Fallece Gustavo Enríquez, hombre de teatro y letras

Fallece Gustavo Enríquez, hombre de teatro y letras

Querido Gustavo Enríquez:

Mi amigo Gustavo Enríquez, el más loco de todos, el que acampaba solitario bajo las estrellas en la Isla de los Pájaros, el que subía cerros, el que tenía alma joven y era un artista completo. No era un personaje común y por allá hace más de 20 años que lo conocí, lo supe. Le gustaba estar en el anonimato, ahí en su casa a la que le dejaba crecer el monte para que no le robaran.

Cuidaba dos cosas; su caja de herramientas y el tendedero que cruzaba la sala de su casa, con fragmentos de lo que sería una obra de teatro.

No necesitaba más, dos troncos de madera como comedor, una estufa, una hamaca y unas cuantas latas, porque siempre dijo que primero muerto que comer carne putrefacta.

Se alimentaba de lo único, que de acuerdo a su visión, necesitaba el hombre para vivir: “Estás loco Gustavo”, siempre le decía. Nunca hubo un ser humano que lo hiciera entrar en razón.

Su teléfono lo teníamos pocas personas. Hace muchos años me dijo: te lo voy a dar solo por si muero le digas a mi familia, pero la contestadora respondía; terrícola aquí Gustavo Enríquez deja tu mensaje.
Nunca pensé en eso. Gustavo era un hombre lleno de vida que escribía a desmedida; tomaba fotografías, pintaba, daba clases de teatro y montaba historias. También sabía de memoria las obras de Shakespeare y la poesía de Tagore.

La despedida

Hace tres meses lo miré por última vez, pero desde entonces nunca dejé de recordarlo. Desayunamos en el Café Miró, yo pedí chilaquiles y él un plato de fruta, no se la comió.

Platicamos mucho, recordamos aquellos tiempos en los que cantamos a Sabina, Milanés, Silvio, Filio, Alí Primera, mientras que Juan Jiménez tocaba la guitarra, en el Hotel Francis. En ese entonces, él escribía los boletines de Difocur, se hizo mi maestro y mejor amigo.

Después de los eventos culturales, nunca faltamos en el bar con la también querida Itzel Navidad.

ustavo era un ser profundamente humanista, nunca quiso que lo llevara a su casa en las madrugadas, siempre pedía que lo dejara en Catedral para tomar un taxi o se iba con su frac negro en bicicleta.

GUSTAVO ENRÍQUEZ.

Así llegaste ese día pedaleando, porque tenías cita en el ISSSTE, aún no sabías qué tenías, pero ese no fue el tema y en la mesa contigua estaba Ito Contreras. Hablamos mucho, quizás cuatro horas. Nos despedimos.

A los días te llamé y quedaste de sumarte a un proyecto de teatro, no llegaste. Eso fue extrañísimo, recuerdo que a tus alumnos por llegar cinco minutos tarde, los sacabas de los mensajes, solo a mí me daba ese margen o se iba, ja.

No contestaste por unos días. Finalmente lo hiciste, estuviste internado por desnutrición severa. Me molesté y quedé en ir a tu casa, pero ya no estabas aquí, tu familia vino por ti para llevarte a Chihuahua.

Recibí un correo: “Azu disculpa que me vine sin avisar, ya conoces a mis hermanos. Me la he pasado en hospitales y estudios”. Esa fue nuestra despedida. Te habré mandado más de 20 correos sin respuesta.

La partida de un amigo

Hoy supe que partiste, pero ya nos habíamos dicho adiós. Gustavo, mi amigo por siempre, ese mismo que llegó buscando sueños a Sinaloa, dejando su natal Ávalos, Chihuahua, para trabajar hasta jubilarse en el ISIC y ser un prolífico artista.

Querido Gustavo siempre vas a ser mi mejor amigo, el más loco de todos, aún te hayas ido. Yo siempre te voy a admirar. Miraré el vuelo de los pájaros que tanto te gustaba y que alguna vez me imprimiste en una instantánea.

Voy a decirle a tu hija Niki, que siempre hablamos de ella y en todas tus obras de teatro estuve para aplaudirte. También cuando te mandaba algún texto y me decías: “Es una porquería, tíralo, no escribas como la gente quisiera que lo hicieras, escribe con el corazón, con lo que tú eras”, y le contaré cuando hicimos slam en el concierto de La Maldita Vecindad, pero a lo más que llegamos tú, yo, Roxana y Marlén fue a llenarnos de polvo.

Primero muerto me dijiste y lo cumpliste.

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