Estamos ante una de las obras más divertidas de la literatura mexicana de este siglo; una enorme proeza en la que se cruzan caminos, y en la que el arte de contar se despliega en toda su pureza imaginativa.
Recrear, parodiar, tomar como referencia esos libros que, de acuerdo a Borges, “se leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad”, siempre ha sido una tarea complicada, con resultados de lo más variado. La simbología de los personajes o la búsqueda de un sentido de esas grandes narraciones del pasado, denominadas clásicos, siempre arrojan inevitables desplazamientos interpretativos en el tiempo y en el espacio. Como lectores no tenemos ataduras para visualizar las posibles versiones de Ulises, o pensar en una Antígona del presente.
Es difícil que esto no suceda: leemos el tiempo de la obra desde nuestro tiempo, las pasiones humanas del pasado siguen siendo las nuestras. El sentido que le damos a esas lejanas historias no se agota en una sola dirección. Tal vez por ello, ese impulso por tocar a los clásicos, rasgar la cortina impenetrable de sus personajes y con ello desacralizarlos, ha formado parte del proceso creador de muchas escritoras y escritores.
Creo que cuando leemos Del famoso y nunca igualado corrido del Quicón Uriarte (2023), tercera novela del escritor sinaloense Miguel Tapia (1970), nos sumergimos en la vitalidad de las posibilidades de la recreación literaria, en un bello y divertido diálogo con el tiempo, el lenguaje, la imaginación y las culturas, en el que la literatura y su magistral uso de la ironía se abren a sus infinitos registros y dimensiones.
En las páginas de Tapia está ausente cualquier elemento de solemnidad, el hilo conductor es la hilaridad que se adueña de todo desde el principio. Tenemos ante nuestros ojos a un nuevo Quijote recorriendo la sierra de Sinaloa, un aficionado a los corridos que no sabe cantar ni tocar un instrumento, pero que cree que este género representa, como ningún otro, las hazañas más importantes de los hombres en la tierra. El mundo del narcotráfico, con sus atmósferas de violencia y su lenguaje, lo recorre el personaje de Quicón sin ningún temor, con una ridícula, inocente y desconcertante valentía; busca destacar en esas tierras, “demostrar que es un hombre de valía y honor, digno de inspirar un corrido que le permita acceder al olimpo de sus ídolos”.
Encontrar las huellas cervantinas en esta novela no es difícil, no están presentadas en forma de alegoría o símbolos a los que sólo tengan derecho a entender los lectores más avezados. Basta sólo con mencionar el juego de palabras que evoca el nombre: Enrique Uriarte, Quicón, Quicote; el arranque de la novela: “Por allá del rumbo de La Noria, en un rincón que nadie recuerda porque a nadie le conviene acordarse”; esos corridos de Los Cadetes de Linares, Los Alegres o Los Relámpagos, que han deschavetado al personaje, en lugar de los libros; la presencia de una nueva versión de Dulcinea. O bien, para completar el cuadro, basta con mencionar el escudero de Quicón Uriarte, su primo Socho, al que le ha prometido una troca, ya que logren llevar a buen término sus hazañas.
Esto no implica que estemos ante una obra exenta de sorpresas, ante un ridículo héroe que desata la carcajada en cada paso que da. Y es que la historia la seguimos con entusiasmo, siempre a la espera de esa situación humorística en la que el narrador colocará ese símbolo o esa pequeña escena de El Quijote conocida por nosotros. Podemos advertir que estamos ante una atinada forma de parodia, en la cual, —en términos de Hutcheon—, dos textos caminan uno “al lado de” otro, textos que son universos de los que resulta una nueva realidad literaria.
Con esta novela, Tapia conquista esa libertad lúdica a la que solo acceden los grandes novelistas, une todos estos recursos en un tono humorístico que atrapa al lector desde el primer momento, y sabe tocar magistralmente —recordando las palabras de Kundera— ese “rayo divino que descubre al mundo en su ambigüedad y al hombre en su profunda incompetencia para juzgar a los demás”.
Artículo publicado el 16 de junio de 2024 en la edición 01 del suplemento cultural Barco de Papel.



