La mirada del ‘Rey’


Duró un instante, un suspiro, nada. Estaban frente a frente Joaquín el Chapo Guzmán y Jesús el Rey Zambada, los viejos socios del Cártel de Sinaloa y compañeros de muchas andanzas para fortalecer la organización. La que hoy está en entredicho, si sigue siendo, o dejó de ser la más poderosa del mercado de las drogas del continente.

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“El Rey se paró de su asiento, y por primera vez desde que entró a la sala, volteó a ver al Chapo. Éste le sostuvo dignamente la mirada desde su asiento, y por una milésima de segundo, compartieron un intercambio del cual nadie en el resto de la sala fue parte. Después de asentir mínimamente, el Rey dio media vuelta…”, y se fue lentamente acompañado de sus custodios con el humillante y sombrío traje azul de reo, nos lo dice la reportera Alejandra Ibarra y lo refrenda Miguel Ángel Vega, que prestan sus servicios a un Ríodoce que con esta cobertura crece en un tema que está en su ADN.

Y con esa descripción puntual, Ibarra nos traslada a esa sala de grandes significados, desde la justicia simple, llana, inequívoca de “equal justice under law”, igual justicia bajo la ley, hasta los sentimientos encontrados o temerosos de los miembros del jurado; donde los gestos más nimios del lenguaje no verbal podrían entrañar mensajes, claves, alertas, complicidades, una disculpa anticipada y sentida. Sin ellos, el crimen organizado sería otra cosa, más cercana a lo banal e irrelevante.

La mirada, digamos, sería en su variante mexicana lo que para los sicilianos es la omertá la indomable ley del silencio que hace que los secretos se lleven hasta la tumba. El temple se pone a prueba cuando uno de los suyos ya está ante un juez federal que tiene evidencia contundente en mano. Se trata de dar vuelta a los señalamientos jurídicos y facilitar el trabajo a la defensa jurídica.

Aceptando aquello que es público, notorio, indiscutible, rechazando donde existen sombras, lagunas por dilucidar, afianzar la idea del mito que ya soltó sin rubor el abogado Jeffrey Lichtman que lleva el caso del Chapo. ¿Tanto en una mirada? Eso y más en estos hombres duros del Cártel de Sinaloa. Que saben del sentido de oportunidad en situaciones extremas donde se les puede ir la vida en un tris. El tiempo finito que les resta a su complicada existencia.

¿Cuántas veces no habrán manifestado esa sensación de último instante ante la amenaza de sus enemigos, las traiciones, la policía, los militares, la DEA? En ese recuerdo recurrente está la fuerza para subsistir ante la adversidad circunstancial, amenazante, inquietante. La fuga hacia adelante que al final no puede ser más que un precipicio larga y pacientemente construido hasta darle la vuelta al destino.

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¿Acaso no es parte de la memoria imperativa de que todo se puede, luego de las fugas de Puente Grande y Almoloya de Juárez? Así, no nos confundamos, en ese asentimiento fugaz hay algo más que un gesto sin sentido, un guiño entre amigos, y que el juez pone frente a frente, con la idea de que ellos mismos terminen con sus vidas civilizadamente, siendo juzgados para ser llevados a una celda de aislamiento, con los mitos todopoderosos, que se les exhiba como unos viles y ruines criminales destinados a cadena perpetua o la antesala de la descarga mortal en la silla eléctrica.

O mejor, o peor, que luego todos esos gestos sean parte de un espectáculo que termine siendo el último capítulo de la narco serie de El Chapo, que lo ha convertido en una figura legendaria y hasta una conducta aspiracional entre millones de jóvenes sin futuro, alucinados con estas epopeyas mediáticas. Como en su momento, su primera juventud, lo fueron el Chapo y el Rey. Que se vieron probablemente en su alter ego llámese Rafael Caro, Don Neto, Félix Gallardo o Juan José Esparragoza, el Azul.

Las miradas, nos dicen, es el espejo del alma. ¿Será?

Artículo publicado el 25 de noviembre de 2018 en la edición 826 del semanario Ríodoce.

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