Se mutilan versos, se esconden nombres, pero los narcocorridos se siguen produciendo
“El Puntero” fue su primera composición; se la pidió una persona de por ahí. Relata la vida dentro de los estratos del narcotráfico: empezar de morro y, “como todos, de puntero”, repartir las bolsitas, cargar con los radios y desafiar a los “guachos”; eso sí, siempre cumpliendo a los jefes sin rajarse. Al final, el protagonista dejó ese mundo; ahora vive tranquilo y, aunque “andaba por el lado chueco”, siempre se portó bien derecho.
La historia fue escrita por Fernando Fuentes, a quien desde joven le gustó la música y se encaminó a escribir sus propias canciones. Los corridos —detalló— pueden ser un buen negocio. Desde entonces las historias llegan; son varias y para todos: desde gente que anda en lo ilícito hasta ganaderos, doctores, ingenieros o empresarios. Todos recaen en un mismo punto: relatar sus vidas, sus superaciones y cómo desde abajo llegan hasta arriba.
A pocas semanas de que iniciara el conflicto bélico entre el Cártel de Sinaloa, el 9 septiembre de 2024, las tamboras fueron el primer gremio en posicionarse: “Con todo respeto a la gente que está ocasionando estos enfrentamientos y al gobierno solicitamos el apoyo para que le den solución. Necesitamos trabajar. Tenemos necesidades. Necesitamos que alguien nos apoye para salir adelante”, escribieron sobre una lona en medio de los cancelados festejos del 15 de septiembre.
Tan solo seis días habían pasado y el trabajo dejó de fluir; escasearon las tocadas, los precios bajaron e integrantes abandonaron el barco. Después se les vio colocados sobre los bulevares: tubas y trompetas entre los carros mientras “boteaban”; los conductores que los escuchaban se desprendían de unos cuantos pesos y ahí quedaba la jornada de trabajo. Les siguieron los pasos los grupos norteños; actualmente, y tras 17 meses de conflictos, algunos se han dedicado a visitar los panteones por si sale algún trabajo.
Para el compositor Antonín Padilla, originario de Culiacán, cuando se intensificó la violencia sintió que ya no podía “soltar” o hacer ciertos corridos. Esto lo obligó a cambiar su enfoque hacia temas más motivacionales, reflexivos o de amor y desamor, para cuidar tanto el mensaje como su propia seguridad, pero siempre con la firme idea de continuar componiendo.
Sin embargo, la composición de corridos y narcocorridos continuó su curso. Rodolfo Chávez, compositor, destacó que a pesar de la hemorragia que sufre el estado, las cotizaciones para los corridos personalizados siguen llegando. De acuerdo con sus observaciones, a los clientes no les interesa necesariamente que el corrido tome fama, sino tener uno propio; esto provoca un orgullo al mostrárselos a familiares y amigos.
“Que haya un corrido para ellos… (no les interesa) que se haga famoso el corrido y que todo el mundo sepa quién es, la verdad, porque pues mucha gente que se dedica a eso lo intenta hacer debajo del agua y pues obviamente no quiere que se den cuenta lo que hacen”, detalló.
Actualmente, realiza entre tres y cinco composiciones al mes, dependiendo de qué tan bien le vaya. En el periodo de un año y medio que lleva componiendo, estima que ha realizado cerca de 100 corridos y subrayó que las composiciones —específicamente los que tratan sobre las andanzas dentro del narcotráfico— son solicitados por personas jóvenes, mientras que los temas de superación personal tienen mayor demanda entre personas más adultas.
Tanto Fuentes como Chávez tienen un corrido listo por 15 mil pesos: 5 mil para el estudio, 5 mil para los músicos y el resto para la pluma, el compositor. Si el cliente quiere una instrumentación más específica —detalló Chávez—, el precio aumenta; esto es al meter algún trombón —ya que casi no hay trombonistas— o el tololoche.
Versos mutilados
Construir una historia conlleva responsabilidades. Con el inicio del conflicto, las letras se fueron cuidando más. Se evita detallar nombres reales y se disfrazan mediante apodos o señas muy específicas de su identidad, permitiendo que solo quienes los conocen sepan de quién se trata. Estas limitaciones igualmente están condicionadas por las plataformas de streaming donde se suben, las cuales censuran ciertas palabras; por ello, Chávez evita hablar tanto de armas para enfocarse más en la persona.
“Va a cambiar demasiado porque ya hay ciertas palabras que no puedes decir en las canciones, hay ciertas frases que no puedes decir (…) yo pienso que sí van a seguir haciendo corridos personalizados, pero van a tener como un poco menos de tolerancia en cuestión de lo que van a decir. Pues tal vez si la persona le dice, ‘oye, quiero que mi corrido diga que hice esto y esto y esto. “Y tú sabes, que tal vez eso te pueda dañar como artista, pues le dirías al cliente, ‘oye, ¿sabes? Pues mejor le podemos cambiar esta palabra por esta”, compartió Fuentes.
Aunque muchos graban y suben los corridos sin más, solicitar permiso se vuelve necesario cuando la pieza empieza a destacar. Algunas personas optan por hacer este trámite antes de la grabación para evitar problemas futuros. Sin embargo, este no es un proceso directo; generalmente se debe buscar un contacto indirecto. La comunicación funciona como una cadena: el músico busca a alguien que conozca a otra persona, y así sucesivamente, hasta que la canción llega al personaje principal para su aprobación.
Al final, la intención es dejar un legado, una forma de ser recordados.
La censura: entre el streaming y el escenario
Esta vigilancia no solo ocurre en el estudio; a veces, la censura llega directo al escenario. El pasado 17 de febrero en Mazatlán, Alejandro Ojeda Jr., hijo de Alex Ojeda (exvocalista de la Banda El Recodo), y el Grupo Codificado fueron detenidos en la zona de Olas Altas tras interpretar un narcocorrido en el escenario. Días después se detallaría que fue un turista quien les pidió tocar la canción; no habían tenido conflictos por interpretarla anteriormente ni fueron notificados sobre la prohibición de tocar el género. Minutos después, fueron abordados por 30 elementos de seguridad por presunta apología del delito; fueron liberados, pero con una multa de por medio.
Padilla, reconoció que, al igual que las series y otros medios de entretenimiento, perpetúan ciertas ideologías, sostiene que los compositores son solo un engrane secundario de la realidad. Es decir, desde su punto de vista, primero existe una sociedad corrupta donde ciertos estilos de vida se perciben como una forma viable de superarse, y después surge la construcción mental y la música que refleja esa realidad.
Para Fuentes, el consumo frecuente de narcocorridos sí transforma la realidad principalmente de los jóvenes al ser un generador de emociones: “yo no me imagino dándome un agarrón escuchando un coro de iglesia (…) como que te causan esa adrenalina y son cosas que a ti como chavo, como persona joven, te gusta escuchar”.
Entre los jóvenes, el consumo en espacios públicos se volvió más discreto. “Rogelio”, estudiante de preparatoria y aspirante a compositor, reconoció que, ante el fenómeno de violencia, ya no es igual escuchar corridos en la calle. Ahora debe tener cuidado, pues el simple hecho de ser escuchado con ciertos temas puede resultar peligroso; menciona incluso casos de amigos a los que han “levantado” por traer música no permitida en ciertas zonas o por circular con corridos inéditos compuestos para personas específicas.
“Siento que he cambiado un poco, tal vez porque los corridos te dan una imagen buena de todo eso de la violencia, te incitan a admirar, pero por todo lo que pasa, pérdidas de gente inocente y todo eso, como que sí dices ‘no está tan perro’, pero no, a mí me siguen gustando. Simón me sigue gustando”.
Para él, sus temas favoritos son los de superación: superarse, el ser mejor, venir de un lado y ahora estar en otro. “Escuchas los corridos y dices: si él pudo, yo también puedo”.
Artículo publicado el 23 de febrero de 2026 en la edición 1204 del semanario Ríodoce.







