En la calle principal del Panteón Civil, un saxofón pide parar el tiempo. Reloj, detén tu camino, tararea la melodía.
A su lado pasan cientos de familias cargando flores y veladoras para aquellos que ya no están; es el Día de Muertos: la vida y la muerte coexisten y los recuerdos se avivan.
En las afueras, sobre el bulevar Gabriel Leyva Solano, los comerciantes alzaron sus carpas.
¡Lleve veladoras, tres por cincuenta pesos!, gritaba una mujer con esmero. Sobre las aceras, cubetas de flores frescas estaban listas; entre amarillos, naranjas y violetas, los arreglos florales tomaban su camino hasta los muertos.
Es importante, recuerda “José.” Visitar a sus muertos es recordar y mantenerlos en vida. Su hábito no es de un solo día: en cada cumpleaños o fecha especial, él hace su esfuerzo por estar ahí.
La tradición es familiar y, aunque renuentes en un principio, sus hijos continúan la tradición. Es importante no olvidar.
“Es algo grandioso para ellos, los fallecidos, que ellos se den cuenta que todavía hay alguien que todavía los recuerda con cariño, con gusto, con placer, no importan las condiciones (…) año con año aquí nos ves”, compartió.
El saxofón paró, finalmente detuvo su camino. La sonoridad revivió en el fondo: un grupo de chirrines tocaba entre tumbas y el aroma a veladoras. Acordeón, guitarra y un tololoche chicoteaban sus cuerdas.
Rodeados por familiares, alegres y alebrestados, la canción les recordaba al que ya no está: como recuerdo a mi viejo y a sus tantas aventuras, cantaba el guitarrista, y una segunda voz le seguía el paso.
La fiesta continuó; para algunos es un día triste, para otros, la oportunidad de recordar.










