Señalamientos, nervios y deserciones en el ‘juicio del siglo’ contra el ‘Chapo’

 

Un inicio atropellado y alegaciones incendiarias en el primer día del juicio en contra de Joaquín Guzmán Loera.

“Este caso es sobre drogas”, dijo Adam Fels abriendo con los alegatos iniciales de la fiscalía el martes 13 de noviembre en la corte federal de Nueva York en Brooklyn durante el juicio contra Guzmán Loera.

Sentados frente a él, los 12 miembros del jurado y seis suplentes, escuchaban atentos. “Este caso es sobre dinero”, añadió Fels, mientras un hombre afroamericano canoso fruncía el ceño desde la primera fila del jurado. ‘Este caso es sobre violencia”, continuó mientras una mujer joven de tez blanca mascaba un chicle desganada. “Este caso”, cerró el fiscal, “es sobre un vasto imperio global de tráfico de droga”.

En la segunda mesa detrás del fiscal, sentado junto a una intérprete que le traducía todo en tiempo real, Guzmán Loera escuchaba atento. Le dolía el oído, explicó Eduardo Balarezo, uno de los abogados de la defensa, por lo que no podría usar audífonos para la traducción.

De vez en cuando, Guzmán Loera relajaba la semblanza y volteaba a la izquierda, cambiando su atención de la espalda de Fels y las caras de los miembros del jurado, para buscar la mirada de su esposa, Emma Coronel, sentada en la segunda fila del lado de la defensa, frente a una hilera de periodistas.

Coronel, que se ponía y se quitaba los audífonos de la traducción simultánea, vestía un traje negro satinado con terciopelo en las mangas y el cuello. A su derecha, su amiga identificada solamente como Shirley, la acompañaba en solidaridad. El resto de la banca estaba ocupada por miembros del equipo legal de la defensa. Sus hijas, en México.

A pesar de que el juicio había empezado seis horas antes, los alegatos iniciales de la fiscalía comenzaron hasta las 15:30 horas. Antes de que iniciara el juicio, pasadas las 8:30 horas, Coronel esperaba sentada con el cabello en una coleta impecable, las piernas cruzadas con sus zapatos de tacón negros y una bolsa de mano Louis Vuitton sobre las piernas.

Afuera, los miembros del público y de la prensa que no alcanzaron a entrar, esperaban formados detrás del detector de metales del octavo piso, custodiado por alguaciles, personal de seguridad de la corte y un equipo de al menos dos guardias del equipo de detección de bombas y un perro. Si alguno de los 26 reporteros que entraron a la sala decidía salir del cuarto y bajar un piso, las personas en la fila podrían ocupar su lugar.

Adentro, los abogados de la defensa habían saludado uno a uno, con un abrazo y beso en la mejilla, a Coronel. Una de las abogadas bilingües se acercó para darle un resumen de lo que pasaría.

“Emma”, le dijo en español con acento, “estamos bastante preocupadas”. Y después de una breve pausa agregó “digo… ocupadas. Ocupadas”.

“Ah…”, respondió Coronel entre risas nerviosas, “ya decía yo ¿preocupadas, por qué?”

Mientras tanto, por la parte de atrás, entraban dos abogados de la fiscalía empujando, cada uno, un carrito desbordándose con carpetas de documentos.

Al fondo, en el extremo derecho de la sala 8D, Jeffrey Litchman, abogado de la defensa, caminaba de un lado a otro. Con sudor en la cara y un fólder de hojas entre las manos, se le veía nervioso mientras practicaba sus alegatos iniciales. El Juez Brian M. Cogan entró a la sala, dando inicio a los procedimientos. Litchman, dejando de lado lo que parecía nerviosismo inicial, tomó su lugar en la mesa de la defensa, frente a la mesa de los abogados de la fiscalía.

Escoltado por los alguaciles con chalecos antibalas, Guzmán Loera entró a un cuarto lleno de expectativas y cargado de silencio contenido. Vestía un traje azul, una camisa blanca y una corbata color gris con rayas azules.

Al entrar a la sala por la puerta de madera detrás de la mesa de sus abogados, lo primero que hizo fue voltear a las bancas y buscar con la mirada a Coronel. Levantando la mano izquierda le hizo un saludo desde su lugar en la mesa, al cual Coronel correspondió con un saludo igual. Hasta ese momento, nadie sabía que el juicio estaba a punto de complicarse.

“Tenemos dos problemas con el jurado”, anunció el juez Cogan pasadas las 9:45 horas del primer día del juicio después de que Guzmán Loera se sentara junto a sus abogados.

El primer problema era en relación a una persona del jurado, una mujer joven que hablaba español y había llorado profusamente el jueves pasado al quedar seleccionada. El martes en la mañana, antes de iniciar con los procedimientos del juicio, le había hecho llegar una carta escrita a mano al juez donde enlistaba una serie de problemas de salud derivados del estrés y la ansiedad generados por ser parte del jurado.

El juez Cogan pidió a los abogados tanto de la defensa como de la fiscalía decidir si le permitirían salir del proceso. El equipo de abogados de la defensa, encabezado por Eduardo Balarezo, Jeffrey Lichtman y William Purpura se reunió a discutir su postura al respecto. Al extremo izquierdo de la sala, los fiscales Adam Fels y Ariana Fajardo Orshan, confirieron con su propio equipo de abogados.

El segundo problema era en relación al miembro del jurado de mediana edad del sur de Asia. Este hombre, que lleva 32 años viviendo en Nueva York, es dueño de su propio negocio. Le preocupaba pasar cuatro meses en el juicio y cómo eso afectaría su ingreso.

Después de deliberar ambos casos, los abogados decidieron dejar que el primer miembro del jurado saliera del proceso legal, dejando al segundo en el jurado por falta de evidencia. Para no quedarse con solo cinco suplentes para un caso de cuatro meses, los abogados, cinco periodistas, el juez y el acusado, fueron a una sala separada para elegir al jurado suplente faltante. Ese proceso duró de las 10:00 horas hasta las 15:30 horas.

Mientras tanto, en la sala 8D, Coronel esperaba paciente. Balarezo se le acercó para explicarle lo que estaba pasando, y Coronel aprovechó para decirle que estaba inconforme con la corbata que le habían escogido a su esposo.

Cuando regresaron a la sala, a las 3:15, después de un descanso durante el cual recibieron un almuerzo y eligieron a los miembros restantes del jurado, Guzmán Loera buscó nuevamente la mirada de Coronel antes de sentarse junto a la intérprete.

Había un problema más con un jurado, explicó el Juez Cogan al reiniciar la sesión. Uno de ellos dijo que uno de sus familiares estaba muy grave de salud y era posible que falleciera. El juez decidió proceder con el juramento y darle un día libre al miembro del jurado, en caso de que necesitara ir a un funeral.

Para dar inicio a los alegatos en los cuales tanto la defensa como la fiscalía presentarían sus casos, el fiscal Fels se paró de la mesa de la defensa, y estirando su traje azul se posicionó detrás del podio, de frente a las caras atentas de los 12 miembros del jurado e inició. *Este caso es sobre drogas. Este caso es sobre dinero. Este caso es sobre violencia. Este caso es sobre un vasto imperio global de tráfico de droga”.

Procedió a explicar que la fiscalía comprobará que Guzmán Loera amasó una fortuna de billones de dólares de 1989 a 2014 mediante el tráfico de drogas. Fels narró el ascenso del Chapo desde un niño vendiendo naranjas y pan horneado por su madre en las calles sin pavimentar de La Tuna, hasta convertirse en el líder del Cártel de Sinaloa. Corrupción, tortura, secuestro y asesinatos son algunas de las actividades que la fiscalía le atribuye a Guzmán Loera como líder del cártel.

Enlistando cuatro envíos de droga en los cuales lograron incautar 850 millones de dólares, Fels arguyó que Guzmán Loera “usó su operación para inundar las calles de Brooklyn, Nueva York y el resto de Estados Unidos con toneladas de mariguana, metanfetamina, cocaína y heroína”.

Algunos de los crímenes que la fiscalía pretende probar son: el asesinato a punta de pistola de dos hombres a manos de Guzmán Loera, quien después ordenó que se les enterrara en un hoyo para prenderles fuego a sus cuerpos, el homicidio de su propio primo y el asesinato de un narcotraficante y su esposa en un cine, a causa de faltarle el respeto a Guzmán Loera.

Fels narró una cronología de actividades delictivas del Chapo desde los años 70 hasta 2014, incluyendo la expansión del tráfico de droga de mariguana a cocaína, el trato comercial con los cárteles colombianos, el proceso de apreciación de droga conforme ésta se acerca a la frontera con Estados Unidos, sus historias de fuga de la cárcel y las guerras que, la fiscalía dice, desató por control territorial.

Para comprobar tanto su rol como líder del Cártel de Sinaloa como la continuidad de crímenes, la fiscalía se va a basar en mensajes enviados por el propio Guzmán Loera, llamadas interceptadas y testimonios de testigos.

“Con las incautaciones, carpetas, testimonios, grabaciones, video, textos y cartas, estamos seguros de que el jurado va a llegar a una conclusión y solo una: que el acusado es culpable de todos los cargos”.

Después de una sobria y fría presentación por parte de la fiscalía, correspondió a Litchman realizar los alegatos iniciales para la defensa.

“Los alegatos iniciales de la fiscalía no son evidencia”, inició, “la verdad es otra, y es una mucho más fea. Es una verdad que involucra a los gobiernos de Estados Unidos y México, así como otros países de Centroamérica y Sudamérica”.

Mandatarios de estos países, según su argumento, son tan corruptos que se hacen de la vista gorda mientras los capos operan durante décadas en sus países para echar a andar sus pobres economías, pero sobre todo para rellenar sus propios bolsillos.

Litchman pidió al jurado estar perceptivos a lo que van a escuchar durante el juicio, recordándole al jurado que la defensa no tiene que probar nada. Es la fiscalía, en cambio, quien tiene que probar sin dudas razonables, que Guzmán Loera es culpable de los cargos que se le imputan.

El abogado de la defensa narró una historia paralela a la de la fiscalía, pero muy diferente. Una historia donde Guzmán Loera no fue el líder del Cártel de Sinaloa, sino un chivo expiatorio elegido por el gobierno para culpar del asesinato del Cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo en el aeropuerto de Jalisco en 1993. Un asesinato, dijo Litchman, llevado a cabo por el Cártel de los Arellano Félix en conspiración con el gobierno.

Esta historia, el abogado de la defensa aseguró, va a ser corroborada por los mismos testigos de la fiscalía, quienes lograron comprar hasta a agentes de la Administración para el Control de Drogas​ (DEA por sus siglas en inglés). Estos mismos testigos, degenerados, violentos como los llamó Litchman, van a poder quedarse en Estados Unidos a cambio de cooperar con la fiscalía.

Según la defensa, el verdadero líder del Cártel de Sinaloa es Ismael el Mayo Zambada. Y entre los testigos de la fiscalía, estarán dos de sus hijos y su hermano Jesus Reynaldo Zambada Garcia –el Rey Zambada– extraditado a Estados Unidos en 2012.

En su alegato inicial, Litchman explicó que la corrupción del gobierno mexicano es tan antigua que llega hasta el ’93, en ese entonces, dijo, los Arellano Félix tenían conexiones presidenciales. Y tan profunda como el hecho de que el Cártel de Sinaloa pagaba millones de dólares a los presidentes Enrique Peña Nieto y Felipe Calderón.

Antes de que terminara el primer día en este juicio sin precedentes, el Juez Cogan dio una actualización sobre el miembro del jurado que había expresado preocupación por un familiar. Su suegra murió durante la noche en una sala de emergencias del hospital.

Frente a un jurado visiblemente cansado y dentro de una sala electrizada por las acusaciones realizadas en sus alegatos iniciales, Litchman añadió, poco antes de terminar: “Buenos días. Buenas tardes. Buenas noches. Han estado aquí una larga jornada, yo soy Jeffrey Litchman y tengo el privilegio de presentar al señor Guzmán Loera”.

La segunda parte de sus alegatos iniciales continuará el miércoles 14 de noviembre en la misma corte.

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