‘El ruletista’, un relato de Mircea Cărtărescu

‘El ruletista’, un relato de Mircea Cărtărescu

El relato de El ruletista llegó a mis manos de forma azarosa. En él, Mircea Cărtărescu, su autor, nos tiende una trampa. Yo caí. No se las cuento. No por el momento, porque entonces dejarían de leer lo que ahora voy a compartir con devoción.

Arrastre es la palabra que me quedó plantada en la imaginación después de leer El ruletista. Cărtărescu es un autor vivo, rumano, que recrea en ese relato escenas que en mi imaginario solo puedo alcanzar a asociar con el mundo circense, de shows extravagantes, inauditos: lo increíble en un pedazo de la realidad viva en la tierra, bajo una carpa. Pero aquí están sobre el papel, en unas notas que el autor escribe acerca de lo que “vivió” con un ruletista, un hombre cuya única apuesta todos los días de su vida es quitarse la vida con un revólver, sin conseguirlo.

“Vivir en una ruleta” es una expresión común en nuestro español de México. Atribuimos a ella el sentido de extrema incertidumbre, azar, riesgo. Ser un ruletista es una vida entregada a la suerte, diosa de fortunas y grandes desgracias —a veces absoluta y negra desgracia—, que por azar logra ser luminosa a ratos, como ocurre al personaje de Mircea.

El ruletista es una narración tejida en frases cortas. A veces extremadamente cortas. Como balazos. O como un verso bien hecho que siempre tiene que ser de tres o cuatro palabras. Claro, Cărtărescu es además poeta. Sabe lo que hace.

El autor nos arrastra al vértigo de sucesos donde perdemos la noción de ficción o realidad. Él conoció al ruletista, sí, el narrador lo conoció. Era su amigo de la infancia. Nos convence. Lo acompañó en la miseria, y también en la opulencia. Ahora lo recuerda, a punto de morir. Recuerda, y hace el retrato hablado del ruletista. Dice: “Lo recuerdo con nitidez: una figura hosca, un rostro triangular sobre un cuello largo, pálido, delgado, de piel seca y cabellos rojizos. Ojos de mono amargado, asimétricos, creo que de diferente tamaño… Ese mismo aspecto presentaba tanto con sus harapos de la granja como con los esmóquines que vestiría más adelante”.

Que exista un hombre cuyo modo de ganarse la vida es hacer un show en el que intenta quitársela, es una extravagancia, un absurdo. Peor si por ello hay cientos de personas pagando entradas. La intención, la apuesta, congrega a la alta y baja sociedad. Y es que las clases sociales, el esmoquin y el harapo, se diluyen en los arrastres pasionales, fervorosos y morbosos de todos. Ahí somos iguales.

La figura del ruletista, cabía en mi imaginario como mago o ilusionista. Pero… un mago trae las manos vacías y con magia las llena. Eso no era el ruletista del relato de Mircea. Más bien podría ser un verdadero ladrón, pues un ladrón se llena las manos arrebatando la ilusión de los demás, sus amores y pertenencias. Eso es lo que hace el ruletista en sus espectáculos. Los saquea.

Mircea, tal como generalmente me pasa con los artistas de la región de Los Balcanes, sean literatos, cineastas (p.ej. Kusturika) o músicos (p.rj. Goran Bregović), me lazan a una atmósfera donde la tragedia es cómica, morbosa y  siempre colectiva.  Es un mundo que me remite a lo más antiguo, nostálgico y arrebatador del continente europeo.

El ruletista me hizo recordar a Kusturika y su cinta Underground: color, trompetas, baile frenético, flores colocadas en el trasero de una mujer mientras se destruía un país, la ex Yugoslavia. En eso resumo Underground.  Pero decía, son los ambientes de la literatura balcánica: ambientes abrumadores en los que somos atrapados y no nos dan ganas de salir, mucho menos huir, pues se trata de algo altamente estimulante e inquietante. Es así, sin necesidad de drogas; la droga es “la necesidad” de estar ahí, ser parte del morbo colectivo. Un show para el que hay que conseguir la entrada a toda costa.

Les decía al principio que en El ruletista, Mircea nos tiende una trampa… en las últimas páginas del relato, el autor nos plantea su apuesta en la literatura, lo cual me hizo respetarlo aún más. Sí, porque un escritor tiene que apostar o será condenado al olvido. La apuesta es a veces contra sí mismo, como ocurría al ruletista jugando a quitarse la vida en cada show, de la manera como ocurre con un escritor en cada texto escrito. Entonces, me pregunté ¿quién es el ruletista? ¿lo es el escritor? Y justo cuando me hacía esas preguntas hacia el final del relato, el muy tramposo de Mircea se dirige a mí en el último párrafo: “Así cierro yo también mi cruz y mi mortaja de palabras, bajo las que esperaré hasta mi resurrección, como Lázaro, cuando oiga tu voz clara y poderosa, lector”.

Puso, en ti y en mí, lectores, el revólver del ruletista en nuestras manos… ¡Ah, jugador!

Artículo publicado el 15 de febrero de 2026 en la edición número 21 del suplemento cultural Barco de Papel del semanario Ríodoce.

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