Hablar de Las cuatro estaciones de Antonio Vivaldi es casi inevitable. Es una obra que ya no pertenece únicamente a las salas de concierto; vive en playlists, reels, aeropuertos, cafeterías y, por supuesto, en la memoria colectiva del público. El Invierno se vuelve viral cada cierto tiempo, el Verano acompaña montajes vertiginosos y el Otoño parece diseñado para cualquier tarde melancólica. Pero —y aquí empieza lo interesante— el calendario musical del mundo no se detiene en Vivaldi. Nunca lo ha hecho.
Quizá el problema no es que Vivaldi se escuche demasiado, sino que lo demás se escucha muy poco.
Otras estaciones, otros lenguajes
Pienso inmediatamente en las Quatre Saisons de Darius Milhaud, una obra que respira
otra modernidad: colores franceses, ironía tímbrica, una escritura que parece dialogar con el pasado sin quedarse atrapada en él. Son conciertos breves, transparentes, con esa claridad que Milhaud sabía construir casi sin esfuerzo aparente. Y sin embargo, rara vez aparecen en los programas. ¿Por qué algunas obras quedan congeladas en el repertorio y otras, igual de vivas, se pierden en los márgenes?
El viaje continúa hacia el sur del continente con las Cuatro estaciones porteñas de Astor Piazzolla. Aquí el año no gira en torno al campo veneciano, sino a la ciudad, al asfalto, al humo de Buenos Aires. El bandoneón respira como si fuera un personaje más. No hay paisajes bucólicos: hay pulsación urbana, síncopa, nostalgia. Piazzolla no describe estaciones; las habita. Y cuando uno escucha esos acordes suspendidos entiende que el tiempo también puede ser un gesto corporal, casi una manera de caminar.
Y luego está una obra reciente que merece más conversación de la que ha tenido: Las cuatro estaciones del amor de Natalia Lafourcade. Una partitura sincera, directa, sin la pretensión de competir con los grandes monumentos históricos. Su estreno con la Sinfónica de Veracruz mostró una voz compositiva distinta, quizá más cercana al lirismo íntimo que al virtuosismo espectacular. Personalmente —lo confieso sin reservas— me resulta una obra entrañable. Habla de una creadora que ha decidido explorar otros territorios sin abandonar su raíz. Talento, estudio y una sensibilidad que no teme mostrarse vulnerable.
Un calendario íntimo: Tchaikovsky y los meses del alma
Y si hablamos del paso del tiempo convertido en música, no puedo dejar fuera una obra que muchos conocimos simplemente como Las estaciones o Los meses: el ciclo pianístico Las estaciones, Op. 37a de Piotr Ilich Tchaikovsky. Aquí el año no se divide en cuatro grandes cuadros espectaculares, sino en doce pequeñas ventanas emocionales. Enero no es solo invierno; es una atmósfera. Junio no es verano; es una memoria suspendida.
Estas piezas nacieron como encargos mensuales para una revista rusa, y quizá por eso poseen una cercanía casi doméstica. No buscan deslumbrar con tormentas barrocas ni con despliegues sinfónicos; hablan en voz baja, como quien escribe un diario íntimo. A mí siempre me ha parecido fascinante esa otra manera de mirar el calendario: no desde el paisaje exterior, sino desde el pulso interior del compositor.
Tal vez no sea un ciclo grandilocuente como el de Vivaldi, pero su importancia radica precisamente ahí, en esa capacidad de traducir el año en estados de ánimo. Una estación puede ser un acorde sostenido, una danza ligera, una nostalgia que apenas se insinúa.
Antes de Vivaldi: estaciones en el barroco olvidado
Ahora bien, si miramos hacia atrás, descubrimos que el barroco también tuvo más de un calendario musical. Vivaldi no fue el único en escuchar el paso del año.
Uno de los nombres menos mencionados es Giovanni Antonio Guido, compositor italiano activo en Francia, cuya colección Le quattro stagioni (1726) propone una lectura orquestal de las estaciones con un lenguaje cercano al estilo francés. No alcanzó la fama de Vivaldi, pero demuestra que la idea del ciclo anual ya circulaba como una fascinación estética en la Europa barroca.
Otro caso curioso es el de Nicolas Chédeville, quien publicó obras pastorales inspiradas en el mundo rural y los cambios de estación —durante años atribuidas falsamente a Vivaldi— donde la musette y los timbres campestres recrean paisajes sonoros llenos de aire y naturaleza. Aquí el año no se narra con tormentas espectaculares, sino con gestos pastoriles, casi domésticos.
Y si ampliamos la mirada, encontramos compositores como Georg Philipp Telemann, que en sus oberturas y suites programáticas exploró fenómenos climáticos, tormentas y paisajes sonoros cercanos a la idea de estaciones. No siempre con títulos explícitos, pero sí con una sensibilidad descriptiva que el público barroco entendía perfectamente. Obras como la Donner-Ode o las páginas orquestales que evocan tempestades muestran cómo el clima se convertía en música.
Incluso la tradición barroca de la “tempestad” —esa fascinación por el viento, la lluvia y el caos— aparece en conciertos y sinfonías de autores como Giuseppe Torelli o en páginas francesas que anticipan la pintura sonora posterior. La estación no era solo una fecha; era un estado emocional.
Artículo publicado el 22 de marzo de 2026 en la edición número 22 del suplemento cultural Barco de Papel de Ríodoce.



