Cuento: ‘Presa’

Cuento: ‘Presa’

No sabía el tamaño de la incisión, hasta que me bañaron al día siguiente. Una enfermera y mi hermana me quitaron el vendaje y el apósito del abdomen. Tuvieron que ponerme en la silla que estaba dentro de la regadera porque las piernas se me desforzaron al ver mi piel rasgada y con indicios de moretones en toda la zona. Era una herida suturada por dieciocho puntos. No podía creer lo que me habían hecho. Cerré los ojos. Me dieron ganas de llorar, pero no pude. Sólo dejé caer mi cabeza y el agua tibia me ayudó a relajarme. No opuse resistencia alguna mientras ellas terminaban de limpiar cada parte de mi cuerpo.

Después del baño me secaron con una toalla rasposa con olor a desinfectante y pusieron una bata con la abertura hacia atrás. Salimos al cuarto y me sentaron en un sillón frente al televisor. Estaba sintonizado en un canal para niños; la risa de los personajes retumbaba en mi cabeza. Daban ganas de salir corriendo, pero no podía ni levantarme por mí misma. Mi hermana que me observaba con los ojos vidriosos tomó el control de la televisión y cambió de canal. Lo puso en un programa donde se presentaba la vida silvestre de la sabana en África: Un grupo de leonas cazaba, el narrador explicaba cómo permanecían agazapadas para atrapar a los miembros más viejos y enfermos de la manada. Así estábamos cuando la puerta se abrió. Una mujer traía una charola con el desayuno: huevos revueltos con jamón, acompañados de brócoli al vapor, dos panes tostados, un vaso de jugo y una taza de atole. Comí la mitad de la ración, después de casi dos días de ayuno.

Te escuché. Unos días antes de mi ingreso al hospital, ahí estabas. Viniste de noche, cuando sentía que una especie de latidos golpeaban mi cabeza. Estaba cubierta de sudor. Lo sentí a ojos cerrados. Yo estaba tendida boca arriba e intentaba respirar profundo para tranquilizar mi malestar. Te acercaste, pude percibir la proximidad de tu nariz para olfatearme. Me recorriste por completo. Sentí unas fibras delgadas rozar mi mano. Quedé inmovilizada cuando tus pasos se alejaron.

Para el tercer día de hospital, el médico que me operó había ordenado nuevos estudios. Ver de nuevo la herida no me causó el impacto de la primera vez, aunque todavía tenía la sensación de que aquel abdomen no era mío, que vivía la historia de alguien más. Mientras la persona encargada de hacerme el estudio me ponía el gel frío sobre mi piel y pasaba el ultrasonido, pude sentir cómo una leve corriente eléctrica recorría mis órganos. Sólo quería cerrar los ojos y al abrirlos estar en casa, sin aquella herida que prometía una cicatriz gruesa. Deforme. Por la tarde, el doctor trajo los resultados y me dio la noticia de que parecía que el absceso se formaba de nuevo y con mayor rapidez. Debían hacer otra intervención y practicar un lavado quirúrgico para combatir la infección.

Esa noche te vi al reflejo de la luz. Sentada en tus patas traseras, cerca de la ventana. Yo estaba encadenada de un brazo al suero por donde pasaban antibióticos y calmantes para el dolor. Del otro a un catéter con una unidad de sangre. Volteaste y la línea negra de tus ojos se había dilatado. Un bostezo dejó ver el tamaño de tus mandíbulas, tus colmillos afilados y tu lengua. Imaginé tu fuerza, la facilidad con la que rompías la piel de tu presa y devorabas sus vísceras. Lamías su sangre. Voltee hacia el lado izquierdo de la cama y la bolsa de la unidad de sangre parecía más un trozo de carne sin cocinar.

Al siguiente día fue el mismo ritual: Me pusieron algo parecido a un gorro y bolsas en los pies. Me sentaron en una silla de ruedas para llevarme al quirófano a través de pasillos interminables. Pasillos y laberintos. Al llegar al quirófano me subieron a la plancha para conectarme a unos aparatos. Había personas a mí alrededor. Esta vez ya llevaba una herida. Me bloquearon de la cintura hacia las piernas y estuve despierta cuando llegó el cirujano. Sentí sin dolor. Cortaron mi piel y maniobraron mis órganos. Tuve la sensación de que los sacaron de mi cuerpo, los limpiaron y los volvieron a colocar antes de suturarme. Mientras ellos trabajaban en un ambiente relajado, con música de Queen, yo recordaba la última imagen que vi en el televisor. Pensé en la manada. Todas ubicadas estratégicamente rodeando a su presa, agazapadas y atentas a la señal del alfa para herir con garras y dientes. Tan afilados como un bisturí. Eso pensaba cuando el médico pidió que me llevaran a la sala de recuperación. El ir y venir de médicos y enfermeras me pareció muy similar a eso, a un ataque de leonas en algún punto de la sabana. Me sentí como ese antílope rezagado de la manada.

El fin de semana dormía por períodos breves. Siempre boca arriba. Una vez que intenté acomodarme de lado sentí como si algo atrás de la herida estuviera colgando. El dolor en ocasiones se expandía desde lo más profundo de mi vientre hacia la piel. Confundía el día y la noche. Las enfermeras decían que debía levantarme y caminar. A veces lo hacía a las dos o tres de la mañana. El único horario que me ayudaba a ubicarme era cuando traían alimentos. Comía menos de la tercera parte de las raciones que me ofrecían. Solo se me antojaban los alimentos verdes y el té; lo tomaba en pequeños sorbos y después a lengüetazos.

El sol me despertó. Estaba recostada de lado, con la sensación de que dentro de mi cuerpo faltaba algo. Sin fuerzas para incorporarme escuché tus pasos en la tierra. Esta vez no venías sola. No supe con certeza cuántas eran, pero me olfatearon antes de rasgar mi piel y lamer la herida. Tú fuiste la última en llegar, me reconociste de pies a cabeza, abriste tus fauces y oí crujir mis cervicales. Me arrastraron. Tu hocico ensangrentado fue lo último que vi.

Artículo publicado el 19 de octubre de 2025 en el suplemento cultural Barco de Papel.

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