El ‘Chapo’ y el Cártel de Sinaloa, la historia contada por el ‘Rey’ Zambada

“¿Cómo conoces al acusado?” le preguntó la fiscal al tercer testigo, un hombre casi completamente calvo, barba de candado, lentes de pasta negros y una mirada inexpresiva. “Como el Compa Chapo, Joaquín, el Rápido“, respondió Jesús Reynaldo Zambada García –El Rey Zambada desde el asiento del testigo vistiendo su uniforme azul de prisionero.

En el segundo día del juicio contra Joaquín Guzmán en Nueva York, el Rey Zambada contó que vio al Chapo por primera ocasión cuando su hermano, el Mayo, y él lo ayudaron a escapar de un operativo de fuerzas especiales del ejército. Se acababa de escapar de la prisión de Puente Grande. El Rey dijo haberle conseguido un lugar para aterrizar un helicóptero.

Durante las siguientes tres horas, en la sala 8D en la corte federal de Brooklyn, el testigo describió la estructura del Cártel de Sinaloa, las operaciones de importación y tráfico de droga desde Colombia hasta Estados Unidos, las utilidades netas, el tipo de funcionarios en la nómina del cártel y su propia función dentro de la organización.

“Empecé estableciendo el sistema contable para los clientes de cocaína aquí en EUA”, dijo el Rey sobre sus actividades en la organización criminal de 2001 a 2008. “Presté servicio de inteligencia y seguridad hasta llegar a recibir cargamentos de cocaína por vía marítima, aérea y manejar bodegas en la Ciudad de México de los diferentes lugares que venía. Controlaba el aeropuerto de la Ciudad de México y las autoridades para darle la seguridad a los movimientos de narcotráfico en la ciudad y darle seguridad a los líderes del cártel”.

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La estructura del cartel de 1992 a 2008, dijo, consistía en los líderes principales, sublíderes, trabajadores y grupos gubernamentales de protección. Los líderes eran el Mayo, el Chapo, el Azul y Amado Carrillo Fuentes. Los sublíderes, que manejaban diferentes plazas en la República Mexicana, eran Nacho Coronel, Arturo, Alfredo y Héctor Beltrán Leyva y el Rey, por debajo de su hermano y líder en la Ciudad de México.

Para ilustrar el alcance de los sobornos y la organización de los recursos del cártel, el Rey dijo: “Si un cargamento de Colombia tiene que llegar a Guerrero, hay un sublíder ahí. ¿Chiapas? Ahí hay otro. ¿Guerrero? Otro. ¿Jalisco? Otro. ¿Sonora? ¿Sinaloa? Otro líder”.

Su testimonio incluyó detalles sobre tráfico de cocaína en lancha rápida, menciones de submarinos, barcos mercantes, aviones pequeños, regulares y jets, pipas de gas para el transporte seguro de cocaína y el soborno a oficiales de la PGR, a los que llamaban yanquis, y oficiales de Caminos y Puentes Federales, llamados pumas.

Durante un largo periodo, el Rey describió a lujo de detalle las ganancias que obtenían los líderes y sublíderes de una inversión de cocaína comercializada con éxito en California, Chicago y Nueva York. Sin dudar, pausar o equivocarse, el testigo realizaba cálculos contables con comodidad y soltura frente a un jurado que no dejaba de tomar notas en sus blocs de hojas amarillas y bajo la mirada atenta y pesada del Chapo.

El acusado había volteado su silla para verlo de frente. Sin necesidad de la traductora para el testimonio del Rey, se dedicaba con toda su atención a escuchar la serie casi interminable de detalles con los que el testigo describía las operaciones del Cártel de Sinaloa.

Justo antes del descanso de la tarde, el Rey describió un envío fallido en 1994, cuando venía un cargamento de 20 toneladas de cocaína a la costa de Nayarit frente a puerto Vallarta. La tripulación, pensando que se los iban a interceptar, hundieron la cocaína. Pero después la recuperaron con un equipo de buzos de profundidad.

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Después de esa anécdota, el Juez Brian Cogan ordenó un breve descanso. Para salir, el Rey Zambada se paró de su asiento, y por primera vez desde que entró a la sala, volteó a ver al Chapo. Éste le sostuvo dignamente la mirada desde su asiento, y por una milésima de segundos, compartieron un intercambio del cual nadie en el resto de la sala fue parte. Después de asentir mínimamente, el Rey dio media vuelta y salió escoltado de la sala vistiendo su uniforme de prisionero.

De poco sirvió el último descanso para un jurado agotado. Los miembros del mismo regresaron suspirando, dándole sorbos al agua dentro de sus vasitos de cartón.

Después el Rey explicó minuciosamente y haciendo las cuentas que la fiscal le requería, las diferencias en las utilidades que genera importar cocaína a California, Chicago o Nueva York.

En la última parte de su testimonio, el primer testigo clave de la fiscalía narró que las bodegas que él supervisaba guardaban los cargamentos del Chapo, el Mayo, Genaro Payán, Nacho Coronel, el Azul, Arturo, Alfredo Héctor Beltrán Leyva en la Ciudad de México. Después el Rey tenía que ponerle las marcas a los tabiques de cocaína colombiana, según el productor. Éstas tenían nombres tan diferentes como: reina, randor, alacrán, pacman, coca cola, R, B, corona. Dijo que entre 80 y 100 toneladas de cocaína pasaban por su bodega al año, generando miles de millones de dólares.

A partir de su escape de Puente Grande en 2001, dijo que Guzmán Loera estuvo en las montañas entre Chihuahua, Durango y Sinaloa, a donde él lo fue a visitar varias veces. En la Ciudad de México trabajaba también el hermano del Chapo, Arturo Guzmán, así como Martín Moreno, Arturo y Héctor Beltrán Leyva.

La última vez que habló con el Chapo fue en 2008, por celular, cuando el Mayo estaba en la Ciudad de México y se lo pasó para saludarlo. Ese día, el Chapo le pidió que hablara con Arturo Beltrán Leyva para negociar un tratado de paz “porque había guerra”, dijo el Rey. “¿Entre quiénes?” le preguntó la fiscal, por medio de la intérprete sentada junto al testigo. “Entre Arturo Beltrán Levya y Guzmán Loera, y por lo tanto, con mi hermano y todo el Cártel de Sinaloa también”.

Durante el día dos del llamado “Juicio del Siglo”, además de la declaración del hermano de Ismael Zambada García, quien mañana jueves continuará con su testimonio, también se escucharon a dos funcionarios retirados de la DEA. La fiscalía arrancó armando su caso en torno al tráfico internacional de cocaína.

La sala tuvo un flujo ordenado de reporteros y público entrando por la doble puerta de madera. Entre los miembros del público, un abogado se formó desde pasadas las 5:00 horas para poder escuchar al afamado equipo de la defensa en acción. Poco a poco, los asientos de las bancas de la sala en la corte federal de Brooklyn se fueron llenando.

Minutos antes de que iniciaran los procedimientos, Emma Coronel Aispuro, la esposa del acusado, entró con una mirada solemne. En silencio, se sentó en medio de la banca vacía designada para la defensa. Con el cabello negro y lacio hasta la cintura sobre un saco verde grisáceo aterciopelado con grecas y unos leggins negros, esperó la entrada de su esposo. Guzmán Loera entró a la sala con un traje gris, una camisa rosa claro y una corbata morada. Intercambiaron miradas de inmediato.

Una vez iniciada la sesión, el Juez Cogan le advirtió al abogado de la defensa, Jeffrey Litchman, que cuidara sus palabras en los alegatos iniciales, después de que la fiscalía presentara una moción para desestimarlos por completos ya que, argumentaban, éstos estaban basados en rumores.

Miguel Ángel Martínez, Alex Cifuentes y Jorge Cifuentes –narcotraficantes colombianos que trabajaban para Escobar, César Gastelum –a quien se le conoce por haber sido la mano derecha del Chapo— y Dámaso López el Licenciado son algunos de los testigos cooperantes que se esperan en los siguientes días del juicio.

“Estos son solo algunos ejemplos”, dijo Litchman “de la basura de seres humanos que van a testificar en esta corte”. La estrategia de la defensa parece, será un esfuerzo por deslegitimar la credibilidad de los testigos de la fiscalía, quienes son parte clave de su evidencia.

Alrededor de las 10:45 de la mañana, un hombre mayor, menudo, casi completamente calvo y con barba de candado entró a la sala. Era Carlos Salazar, agente retirado de la Agencia de Migración y Aduanas. Hace más de 25 años, el 11 de mayo de 1990, Salazar y su equipo encontraron un túnel de aproximadamente 50 yardas que conectaba Agua Prieta, Sonora con Douglas, Arizona.

La fiscalía presentó fotos y un video donde se mostraba la sofisticación de un túnel que se abría con un pasadizo secreto. En el jardín de la casa de Agua Prieta, propiedad del empresario Francisco Rafael Camarena Macías estaba la clave a la entrada del túnel: un irrigador de pasto que al rotarlo hacía que el piso se levantara con una mesa de billar encima, mediante el uso de pistones hidráulicos, relevando un túnel con instalaciones eléctricas y un carrito para transportar cocaína.

También tenían fotos de los tabiques de cocaína con diferentes estampados sobre las cintas que los cubren. Estas marcas, explicaría más tarde el tercer testigo, se colocaban en una bodega de la Ciudad de México para identificar a los productores de cada paquete de la cocaína procedente de Colombia.

La interrogación por parte de la defensa estuvo dirigida por William Purpura, un hombre que hasta entonces había permanecido silencioso, observando, calculando. Purpura, con los lentes en una mano y un fólder de hojas en la otra, le cuestionó dos cosas al testigo. Por un lado, el reporte realizado por éste tenía fecha de, al menos, una semana después de la incautación. Por otro, Purpura se preguntó cómo el agente no notó que se estaba construyendo un túnel a dos cuadras de su oficina, donde estaba la bodega con la salida del túnel en Douglas.

El segundo testigo entró con la confianza de quien participa en algo que ha disfrutado antes. Éste, según explicó Robert C. Arnold, es al menos su centésimo testimonio en una corte. El químico forense retirado del Buró de Narcóticos y Drogas Peligrosas (ahora DEA), se dedicaba a hacerle pruebas a las drogas incautadas.

Arnold, un hombre mayor con el pelo completamente blanco y lentes grandes en forma de media luna, explicó a lujo de detalle las pruebas que realizaba para determinar si un cierto paquete de droga era, o no, cocaína.

Describió una prueba que realizó de la misma incautación que describió Salazar, en julio de 1990. Revisó 926 paquetes individuales de cocaína, haciéndoles una prueba de color. “Si es azul, tiene cocaína”, explicó. En este caso, el contenido de los paquetes era 95 por ciento cocaína pura, aproximadamente 930 kilogramos.

En el silencio de la sala, los únicos sonidos eran el murmullo quedo de la traductora susurrando la traducción de la conversación entre su abogado y el testigo.

Purpura, caminando de un extremo al otro de la sala, le preguntó a Arnold si existía alguna prueba para determinar el origen de la cocaína, y si él la había realizado. “No la realizamos”, dijo. De tal manera que esa cocaína podría provenir de Bolivia, Ecuador o Perú y no necesariamente de Colombia, el país del Chupeta, principal proveedor colombiano del Cártel de Sinaloa.

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