¿Qué ocurrirá con la cultura en Sinaloa el año que apenas inicia? Nada significativo. Por un lado, la acción pública seguirá prisionera de los viejos esquemas programáticos archiconocidos, mientras que, por otro, en la sociedad en general, seguiremos siendo arrastrados por la marea del consumo compulsivo de imágenes, música y propuestas audiovisuales propias de un presentismo desaforado y sin más sentido que el de aspirar a satisfacciones materiales e inmediatas.
Así que no puedo hablar de grandes expectativas, pues tengo muy pocas o, de plano, no tengo una sola. Puede parecer paradójico que, en un estado como Sinaloa, y particularmente en ciudades como Culiacán, no se advierta ningún esfuerzo por este rumbo, pero hay que entender que las cosas son como son, en primer lugar, por nuestra indisposición a reconocernos a nosotros mismos.
Desde hace tiempo, Sinaloa necesita decirse a sí misma, no signarse para resignarse, sino para resignificarse. Por este rumbo, algunas de las preguntas que sin demora tendríamos que hacernos son: ¿cuál es el fondo histórico de la realidad actual de esta provincia?, ¿cómo se ha sedimentado y cómo se manifiesta en nuestras prácticas y representaciones sociales?, ¿de dónde viene nuestra propensión a la actitud y la práctica transgresora?, ¿por qué seguimos siendo una sociedad que no ha cerrado sus ciclos civilizatorios?
Y esto vale para la economía, la política social y la educación no menos que para la cultura y nuestras relaciones cotidianas. Así como tenemos que revisar los resultados de un modelo de desarrollo agroexportador agotado y un sector de servicios que ha ido y venido sin ton ni son, tenemos que preguntarnos por la realidad en la que el quehacer cultural —público y civil— pretende incidir. Es hora de decidirnos a penetrar el espesor histórico del presente, dando cuenta de la manera en que convergieron procesos económicos, demográficos, culturales y políticos para dar lugar al déficit de cohesión que padecemos.
Salvo esfuerzos como el del recién constituido Centro de Estudios de Política Cultural (CEPOC), una iniciativa todavía incipiente, aunque prometedora, no se percibe la disposición a realizar este necesario hecho colectivo de conciencia. Los gobiernos estatal y municipales apenas se dan tiempo de enfrentar sus urgencias inmediatas, los organismos sociales actúan voluntaristamente, aunque de buena fe, en pequeñas parcelas de nuestra realidad (cursos y diplomados de construcción de paz, fomento a la lectura, intervenciones con dispositivos de arte público o comunitario, festivalitos de esto y de aquello).
Tanto en el ámbito público como en el social y el privado, prevalecen los lugares comunes de la corrección política. Por ejemplo, la incuestionada afirmación de que la lectura y el arte son buenas per se; por lo tanto, hay que desplegar —se dice— el mayor número posible de acciones en todas partes.
No le pidamos peras al olmo. La lectura y el arte ensanchan el horizonte de percepción de la vida, es cierto, pero hasta ahí. El bovarismo desatado por la novela de Flaubert, ¿es bueno o es malo en términos de una ética convencional? Leer una novela de Élmer Mendoza o de Poncho Orejel, ¿te vuelve mejor ciudadano, mejor padre de familia, mejor vecino o mejor compañero de trabajo? Llevar a los clásicos a las comunidades, ¿fortalece la adscripción de la gente, nos hace resistentes a las conductas transgresoras y violentas?
Hay que olvidarnos de la visión romántica: la cultura no es ni buena ni mala, es sólo la dimensión simbólica de la vida y de ahí su diversidad (desde la música regional mexicana hasta la ópera, desde la mediosfera transgresora hasta las redes de sociabilidad lectora). He aquí el quid de una auténtica política cultural: partir del reconocimiento de una realidad, revisar los activos culturales disponibles, ubicarlos en un discurso estratégico para incidir en ella. Eso no está pasando y seguirá sin pasar mientras no reparemos, insisto, en la necesidad de salir de las acciones convulsas, apresuradamente empaquetadas en programas de educación, difusión y fomento artístico.
La cultura es un recurso del que los grupos sociales disponen para crear identidades y encontrar un propósito. Ahora bien, cada grupo dispone de los recursos que están a su alcance. Y, más allá de diferencias geográficas y económicas, lo que está siempre a la mano es el mainstream comercial en las estaciones de radio o en youtube, en las sagas en streaming, en las redes sociales, en el terreno de “lo noticioso” (plagado de “analistas” que comentan las desgracias internacionales, nacionales y regionales como si estuvieran hablando de deportes o de la farándula, me decía hace unos días Vladi Ramírez).
Para avanzar, requerimos que los esfuerzos civiles y públicos se orienten más hacia el cambio en las relaciones y prácticas sociales efectivas, antes que en las representaciones por sí mismas. No será con concursos de corridos provistos con letras edificantes, con cursos de valores o con iniciativas aisladas, reactivas y convulsas como se desatarán nuevas sinergias. Construir paz es construir nuevos sujetos que desplieguen nuevas prácticas y relaciones en el barrio, la comunidad, la familia, la escuela o el centro de trabajo.
Promover un ejercicio de selección estratégica de determinadas expresiones simbólicas vivas y actuantes, reanimar la vida social en torno al hecho cultural y sus distintas dimensiones (estéticas, antropológicas, de producción institucional, comunitaria o hasta comercial), eso haría posible un amplio movimiento que iría de las comunidades de la serranía, la costa y los valles hacia los centros urbanos, realizando un vasto programa de registro, localización, producción artística y representación de dichas expresiones (artesanales, étnicas, mestizas, de memoria comunitaria, musicales y dancísticas, de disciplinas artísticas formales, tanto visuales como escénicas, tradición oral, literatura, entre otras) para alimentar líneas programáticas específicas.
Junto con lo anterior, tenemos que aprender a dialogar con el mundo y dejar de vernos el ombligo exclusivamente regional (lo que, curiosamente, propicia la recepción sin más de las influencias del mainstream). Esto, con una condición: para que sea enriquecedor, este diálogo deberá partir de nuestro propio locus, propiciar un ejercicio de conocimiento y re-conocimiento de lo local en su conexión con lo nacional y lo internacional.
Esta no es una expectativa, lo sé. Es más bien un deseo que, como la inmensa mayoría de los deseos que formulamos en estas fechas, está muy probablemente condenado a convertirse en una desiderata más: parte de un cúmulo de añoranzas del tiempo en que quien esto escribe era, por lo menos, capaz de desear.
Artículo publicado el 18 de enero de 2026 en la edición número 20 del suplemento cultural Barco de Papel.



