En Culiacán, los trabajadores de las funerarias se enfrentan a agresiones, “levantones” y amenazas en medio de la guerra del Cártel de Sinaloa
“¡Zopilotes, zopilotes, váyanse de aquí!”, les gritó la mujer con el rostro enrojecido y las manos húmedas de tanto llorar. Ellos detuvieron el paso y retrocedieron unos metros. Hay que esperar a que se tranquilice. Además, ya están acostumbrados: cuando la gente los ve pasar, se persignan. “¡Dios guarde!”, exclaman algunos.
En Sinaloa, los funerarios operan de diversas formas, distintas a otros estados debido al clima de violencia. En cada jornada cubren varios puntos de la ciudad, lugares clave donde se concentra la mortalidad: el ISSSTE, clínicas privadas, el Hospital Civil y el Servicio Médico Forense (SEMEFO), en donde desde hace nueve meses han ingresado un poco más de mil 500 cuerpos; algunos salen, otros no.
Un ropaje que adoptan es el de “investigadores”. Para vender un servicio funerario —sobre todo si se trata de un homicidio doloso— hay que revisar papeles, fotografías, nombres, credenciales, domicilios, y si los datos son escasos, huelen la información y pescan pistas.
Las funciones varían: cuando el día es violento y el SEMEFO no da abasto con el traslado de los cuerpos, hacen mancuerna con los funerarios. Estos se encargan de realizar los traslados y de desahogar los cuerpos que se amontonan durante el día y cumplen operaciones que corresponderían a la fiscalía: localizar a las familias.
Actualmente, los funerarios enfrentan riesgos crecientes debido a la guerra interna del Cártel de Sinaloa. Algunos han sido “levantados”, otros amenazados. Transitar de noche entre grupos armados y retenes ilegales los expone a ser confundidos y agredidos. A pesar de ello, continúan trabajando bajo constante amenaza.
Trabajar bajo fuego
Esa noche coincidieron en el camino; era el primer encuentro que tenía con ellos. Fue en septiembre, unos días después del inicio del pleito entre los Chapos y los Mayos. Camino a recoger un cuerpo, un grupo armado lo interceptó y con los rifles en mano lo bajaron de su unidad. Las groserías desfilaron y un interrogatorio iniciaba.
“¿Qué andas haciendo?”, preguntaban alterados mientras lo revisaban. Las manos de aquellos hombres que empuñaban las armas, exponían un rostro joven; algunos de ellos menores de edad. El nerviosismo se prolongaba y las respuestas seguían sin convencerles.
“Traigo el reporte de un cuerpo”, les contestaba él. “¿Quién te pasa los reportes? ¿Cómo saben?”, le devolvían las preguntas. Sí la pregunta se respondía con un silencio, los cañones de las armas no dudaban en empujarlo.
Esa noche ningún cuerpo fue localizado.
Con la punta de los cuernos comenzaron a rayar la furgoneta. El grupo armado que lo detuvo inició el interrogatorio. Las preguntas eran las mismas de siempre: qué andaba haciendo, a dónde la llevaba y a quién traía ahí, en la cajuela. Él respondía que estaba trabajando. Lo pararon, en medio de la carretera; transportaba el cadáver de un hombre de Mazatlán a Culiacán.
Explicó lo evidente: que era funerario y mostró el certificado de defunción del cuerpo que lo acompañaba. Los hombres lo rodeaban. Los radios sonaban, y los focos de las camionetas lo cegaban.
“¡Puro pancho! Ese cabrón viene a meterse a nuestro territorio. Pégale unos balazos en las patas, ahorita se va a levantar en chinga”, se decían entre sí mientras señalaban al cadáver. Abrieron las puertas y sacaron el cuerpo. Con fuerza, comenzaron a picar la carne muerta con la punta de sus fusiles. Nunca reaccionó.
“Vete, pues. No te quiero volver a ver aquí”.
Un grupo de funerarios se acercó al domicilio, ya era tarde, eso de las diez de la noche. Desde un asilo se hizo el reporte de una persona que había fallecido de manera natural. Al entrar a la colonia un grupo de punteros salió, seguido de unas camionetas; los pararon.
“¿Qué andan haciendo?”, fue la pregunta. Revisaron las unidades y explicaron el motivo de su presencia. Tras una serie de palabras obscenas, les dijeron que se retiraran, pero ya estaban ahí; no les quedó de otra que ingresar al lugar.
No obedecieron. Desde las camionetas, los hombres armados, en su afán de sacarlos, comenzaron a disparar al aire. Las motocicletas desfilaron durante toda la madrugada, las camionetas rondaban y ellos, encerrados. Esa noche durmieron con el cuerpo.
“A lo mejor la persona que nos paró era alguien, pues de alto rango ahí, que era el que mandaba y pues no le hicimos caso, y ahí estuvimos hasta las 10 de la mañana del otro día; pudimos sacar el cuerpo de ahí”.
Para las 12 o una de la mañana, ya no miras a nadie. Los que andamos somos nosotros, los funerarios y es por necesidad, por trabajo. Otros carros que andan traficando a esas horas, no es gente bien, “ya miras un carro con las luces altas y ya sabemos a qué nos vamos a enfrentar, porque gobierno no es”.
Cuando hay reportes por la noche de cuerpos violentados, son más para las orillas de Culiacán. Cuando nos acercamos, ya miras dos o tres luces de carros. Nosotros sabemos que el gobierno no anda en esas horas, es la gente que anda cuidando.
“Ahí sabemos lo que ya en el momento tienes que saber, lo que vas hablar o a qué es lo que te vas a enfrentar”.
Entre las brechas de algún ranchito, la familia encontró el cuerpo violentado de su familiar. En silencio, sin reportes ni peritajes, levantan el cuerpo y lo llevan a casa. Toman el teléfono y llaman a la funeraria. “Fue por muerte natural”, dicen.
El funerario llega al domicilio y las marcas están ahí; es un homicidio. “Nos han querido decir que levantemos el cuerpo y que ellos se encargan de hacer la muerte natural, pero en sí no podemos”.
Se ofrece la vía legal: regresar el cuerpo al lugar donde fue encontrado y realizar el reporte al 911, para que se lleven a cabo los peritajes correspondientes y no se contaminen las evidencias.
“Así no se meten en problemas ustedes y no nos metemos en problemas nosotros. Porque son cosas delicadas todo esto. Nosotros comprendemos y entendemos que es su familiar, que lo quiere tener ahí y darle sepultura. Pero nosotros no podemos”, les explicó.
Cuando los paran el proceso es rápido, el interrogatorio dura entre 10 a 15 minutos. Los sacan de las unidades, los ponen a un lado del carro o atrás en la cajuela y les hacen sacar billetera, teléfonos y si traen cigarros, se los fuman. Revisan sus gafetes, checan sus nombres y la foto, mientras otros escudriñan el interior del carro y el número de las placas.
“Si el carro está a nombre de un particular y no de una empresa, te vamos a llevar”, les dicen. El funerario respira, todo está en orden.
La cosa está en el trato, darles por su lado —explica—. Ellos andan trabajando y nosotros también. Sabemos que su chamba es más peligrosa que la de nosotros, pero también nosotros andamos peligrando.
“Y comprenden, sí comprenden. Pero hay muchos que no, por lo mismo ondeados que andan a veces”.
Desde lejos, vio al grupo de policías estatales acercarse mientras sus armas apuntaban en su dirección. Él sacó las manos por la ventana y les gritó: “¡Soy funerario, soy funerario!”. La escena era evidente: al llegar al pueblito, vio una casita humeando. La noche anterior habían arrojado bombas, y algunos cuerpos seguían ahí.
“¿Qué andas haciendo?”, le preguntó el jefecillo. “Vengo por unos muertos” —le contestó—. El jefecillo insistió en saber quién lo había mandado. Él explicó que la familia lo había contactado y solicitaron el servicio funerario.
“Retírate de aquí”, le dijeron. Se dio la vuelta por una angosta brecha y se retiró. Nunca hubo nada, nunca hallaron nada.
Artículo publicado el 29 de junio de 2025 en la edición 1170 del semanario Ríodoce.







