Nómadas del espectáculo: la desprotección de un gremio frente al control del narcotráfico

Nómadas del espectáculo: la desprotección de un gremio frente al control del narcotráfico

Antes del espectáculo, mientras los payasitos alistan sus narices rojas y los trapecistas se preparan para enredarse en los aires, llega la cabalgata de camionetas, una tras otra. Hombres empistolados descienden y establecen el diálogo; sus intenciones: cobrar piso o dar protección al circo de los “otros”. Los circenses se hacen chiquitos al ver tantas armas, tantos carros. Esto sucede tras bambalinas en varias localidades de México y en pueblos que, en apariencia, son tranquilos.

Esto no es nuevo, le ha sucedido unas 12 veces a lo largo de su carrera: “Llegan a presentarse, somos de la zona, somos así, somos esto. ¿Qué nos piden siempre? Los boletos. Luego vienen con las familias, luego andan normal, al final no dejan de ser personas”, relató un administrador con 40 años de experiencia.

La instrucción en la empresa suele ser no esconderse cuando estos grupos se acercan. Es preferible tratarlos y averiguar qué es lo que quieren, ya que si los grupos delictivos saben dónde está ubicado el circo, esconderse es inútil e incluso han llegado a seguir a los circos que intentan huir de una ciudad por problemas fuertes.

“Es el trabajo y lo tienes que hacer. Digo, yo creo que nos pasa en cualquier trabajo. A veces no por este tipo de detalles, pero por otro que tienes el problema con un compañero y dices: ‘ya no estoy cómodo, ya me quiero ir’, pero tienes la necesidad de estar en ese trabajo. Entonces aquí pues nosotros tenemos muy pocas opciones. ¿Qué tenemos que hacer? Seguir trabajando”.

Pese a la presencia de inseguridad en Sinaloa, las veces que el circo se ha asentado en Culiacán nunca ha pasado por una situación de esa escala: “De Culiacán nos dijeron todavía el doble, el triple de la inseguridad. Sí, batallamos un poco con los permisos (con el Ayuntamiento) pues siendo un circo un poquito más grande, te piden mucho más, te exigen cosas, que estés preparado para una emergencia, pero pues seamos honestos, para ese tipo de emergencias que hay aquí, pues ninguno está preparado”, señaló.

Para los cirqueros, la carpa no es solo un lugar de trabajo, sino un hogar.

 

Itinerantes: la intimidad tras el telón

En el hogar de “Emilio” habitan leones, camellos, cebras, elefantes y jirafas. Se encuentran repartidos en el patio, el pórtico, la sala y cerca de los baños. Pese al zoológico, los animalitos son silenciosos: los felinos no intentan vociferar su poder ni devorar a quienes pasen a su lado. Las jirafas no tropiezan con los sillones ni chocan con los techos, y el elefante no hace retumbar las paredes al deambular por la cocina; en realidad, son de plástico. Pero en la imaginación del pequeño “Emilio”, toda una aventura acontece ahí, en su casa: su circo.

Por las mañanas, el lobby principal —donde se venden palomitas, refrescos y demás chucherías antes de comenzar el show— se convierte en un salón de clases para él y sus primos. Rodeada de algunas jirafas, la maestra cuelga un pizarrón y alista la clase; ese día impartirá una lección de historia donde verán a los héroes de la Independencia Mexicana. Los niños llegan listos con sus uniformes y mochilas. El trayecto para llegar a la improvisada aula es corto: algunos salen de las casas rodantes y otros de las cajas de los tráileres, que se acondicionan como pequeñas habitaciones.

De tanto rodar por las ciudades, recoger las carpas y elevarlas de nuevo en algún otro paraje de México, la educación para los niños que siguen la vida itinerante del cirquero es indispensable. “Ellos tienen su estudio —señaló un mago jubilado—, tienen una hora de ensayo ya lo que ellos escojan, lo que quieren hacer en el circo, y el que no, pues se quedan. Por ejemplo, aquí tenemos familiares en Culiacán y hay quienes están estudiando carreras ya que no les gusta mucho el circo”.

Los niños saben que serán los próximos en sostener el circo; incluso “Emilio”, quien aún tiene cuatro años pero de grande quiere ser trapecista. Por el momento lo intenta: mientras la maestra pregunta “¿en qué año nació Miguel Hidalgo y Costilla?”, “Emilio” se dedica a brincar de aquí para allá, da volteretas y busca mantener el equilibrio en el filo de alguna cuerda. Además de los estudios, tienen una hora de ensayo; ellos escogen qué quieren ser en el circo: magos, payasos, bailarines o trapecistas.

El Consejo Nacional de Fomento Educativo (CONAFE) es quien se encarga de enviar a los maestros o proporcionar el apoyo necesario para que los niños puedan estudiar mientras se desplazan por diferentes ciudades. Este sistema asegura que, a pesar de los viajes constantes y recorrer grandes distancias en poco tiempo, los niños tengan acceso a la educación básica con la posibilidad de una formación profesional fuera de la carpa.

Al mago ya le recorren los años; dejó la magia para conducir y perifonear el gran espectáculo del circo por las colonias aledañas. Termina la jornada y regresa. La vida circense pesa y actualmente ya no es un negocio rentable —lamentó—; si persiste, es por tradición y arraigo de quienes viven ahí. “¿Qué otra cosa podemos hacer?”, se pregunta; la carpa es lo único que conocen. En ocasiones, se sienten desprotegidos por esos viajes largos donde la lluvia y las heladas los invaden.

Artículo publicado el 15 de marzo de 2026 en la edición 1207 del semanario Ríodoce.

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