En uno de los andadores del Infonavit Cañadas, amigos y familiares colocan velas en honor al menor asesinado la tarde del miércoles 26 de noviembre
Es difícil imaginar cuántas personas viven en los complejos habitacionales del Infonavit Cañadas, una colonia que —por su topografía, su marginación y la frecuencia con que la violencia corta vidas— se ha ganado el mote de “la favela culichi”. Entre las laderas empinadas, los callejones estrechos y los pasillos que se multiplican sin orden, familias enteras sobreviven en departamentos que nunca fueron pensados para tantas personas, ni para tantas historias.
Por la calle Laguna, justo detrás de la secundaria Francisco Zarco, se elevan sobre un cerro varias torres de departamentos de asistencia social. Desde lejos parecen apiladas unas sobre otras, pero de cerca revelan un mundo propio: escaleras deterioradas y sucias; espacios comunes invadidos por basura; barandales oxidados y torcidos. El conjunto forma un laberinto de pasillos, pendientes y cuartos diminutos donde cada familia habita como puede.
Apenas en el primer descanso de la escalera, una escena condensa todo: una cruz armada con flores, veladoras encendidas y cuatro carritos de juguete desgastados. A un lado, manchas de sangre seca. Un poco más atrás, un tramo de cinta amarilla arrastrado por el viento.
La imagen habla por sí misma: aquí mataron a un niño.
Fue un miércoles, por la tarde
La tarde del miércoles 26 de noviembre, Alan Ricardo —un adolescente de apenas 16 años— fue asesinado después de una persecución que comenzó a unas cuadras de su casa. Según vecinos que escucharon los disparos, el muchacho corrió intentando refugiarse en el departamento donde vivía con su familia. El agresor lo alcanzó a escasos 150 metros de la puerta y le disparó varias veces.
Alan cayó en el mismo camino por donde había pasado cientos de veces para ir a la escuela, a las canchas o a reunirse con sus amigos. Ese pasillo que conocía de memoria se convirtió, de pronto, en un lugar imposible de comprender.
La escena que vino después partía el alma. Su madre, recostada sobre el cuerpo cubierto apenas por una sábana manchada, lo abrazaba como si pudiera regresarlo. A su lado, la abuela intentaba consolar a su hija mientras ella misma lloraba la muerte de su nieto. Entre ambas, levantaron la ofrenda: flores, veladoras, algunos de sus juguetes.
Los vecinos pasan junto al altar y no pueden evitar voltear. Sus miradas oscilan entre la tristeza y un extraño alivio silencioso: ellos también tienen hijos.
“Era un niño bueno”
Una jovencita del edificio lo recuerda con una mezcla de timidez y nostalgia.
“Me lo presentó una amiga hace como tres años. Yo siempre lo miraba aquí y, pues, se me hacía guapo”, cuenta. “Luego me empezó a hablar, anduvimos quedando un tiempo, pero no pasó nada después. Era serio, pero cuando andaba contento era bien ocurrente. Quedamos como amigos”.
El miércoles por la tarde, la noticia la alcanzó rápido.
“Me enteré por el esposo de mi mamá. Dijo que habían matado a alguien aquí y que se llamaba Alan. Y pues… él era el único Alan de aquí. No lo podía creer. Era un buen muchacho. Yo nunca vi que hiciera nada malo”.
Otra joven, también vecina, lo conocía desde más chica.
“Nos empezó a hablar a mí y a otra amiga. No se llevaba mucho con nosotros, era más de pasar el tiempo con sus amigos. Luego le empezó a tirar la onda a mi amiga y estaban quedando. Pero tuvieron una discusión y ya no se hablaron”.
Hace unas semanas se enteraron de que Alan se había peleado con alguien.
“No supimos bien. Nos dijeron que se había peleado a golpes y que lo habían amenazado de muerte”, recuerda con la naturalidad de quien creció en una ciudad donde la violencia se vuelve paisaje, donde las amenazas ya no siempre suenan como amenazas.
“Pero hace como cinco días lo vimos aquí afuera, jugando con sus amigos. Estaban en la bola, riéndose. Yo y mi amiga estábamos ahí cerca, y él se veía tranquilo. Pensamos que lo de la amenaza no era verdad”.
Cuando ocurrió el asesinato, la noticia la encontró en la escuela.
“Me marcó mi amiga y me dijo que habían matado al Alan. Yo no lo creía porque primero dijeron que era otra persona. Pero cuando llegué… vi que sí era él”.
Hace una pausa larga.
“Sentí feo. Sentí dolor. Casi no le hablaba, pero lo conocía desde hace mucho, desde chiquito. Vi a su mamá, a su abuelita. No me acerqué porque había mucha gente, pero quería decirles que lo siento mucho”.
Levanta la vista hacia la escalera, hacia el pequeño altar.
“Era un niño bueno. A veces problemático, como todos… pero era buen amigo”.
La infancia en riesgo permanente
En Culiacán, la violencia ha borrado la frontera entre la vida normal y el horror. Aquí los niños crecen aprendiendo a distinguir el sonido de un disparo; las madres salen a trabajar con el miedo de no encontrar vivos a sus hijos cuando regresen; los jóvenes navegan territorios donde la autoridad es difusa y el peligro constante.
La muerte de Alan no es solo una tragedia familiar. Es un recordatorio más de que en esta ciudad hay zonas donde la infancia se vive de prisa, donde los adolescentes cargan miedos que no les corresponden, donde la vida puede apagarse en segundos sin que nadie alcance a intervenir.
El altar sigue ahí, en la primera escalera del complejo. Las veladoras se consumen, los carritos de juguete están inmóviles, como si aguardaran a que Alan vuelva por ellos.
Pero él —como tantos otros— ya no va a volver.
Artículo publicado el 30 de noviembre de 2025 en la edición 1192 del semanario Ríodoce.






