Panteones de París II

Caminar por el boulevard Edgar Quinet hasta llegar al número 3 significa sentir el rocío de polen que desprende un árbol de brazos caídos. Es un buen augurio. Adelante está el portón que revela una amplia avenida peatonal del Cementerio de Montparnasse, ubicado en el corazón de la bohemia donde transitaron alguna vez los miembros de la llamada generación perdida, como nombró la escritora Gertrude Stein a Faulkner, Hemingway, Pound, Dos Passos, entre otros que vivieron en los años duros. Nada que ver, más que por los fines de reposo, con el cementerio Pére-Lechaise.

Esta es una planicie de 19 hectáreas que rápidamente se recorre de norte a sur, de este al oeste. Claro, a la entrada está el diagrama de localización de los anfitriones célebres, que vuelven más difícil la localización de cualquiera a quien se propone visitar (¡Por ejemplo, la tumba de Cortázar se encuentra en la tercera división, segunda sección, 17 oeste, up!). Pero luego de la experiencia peatonal de Pére-Lechaise había que dar el paso y qué mejor disfrutando la aventura, que no existe cuando vas a un supermercado donde tienes información precisa dónde están las frutas, las verduras, los yogurts o las cervezas.

El visitante tiene mucho de curiosidad y algo, o quizá la misma cantidad, de morbosidad, sentir la presencia del ausente de aquel que invitó a la imaginación. Llevaba en la mente algunos de mis elegidos. Entre los mexicanos había dos que me provocaban cierta tentación. Carlos Fuentes, a quien había conocido en Culiacán cuando Ismael Bojórquez me pidió que lo entrevistara junto con Yadira Carrera para Noroeste, durante la entrega del Honoris Causa que le brindó la Universidad Autónoma de Sinaloa.

Se le recuerda por la pulcritud de su presencia y también por su obra. El último de sus libros que leí fue el más íntimo, biográfico y estremecedor: En esto creo, donde el autor también de Aura habla entre otros temas de su relación poco ortodoxa con sus tres hijos. La sorpresa al estar frente a la tumba es que dos de ellos, luego de vidas cortas y atribuladas reposan con él y están a la espera, literalmente, ahí está su nombre, de quien fue su esposa Sylvia Lemus.

El otro inevitablemente es Porfirio Díaz, quien se encuentra en una de las orillas del panteón y sorprendentemente, es una capilla alta que ese día veraniego tenía flores frescas. Al fondo de la capilla se ve la bandera de México como un trozo de la nostalgia que se llevó su vida.

Entre los no mexicanos me interesaba visitar la tumba de Julio Cortázar, al que no fue difícil encontrar porque ahí estaban unos jóvenes haciéndose la selfie correspondiente. Es una tumba sin ostentación con una pequeña escultura de varios círculos de mármol que delata sutilmente el ciclo de la vida y donde se invita a “respetar la claridad y la calma de la tumba”. Busqué infructuosamente la tumba del fotógrafo húngaro Gyula Halász, mejor conocido como Brassaï y menos como el “ojo de París”, como lo bautizó Henry Miller durante los años difíciles del periodo de entreguerras. Igual la del poeta peruano César Vallejo, que en uno de sus poemas alguna vez preconizaba: Me moriré en París con aguacero, un día del cual ya tengo el recuerdo. Y en efecto, ahí murió, en la más absoluta pobreza, en uno de los hospicios para menesterosos.

Una tumba que especialmente me había llevado a Montparnasse es donde reposan los restos de los escritores Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir. Uno considerado padre del existencialismo y la otra la mayor precursora intelectual del feminismo. No tuve problemas para encontrarla, se encuentra entrando al lado izquierda del portón. Es una tumba sencilla como corresponde a los grandes y donde están sus nombres en orden cronológico de su fallecimiento. Sartre murió en 1980 y Beauvoir en el 1986. Antes de partir a París había leído el libro que escribió Simone sobre los años de la decadencia física de su pareja: La ceremonia del adiós. Un texto íntimo y triste donde no sólo habla de sus males, entre ellos, el alcoholismo de Jean Paul, sino sus compromisos de toda la vida con el pensamiento de izquierda. Recordemos: simpatiza con el maoísmo y la Revolución Cultural China, como muchos intelectuales franceses de la época y quizá ello explique que cuando se acercó a la revolución cubana le haya merecido la bienvenida y despedida del comandante Fidel Castro por sus compromisos con la URSS.

Me quedo con el final de La ceremonia del adiós porque recoge el sentido universal de la vida y del amor: Su muerte, escribe Simone, nos separa ¡Mi muerte no nos unirá. Así es: ya fue hermoso que nuestras vidas hayan podido estar de acuerdo durante tanto tiempo!

El polen afuera del cementerio seguía cayendo como una despedida sin fin.

Artículo de opinión publicado el 5 de agosto de 2018 en la edición 810 del semanario Ríodoce.

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