¿Quién fue el primer presidente de México?

En San Ignacio de Tamazula, antigua provincia de la Nueva Vizcaya, hoy estado de Durango, el 29 de septiembre de 1786 nació José Miguel Ramón Adaucto Fernández Feliz, sus padres fueron don Manuel Fernández y doña María Alejandra Feliz. Tuvieron cuatro hijos más: Ildefonsa, Dionisia, Gertrudis y Francisco.

Al morir los padres, la familia quedó a cargo de un tío que era sacerdote de la parroquia, un hombre muy estricto y al poco tiempo, cuando José Miguel cifraba los 19 años, huyó a la capital del estado llevando consigo solo un libro: Gramática de Cejudo.

Su deseo era estudiar letras. Anduvo vagando por la ciudad, pero su aspecto desgarbado y sucio llamó la atención de los gendarmes, lo llevaron detenido por vago y sin oficio al claustro de San Francisco; pidió lo llevaran ante el rector argumentando que él llevaba una recomendación, su audacia hizo que le asignaran asilo, pero tenía que servir de portero para desquitar su estancia, lo que aceptó con gusto.

Empezó a leer y prepararse para lograr su objetivo: estudiar letras; transcurría el año de 1806, ingresó a la clase de filosofía, para ello fue sometido a rigurosos exámenes, fue una sorpresa para todos cuando logró pasar sobradamente las pruebas.

Al final del curso fue galardonado con el premio supra locum, y además, le becaron para que se dedicara de lleno a los estudios. Su maestro de retórica José Francisco Gandarilla lo tomó bajo su protección, y lo alojó en sus aposentos.

Al año siguiente, los maestros del claustro aceptaron la solicitud del joven José Miguel; ahora pedía ser enviado a la ciudad de México, la capital de la Nueva España, en donde pretendía estudiar la carrera de abogado.

Gandarilla, su tutor, lo recomendó con el marqués Juan Francisco de Castañiza, y al comprobar las dotes del muchacho, le consiguió una beca para que estudiara derecho civil y canónico, lo cual pudo lograr gracias a su sobrada inteligencia. José Miguel aprendió disciplina eclesiástica, ministerios, textos sagrados, negocios y sacramentos.

El 26 de abril de 1811 logró su inscripción en primer grado de leyes en la Universidad de San Ildefonso. En ese tiempo tuvo dos novias: Ildefonsa Reyes y Carolina Romero, ambas pertenecientes al círculo de Baltasar Bravo, el rector de la universidad, quien por disposición del gobierno hizo que sus colegiales sentaran plaza de soldados cívicos y tomaron las armas.

El licenciado Juan Nazario Peimbert, amigo de Bravo, invitaba a José Miguel a tertulias donde su hija Margarita tocaba el piano, ahí se hablaba mucho del movimiento independentista por el que luchaban miles de criollos en el país.

José Miguel Fernández se inscribió en la Academia Teórica-Práctica de Jurisprudencia a cargo del Ilustre y Real Colegio de Abogados, esto con el fin de obtener su grado de abogado, pero no logró su pasantía debido a que se enteró de las luchas que en contra de la esclavitud y en aras de la libertad enfrentaba don José María Morelos y Pavón; decidió buscarlo para unirse al movimiento.

Tenía 24 años y así empezó una nueva etapa en su vida. Se internó en la sierra del sur para buscar al generalísimo, fue detenido por las tropas del general Hermenegildo Galeana, y al ser llevado ante Morelos, con vehemencia le explicó de sus ideales por la patria. Así, el joven Fernández lo convenció y lo aceptó, de inmediato lo instruyó enseñándole sobre las estrategias para vencer al enemigo. La primera experiencia guerrera la sostuvo en Cuautla al mando de Morelos y alternando con los insurgentes Mariano Matamoros, Manuel Montaño, Víctor y Miguel Bravo, Manuel Mier y Terán, Vicente Guerrero, Pablo y Hermenegildo Galeana.

El joven José Miguel Fernández Feliz participó en la toma de Oaxaca, el 10 de noviembre de 1812, fue una lucha intensa, cruel, en la que tuvieron que exponer todo con valor y destreza. En un arranque de desesperación, Fernández arrojó su espada dentro del parapeto enemigo y gritó a sus soldados: “¡Llegaremos! ¡Va mi espada en prenda! ¡Vamos por ella!” Enseguida se arrojó al foso, a nado, lo atravesó y llegó hasta el enemigo, seguido de sus soldados se enfrentó y los vencieron. A la una de la tarde, Oaxaca ya estaba en poder de Morelos, y González Sarabia, general de las fuerzas del imperio español, tomado prisionero. En reconocimiento a su valor, el joven Fernández es ascendido a Coronel, y es en ese momento que decide cambiar su nombre por el de Guadalupe Victoria.

Muchas fueron las acciones guerreras del General Guadalupe Victoria, entre ellas destaca una que tiene tintes de increíble, esto ocurrió en la selva veracruzana, en la entrada de una caverna en la que tuvo que esconderse por varios meses; cuenta: “un día, ya muy débil, pensé que ya no podía resistir más, sintiendo que mi fin estaba cercano. Me disponía a morir cuando aconteció que un zopilote voló hasta a mí para posarse sobre mi pecho y me picoteó la boca, un estremecimiento de horror hizo presa de mí y, reuniendo mis últimas fuerzas, atrapé al ave, le desgarré el pescuezo a dentelladas y le chupé la sangre; como de milagro, me sentí lo suficientemente fuerte para seguir adelante…”

El 10 de octubre de 1824, el Soberano Congreso concluyó el asunto de la Constitución, y procedieron a dar nombramiento al primer presidente de México. A las 12 de aquel día entraron al Palacio del Congreso los generales Nicolás Bravo y Guadalupe Victoria, el primero juró como vicepresidente y el segundo como Presidente.

Gobernantes, seguimos exigiendo ¡Justicia! ¡Justicia! ¡Justicia! para nuestro compañero y amigo Javier Valdez Cárdenas y más de 130 asesinados en el sexenio de Enrique Peña Nieto.

Fuente de datos: libro Guadalupe Victoria El Águila negra —la historia del primer presidente de México—. Autor: Armando Victoria Santamaría, Editorial Planeta 2017.

*Escritor, sus novelas están en librerías Educal, Gonvill y México.

 

Artículo de opinión publicado el 4 de febrero de 2018 en la edición 784 del semanario Ríodoce.

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