Ecos del M68 Parte III

En el fragor de la masacre la muchedumbre se descompuso, las balas incesantes, los gritos, los chillidos, los lamentos de dolor; la gente horrorizada corría despavorida sin rumbo y chocaban unos con otros. Ancianos y niños caídos gritaban con rostros desfigurados, nadie atendía a nadie y el tiempo se detuvo de pronto para algunos, quedaban con la mirada perdida, el rostro desfigurado por la sorpresa y el dolor.

Carlos chocó de frente con aquel que llevaba en la siniestra un guante blanco y en la diestra una automática calibre 45. ¡Papá! ¡Qué haces aquí! El silbido de la bala no lo escucharon, al rosar al más algo, le causó una leve herida en la oreja izquierda, pero al instante vio como perforó la frente del muchacho que cayó al instante. ¡Nooo! Antonio Corrales gritó: ¡Una ambulancia! ¡Mi hijo! ¡Nooo! ¡Dios mío nooo! ¡Por favor, noooo! ¡Hijo, háblame! ¡No puedes estar muerto! ¡Contéstame! ¡Nooo! La escena en medio de la plaza se confundió entre la batahola desenfrenada. Los caídos eran ya muchos, nadie a atendía a nadie. Todo fue envuelto por el horror, el miedo; y el terror se impuso. Y el gorila se golpeó el pecho celebrando la victoria.

Un año antes, Antonio Corrales, alias el Cuadrado, mote que alguien le endilgó por su aspecto: de 1.87 de estatura, complexión robusta y cara cuadrada, lampiño; de origen tarahumara, trabajó unos meses atendiendo la caballeriza de un hacendado de Parral, cuando éste llegó a presidente municipal lo mandó con el comandante de policía para que lo entrenara para emplearlo como guarura. Al llegar a Senador se trasladó a la capital mexicana; el guarura le acompañó. En aquellos seis años ligó amistades y también conocimientos del ambiente policial; su fama de bragado pronto lo ubicó como un agente despiadado, y fiel como un perro, era eficaz en cualquier tipo de misión por escabrosa que fuera. Llegó a las guardias presidenciales.

—Viejo, Carlos no me hace caso. Ya le dije que no fuera a las manifestaciones, pero él dice que la lucha de la universidad es la lucha del pueblo… y no sé cuántas pendejadas más.
—Vieja. No te preocupes, yo me encargo.
—No quiero repetírtelo. La cosa está cabrona, hijo. Ya déjate de esas mamadas. Hay órdenes de detener las manifestaciones a como dé lugar y…
—Papá, no necesitas explicarme nada. Todos sabemos cómo se las gasta el gobierno…
—A ver, dices ¿sabemos? ¿Quiénes son los que saben?
—Todo México, papá. Y también muchos en el extranjero, saben que nuestro país está siendo gobernado por un orangután y…
—¡Cállate! No te permito que ofendas a mi presidente.
—¡Por favor papá! ese es un pelele de los Estados Unidos. Un presidente verdadero no atiende órdenes de un patrón extranjero, y ese es el presidente de los Estados Unidos.
—Tú no sabes nada, hijo.
—Te aseguro que sé mucho más de lo que te imaginas papá, por eso estoy convencido de que debo luchar por mi universidad, mis maestros, que sí estudian la historia y también lo que conviene a México, saben muy claro lo que debemos hacer.
—Pues estás muy equivocado. Ellos, tus profesores y esos líderes que ahora gritan a los cuatro vientos las consignas comunistas, obedecen a Rusia.
—¿No sé cómo no puedes estar de acuerdo en que todos debemos ser iguales?
—Eso no es posible hijo, sólo a un loco se le puede ocurrir que un peón debe tener los mismos derechos que un médico.
—No papá, la cosa no es así, te están lavando el coco.
—Bueno, ¡ya! Te prohíbo que asistas a esas manifestaciones.
—No puedes prohibirme nada papá, precisamente por eso estoy luchando, por ser libre.
—¡Ah sí! Pues si quieres ser libre, ya te puedes ir yendo a ver dónde, porque aquí, se hace lo que yo mando…

Abrazado a su hijo, Antonio Corrales, el Cuadrado, recordó aquel último encuentro con él. La sangre que aún no dejaba de salir por el gran agujero que tenía el joven a un lado de la oreja izquierda, le había manchado la camisa y parte del pantalón. Lo levantó, y en sus brazos lo llevaba sin importarle el zumbido de las balas, el correr de la gente espantada, el grito de los policías y los camaradas de guante blanco que lo miraron asombrados, pero ninguno se le acercó, sólo le gritaban: ¡No avances Cuadrado! ¡No avances, te pueden herir! ¡Cuadrado… no! Una ráfaga antecedió a la caída de los dos cuerpos. El Cuadrado sólo alcanzó a cerrar los ojos de su hijo. La grotesca posición de los cuerpos caídos, resultaba inexplicable, como inexplicable fue aquella matanza.

Por José Emilio Pacheco, fragmento de Las voces de Tlatelolco.

La multitud corrió hacia las salidas y encontró ballonetas. En realidad no había salidas. La plaza entera se volvió una trampa.
Aquí, aquí. Batallón Olimpia.

Las descargas se hicieron aún más intensas. Sesenta y dos minutos duró el fuego.

¿Quién ordenó todo esto? Los tanques arrojaron los proyectiles. Comenzó a arder el edificio Chihuahua. Los cristales volaron hechos añicos. De las ruinas saltaron piedras. Los gritos, los aullidos, las plegarias bajo el continuo estruendo de las armas.
¿Por qué no me contestas?
¿Estás muerto?

Ante la frialdad de las autoridades, la muerte sigue cobrando vidas, sabe que la impunidad le acompaña, sin embargo, les seguimos exigiendo atrapen a los que ordenaron la muerte de nuestro compañero y amigo Javier Valdez Cárdenas. ¡Justicia!

¡Justicia! ¡Justicia!

*Autor de la novela La agonía del caimán.

Artículo publicado el 9 de septiembre de 2018 en la edición 815 del semanario Ríodoce

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