Entre lágrimas y promesas: el adiós a Iris y Luis Alberto

Entre lágrimas y promesas: el adiós a Iris y Luis Alberto

Frente al ataúd de su madre, Máximo, de apenas 16 años, mantiene la mirada en alto y abraza a su abuela, tratando de consolarla mientras aprieta los dientes para contener el llanto.

Con su mano izquierda sostiene un retrato en el que su madre sonríe.

A su lado, Regina, su hermana menor de 9 años, toca y besa la imagen, mientras la señala también con una sonrisa.

En su mundo la muerte no tiene el mismo significado.

La pequeña padece síndrome de Down. La abuela, al verla, cambia de gesto: sus lágrimas se secan como por arte de magia, sus ojos se iluminan y sonríe.

“Sí, mi amor, aquí está mamá, aquí está mamá”.

La mañana de este domingo fue distinta. Entre lágrimas y aplausos, la Unidad de Vialidad y Tránsito de Culiacán recibió a amigos y familiares de los agentes Luis Alberto Mora e Iris Félix Acosta, para rendirles un homenaje póstumo y pase de lista.

Fue el último adiós para los compañeros de patrullaje que perdieron la vida en un doble homicidio perpetrado en el fraccionamiento Rincón del Valle, al mediodía del pasado viernes.

Para Karely, la menor de las cuatro hermanas de Iris, la vida cambió para siempre cuando un amigo de su hermana le llamó para decirle que algo malo había pasado, justo mientras recogía a sus hijas de la guardería.

Al llegar y confirmar la terrible noticia, la desesperación, el dolor y la confusión la derrumbaron.

Los agentes de tránsito que se encontraban en el lugar la ayudaron a sostenerse en pie y le ofrecieron agua.

“Fue tan difícil… llegar al lugar, ver la patrulla, estar consciente de que era Iris y recibir la llamada de mi mamá. Fue como si estuviera fragmentada”, recuerda.

“Le contestaba: ‘mande, mami, todo bien, no se preocupe, ahorita le marco. No ha contestado porque así es ella’.

Pero cuando le colgaba, lloraba otra vez. No podía detenerme, y mi mamá me seguía escribiendo por WhatsApp”, dice entre lágrimas.

“Yo me quedé ahí hasta que se la llevaron al Semefo, no la dejé nunca. Llegué y le dije: ‘hermana, aquí estoy contigo, no te preocupes, no me voy a ir’.

No me dejaban verla, pero yo hablaba con ella y le pedía ayuda. Le decía: ‘Iris, no puedo ver a los ojos a mi mami, no puedo, tú sabes que no puedo’”.

Alba, madre de Iris, relata que 15 minutos antes del ataque había hablado con ella.

Le llamó para avisarle que el padre de Regina pasaría por la niña a la guardería y la llevaría a casa para cuidarla durante su turno.

“Acababa de hablar con ella por teléfono. Por eso, cuando llegaron todas las vecinas a decirme lo que había pasado, les dije que estaban equivocadas. Les decía que no era cierto, y empecé a marcarles a mis hijas”, recuerda la afligida madre.

“La voy a extrañar mucho. Era la luz que entraba por la puerta de mi casa. Todos los domingos llegaba y me despertaba diciéndome: ‘póngase guapa, porque nos vamos a ir a la calle’. Mi hija era muy especial. Y aquí se queda con nosotros, en nuestro corazón. Nos deja dos ángeles. No la vamos a sustituir, pero vamos a cuidar a sus niños. No los vamos a dejar solos”, promete Alba.

Máximo se acerca para decirle a sus tías y a su abuela que es hora de irse.

El homenaje terminó, y la corporación policiaca ha quedado prácticamente vacía.

“Estoy muy orgulloso de ella. Era la mejor policía y la mejor mamá. La voy a extrañar mucho… yo voy a cuidar a mi hermanita por ella”, dice el joven.

“Lo amo un chingo”: el último adiós de una hija

Para Claudia, la mañana del viernes 17 de octubre fue ajetreada, como muchas otras en las últimas semanas.

Un día antes de su graduación como odontóloga, apenas se despidió de su padre camino a su servicio social.

Fue la última vez que lo vio con vida. Más tarde, él le escribió, sin saberlo, su último mensaje: le confirmó que pasaría por su anillo de graduación y que rentaría un traje para la fiesta a la que no llegarían a asistir.

“Estaba haciendo mi servicio cuando me habló una amiga de mi papá. Me dijo que iba a ir por mí a la escuela. Yo pensé que era alguna vuelta de la graduación, no me imaginé nada malo. Pero luego empezaron a comentar en redes sobre el atentado, y ya no me gustó.

Le marqué a mi mamá… y ella me confirmó que habían matado a mi papá”, relata Claudia, con una naturalidad que parece de otro contexto.

Su padre, el agente de la Unidad de Vialidad y Tránsito de Culiacán, Luis Alberto Mora, perdió la vida en el mismo ataque en el fraccionamiento Rincón del Valle.

Su cuerpo quedó al lado de su compañera Iris, dentro de la unidad oficial, tras un salvaje atentado a balazos.

“Las cosas son así. Desafortunadamente a él le tocó, porque, como están las cosas ahora, todos estamos expuestos a lo que sea. Nadie está seguro”, reflexiona la joven de 23 años.

Su voz suena firme, pero sus ojos delatan las veces que las lágrimas ganan la batalla.

Sobre el féretro descansan una gorra de la corporación policiaca a la que pertenecía con orgullo y una casaca de sus queridos Tomateros de Culiacán, que esa misma noche se enfrentaban a las Águilas de Mexicali, apenas a tres cuadras de distancia.

“Fue muy buen esposo, muy buen hijo y muy buen papá. Él era capaz de hacer cualquier cosa por nosotras. Yo y mi hermana somos sus ojos, sus niñas. Lo amo… lo amo un chingo. Y deja un vacío muy grande para nosotras”, alcanza a decir antes de que su voz se quiebre. Otra vez le ha ganado el llanto.

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