblo prehispánico y pues lleva cada una de las figuras petrograbados que encontramos aquí en Tacuichamona. Todo lleva ese sincretismo religioso antiguo al cristianismo de la colonia de nuestros tiempos”, detalló.

El templo del pueblo es pequeño; en su entrada principal se lee: “San Francisco de Asís”. Su arquitectura se compone de dos alas y un par de campanas. Por dentro, figuras sagradas se empotran en las paredes, eternizadas en yeso.

Al fondo, un Cristo crucificado: manos ensangrentadas y cabeza cabizbaja con una corona de espinas que punzan su frente. Ante él, un sacerdote ofrece la misa. Los más devotos se dedican a rezar, absorbidos por la fe; algunos incluso aún lo hacen en latín:
Christus factus est pronobis obediens / usque ad mortem, mortem autem crucis / respic-ecuasimidomine supere familiantua / procua dominus nostrum / christus dominatus y manibustad innocens / del inicrucisivire tormeeentum

El burrito apenas llega. Un hombre tiene piedad y le da agua con sus manos, él bebe y bebe. Trump tiene el tiempo contado. Toda la celebración comenzó desde el Miércoles de Tinieblas (Miércoles Santo) y culmina el sábado con la quema del Judas y la “tamboreada”. En el altar mayor se venera al “Cristo grande”, una imagen articulada que se utiliza de tres formas: como Nazareno en el Viacrucis, descolgado de la cruz (bajándole los brazos) para ser puesto en el sepulcro el Viernes Santo, y finalmente para representar la Ascensión.

“Cuentan nuestros mayores que pues el Viernes Santo era un silencio total, la gente se vestía de negro, toda la gente venía vestida de negro a las procesiones de la Marcha del Silencio.

Ya cuando se moría Jesús a las 3 de la tarde ya todo el mundo entraba en ese silencio, no se escuchaba ningún ruido, ninguna música, solamente a velar el santo grande que dicen ellos metidos en esa urna que conocemos nosotros como santo sepulcro y lo velan toda la noche hasta las 5 de la mañana de hoy para amanecer el sábado y cantar la gloria como se manejaba antiguamente”, relató.

Con los años la tradición fue tomando otro aspecto. La modernidad ha traído una forma de vivir la fe donde la gente aporta más alegría a las procesiones y actos. El acto de quemar al Judas simboliza “quemar el mal humor” para dar paso a la alegría de la fiesta. El equipo encargado de la elección busca que el personaje sea la “sorpresa de la fiesta”. Por esta razón, nadie en el pueblo sabe quién es el elegido hasta el momento en que sale a la calle para ser paseado en el burro.

“Así se ha permanecido durante todos estos años de generación en generación, el abuelo, el bisabuelo, el papá, los hijos y los nietos y así se conserva esta tradición”.

Trump llegó a su final. A un costado de la iglesia, los hombres sacan sus encendedores e intentan —arduamente— prenderle fuego. Las mujeres se dedican a darle patadas y una, por ahí, le restregó: “¿Por qué me quitaste la visa?”. La paja prende y Trump se reduce a cenizas. La tambora entona un nuevo son y la fiesta sigue.

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