Informalidad: la enorme cara de la ocupación laboral en Sinaloa

Informalidad: la enorme cara de la ocupación laboral en Sinaloa

En el estado el 47.4 por ciento de la población ocupada labora sin un contrato, seguridad social ni prestaciones

 

Jessica Quiñónez trabaja vendiendo atole, avena, chocolate, gorditas y otros alimentos a un costado de la Ley de Abastos, en Culiacán. No es dueña del puesto. Fue contratada hace aproximadamente un mes por un conocido de su hermana. Antes de aceptar le dejaron claras las condiciones: el empleo sería temporal, sin seguro social ni prestaciones.

Reconoce la importancia de contar con seguridad social, pero el horario le permite cuidar a sus hijas. Trabaja de 5:00 a 10:30 de la mañana. “No me da tiempo para trabajar y, como esto es un rato en la mañana, se puede, pero trabajar de lleno ya no podría”, comenta.

No es la primera vez que trabaja sin seguro. Durante ocho meses laboró en una tortillería donde le prometieron inscribirla al Seguro Social, algo que nunca ocurrió. Ahí, afirma, sí era necesario contar con protección médica por el uso de maquinaria. “Tuve un accidente y la verdad no respondieron, no me llevaron al médico ni nada”.

También trabajó en una taquería en la que, supuestamente le descontaban el Seguro Social, pero nunca vio un documento que avalara esa deducción. A pesar de ello, ha tenido empleos formales en otros momentos. Sin embargo, al revisar sus semanas cotizadas en el IMSS para aspirar a algún beneficio, admite que le “falta mucho”.

Jessica forma parte del 47.4 por ciento de la población ocupada en Sinaloa que labora en la informalidad, de acuerdo con los datos de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) del tercer trimestre de 2025 del Instituto Nacional de Estadística y Geografía.

El INEGI considera población ocupada en la informalidad no solo a quienes instalan un puesto callejero o una tienda propia, sino también a quienes laboran en negocios establecidos pero no tienen contrato, seguro, ni prestaciones. Se incluyen quienes se dedican a la agricultura de subsistencia o al autoempleo sin reconocimiento legal.

En esa clasificación, la encuesta indica que los 673 mil trabajadores informales contabilizados en Sinaloa incluyen a todas las personas que laboran sin derechos laborales, ya sea dentro de negocios informales o en empresas formales, pero sin seguridad social. En contraste, 334 mil trabajadores del sector informal corresponden solo a quienes se ocupan en micronegocios no registrados, como comercio ambulante, tianguis o talleres.

Durante el tercer trimestre de 2025, 287 mil mujeres trabajaban en la informalidad, una cifra mayor a la del mismo periodo de 2024, cuando eran 280 mil. En el caso de los hombres, se registraron 386 mil, una disminución frente a los 399 mil del año anterior.

 

Poco desempleo, pero mucha informalidad

Para Ernesto Sánchez Sánchez, docente e investigador de la Facultad de Estudios Internacionales y Políticas Públicas de la Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS), los altos niveles de informalidad explican los bajos índices de desempleo en México.

“Hay muy poco desempleo porque la mayor parte de la Población Económicamente Activa está en la informalidad. Está en condiciones vulnerables, en donde no tiene prestaciones sociales ni representaciones organizacionales gremiales que los respalden, que los defiendan y que, al final de la trayectoria laboral, está condenado a no tener una pensión o una jubilación digna”, enfatizó.

En Sinaloa, explicó, la informalidad ha disminuido ligeramente en los últimos años. Aunque este dato ha sido destacado por las autoridades, advirtió que los niveles siguen siendo críticos. “Claro que se ha disminuido un punto porcentual, pero sigue siendo alta; que casi la mitad de la población que trabaja en Sinaloa sea informal, es grave”, subrayó.

Sánchez Sánchez puso el acento en otro indicador de la ENOE al que calificó como “una condición de alargar la explotación”: la subocupación.

En Sinaloa, la subocupación alcanzó una tasa de 14.3 por ciento durante el último trimestre de 2025. El INEGI define esta condición como la necesidad y disponibilidad de las personas para ofrecer más horas de trabajo de las que su ocupación actual les permite.

Entre julio y septiembre de 2025, 203 mil personas se encontraban en esta situación. La cifra representa 14.3 por ciento de la población ocupada, una tasa superior al 8.7 por ciento registrado en 2024. El incremento se presentó tanto en mujeres como en hombres: en ellas pasó de 41 mil a 80 mil subocupadas; en los hombres, de 82 mil a 124 mil.

“Es la gente que tiene un trabajo, pero queda demostrado que no le satisface en términos de ingresos y busca otro empleo; eso implica mayor carga laboral”, señaló el investigador.

 

Mismas condiciones, diferentes razones

Sobre la misma avenida Heroico Colegio Militar se encuentra Jaime, de 58 años. Está sentado en una banca frente a una mesa con una hielera que contiene burritos y un contenedor de café. Tampoco es dueño del negocio. Fue contratado hace menos de un mes con la promesa de que, vendiera o no, le pagarían 200 pesos diarios.

Trabajó durante casi siete años en una empresa dedicada a la venta de productos de limpieza, donde contaba con seguridad social. Decidió dejar de cotizar para adherirse a la Modalidad 40, hacer aportaciones por su cuenta y mejorar su pensión.

Intentó negociar con su jefe para permanecer en el empleo bajo ese esquema. Aunque su patrón reconoció que la Modalidad 40 le permitiría mejores beneficios, le dijo que no le convenía tenerlo trabajando sin seguro.

“No hay problema, le dije, mi hijo ya me aseguró y, si me llega a pasar algo, yo me voy a hacer responsable, a usted no le voy a echar la culpa de nada. ‘Sí’, me dijo, ‘pero no me conviene tenerte aquí’. No, pues ni modo, y sí me liquidó. Me dio 6 mil pesos nada más; tenía siete años ahí con él”, relata.

Sus hijos le ayudan a pagar la Modalidad 40, pero aun así tiene que llevar sustento a casa. Buscó otros empleos, pero lo condicionaban a trabajar con seguridad social, lo que le impedía seguir con su estrategia de cotización. Para no quedarse sin ingresos, tomó dos trabajos: por las mañanas, hasta las 11:00, vende burritos; por las tardes, de 13:00 a 18:00 horas, trabaja en un lavado de autos.

En su casa viven tres personas y todas aportan al gasto. Su hija paga facturas y estudios. Su esposa, ante la situación, comenzó a trabajar como empleada doméstica en La Primavera. Lo hizo sin seguro. Su patrona insinuó la posibilidad de asegurarla, pero no se concretó.

 

Violencia, precariedad y largas jornadas

Sánchez Sánchez explicó que la informalidad refleja otros problemas del ámbito laboral como la explotación, los extensos horarios, los bajos salarios y el desempleo encubierto.

Se suman condiciones de precariedad, la exposición constante a situaciones de violencia o a fenómenos climáticos. También cuestionó que el aumento al salario mínimo se fije solo con base en la inflación y no en el incremento real de la canasta básica. Señaló que el debate sobre la reducción de la jornada laboral debe considerar que México es uno de los países que más horas trabaja y uno de los que tiene menor productividad.

Explicó que la informalidad no siempre es una condición individual, sino que en muchos casos son familias enteras las que han construido su vida laboral en ese esquema, al encontrar mayores ingresos inmediatos que en la formalidad.

 

MERCEDES DORADO. Informalidad, el desafío.

 

La apuesta por la formalización, desde el sector económico

La directora general del Consejo para el Desarrollo Económico de Sinaloa (CODESIN), Mercedes Dorado Bojórquez, reconoció que en el último registro se observó una ligera reducción en los niveles de informalidad, aunque advirtió que el desafío sigue siendo enorme. Indicó que desde el propio organismo también se esperaba un incremento de la informalidad derivado del contexto de violencia que atraviesa el estado.

Comentó que está situación puede explicarse en que muchas empresas están en proceso de reconfiguración ante los cambios en la dinámica económica.

Dorado Bojórquez planteó que la informalidad no puede entenderse únicamente como un fenómeno negativo, sino como una realidad económica del estado, que debe transformarse a partir de oportunidades, programas y esquemas de vinculación.

“El reto es convertir la informalidad en oportunidades reales, a través de programas, vinculación y emprendimiento, para que quienes hoy están fuera de la formalidad puedan acceder a empleos con mejores condiciones y prestaciones”.

Sostuvo que la apuesta debe ser integral: hacer atractiva la formalidad no solo como una obligación, sino como una vía para que los negocios mejoren ingresos, fortalezcan equipos de trabajo y se integren a mercados más amplios.

 

Empleadas domésticas: informalidad que se hereda

Ernesto Sánchez Sánchez señaló que uno de los perfiles más visibles dentro de la informalidad es el de las trabajadoras del hogar. Las describió como mujeres que, en muchos casos, provienen de ejidos, con niveles variables de escolaridad y con decisiones laborales condicionadas por su entorno familiar.

Explicó que, en el caso de las empleadas domésticas, las cargas fiscales asociadas a la seguridad social suelen mermar sus ingresos, lo que desincentiva su incorporación a la formalidad. Consideró necesario crear incentivos fiscales que permitan garantizar su acceso a la seguridad social sin afectar su ingreso.

 

“Me la voy a jugar, a ver qué pasa”

Martha tiene 65 años y es empleada doméstica. Vive en una colonia cercana a La Costerita y trabaja para mantenerse por sí misma. Estudió Trabajo Social, pero nunca ejerció. Se casó bajo la promesa de que su esposo le permitiría trabajar, algo que nunca ocurrió.

Su marido murió hace un año y medio de diabetes. Desde entonces labora en una vivienda del fraccionamiento La Primavera. Tuvo que hacerlo porque su esposo no dejó pensión alguna. Él también trabajó toda su vida en la informalidad, en un taller mecánico.

Recibe 6 mil pesos bimestrales de la pensión del gobierno federal y 2 mil pesos semanales de salario. Nunca le ha pedido a su patrona que la asegure. No se anima.

Espera el camión en la entrada del fraccionamiento junto a otras trabajadoras que ya terminaron su jornada. Observa alrededor y comenta: “La mayoría de las que tú ves aquí trabajamos en eso, algunas con seguro y otras no. Pero casi somos más las que no tenemos seguro”.

“Ayer venía platicando con una señora que dice que tiene 28 años en su trabajo y no tiene seguro; ¡28 años y no tiene seguro! Que ya investigó a ver si podía alcanzar pensión para demandar a los patrones. ¿Cómo aguanta? Pero dice que sus patrones son buenos”, relató.

Sin seguridad social, sin pensión propia y con la responsabilidad de sostener su hogar, Martha dice que tiene miedo de llegar a un punto en su vida en el que ya no pueda valerse por sí misma, pero también reconoce que no tiene muchas opciones. “Me la voy a jugar, a ver qué pasa”.

Artículo publicado el 7 de diciembre de 2025 en la edición 1193 del semanario Ríodoce.

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