Contra la propaganda política, la buena lectura


Ahora que vivimos agobiados por el despiadado bombardeo de las frases y huecas promesas de la mayoría de los que pretenden ocupar un puesto político, hemos de echar mano de nuestras argucias para esquivar, hasta donde nos sea posible, esa enfadosa avalancha.

Una forma de hacerlo sería tomar un avión, automóvil, motocicleta, lancha, o las de villa Diego para alejarse a otro país, donde la civilización sea más benevolente y tenga piedad de sus habitantes. Pero, por desgracia, hemos de poner los pies sobre la tierra, y de acuerdo a las posibilidades, buscar otra alternativa. Una de ella, se me ocurre y se las paso al costo porque es efectiva: he decidido hundirme en la lectura.

Empezaré por leer poesía. Desde hacía tiempo me venía runruneando esa idea en la sesera; adentrarme en este fascinante género. La verdad, siempre me había parecido que la poesía sólo era para los cursis. Recuerdo que estando en cuarto año de primaria, mi profe Diego Montoya, al que recuerdo por su mote de “El Caballón”, me dejó castigado a la hora del recreo, con unas orejas de burro de cartón adornando mi cabeza, pero además con la consigna de estar volteado hacia la pared. Minutos después, cuando ya el tedio hacia presa de mí, escuché unos pasos, pero no me atreví a voltear para no arriesgarme al castigo. El rasgar de un gis en el pizarrón me inquietó; me aguanté, pensé en los reglazos del profe. Escuché una ricita y pasos que se alejaron. Cuando el agobio estaba por hacerme reventar, la algarabía de mis condiscípulos se hizo presente, y al momento la voz del Profe imponiendo silencio. —Alfarito, ha terminado el castigo. Para mañana quiero de corrido las tablas del ocho y el nueve. Al voltear me quité las orejas, y en el pizarrón: ¡Polícía, policía! No atrapen al ladrón, agarren al Alfaro, que me ha robado el corazón…

La carrilla —ahora bulling— se prolongó por varios días. Aquella manifestación “poética”, la odie, más, porque pronto se supo el nombre de la autora. Era una chiquilla esmirriada, flaca como una “campamocha”, pecosa y usaba lentes de aumento, por eso le apodaban “la cuatro ojos”. Luego nos inventaron un estribillo con la tonada de “El piojo y la pulga”, canción que estaba de moda. Desde aquellos entonces, la poesía me pareció ridícula, sinónimo de burla.

Con el paso del tiempo, y gracias a mi contacto con algunos poetas, he logrado a estimar que la poesía es la madre de la literatura. Desde la aparición del humano en la tierra, en cuanto a la forma de comunicarse, fue primero la poesía. Los sonidos guturales, eran expresiones sacadas desde lo más honde del sentimiento humano, algunas veces por necesidad, otras por desesperación, pero siempre con sentido poético.

Recuerdo la película Tizoc, con Pedro Infante y María Félix, una obra premiada en Rusia. Hay una escena que atrae: dos indígenas se comunican con silbidos, forma poética de hacerse entender. La canción misma que canta Pedro: Yo te quero como a mis ojos, como a mis ojos te quero. Pero quero más a mis ojos, porque mis ojos… ti-vieron: Eso es poesía.

“Corona y Coronita, tan buena la grande, como la chiquita”, “Mejor, Mejora, Mejoral”. Estos anuncios encierran poesía. Lean en voz alta y se darán cuenta de su musicalidad, pero además, dense cuenta lo que en tan breves palabras encierran. Estos comerciales, que fueron muy famosos, fueron creados por uno de los poetas más destacados de México: José Gorostiza, el creador del poema: Muerte sin fin.

José Gorostiza Alcalá nació en Villahermosa, Tabasco el año de 1928 y murió en la ciudad de México en 1973. Fue poeta y diplomático, destacó como funcionario, pero más como poeta y ensayista. Fue miembro de la revista “Contemporáneos” (1928-1931). Su obra más reconocida fue el poema Muerte sin fin (19399).

Los comentarios de la crítica: “Uno de los más importantes poemas largos escritos en español del siglo XX; en este, los versos dejan la simplicidad y, sin abandonar el dialogo entre vida común y expresión exacta, se sumergen en una búsqueda poética exhaustiva y en la muerte”.

Busquen y lean en voz alta o en silencio, a José Gorostiza, además de Muerte sin fin, tiene una cantidad extensa de ensayos, cuentos y poemas como Se alegra el mar, Dibujos sobre el puerto, La orilla del mar, Quien me compra una naranja, Preludio, Epodo, etc.

Aquí la entrada a Muerte sin fin:
Lleno de mí, sitiado en mi epidermis, por unos días inasible que me ahoga, metido acaso.

Por su radiante atmósfera de luces que oculta mi conciencia derramada, mis alas rotas en esquirlas de aire, mi torpe andar a tientas por el lodo; lleno de mi —ahíto— me descubro en la imagen atónita del agua que tan solo es un tumbo inmarcesible, en desplome de ángeles caídos a la delicia intacta de su peso que nada tiene sino la cara en blanco, hundida a medias, ya, como una risa agónica en las tenues holandas de la nube y en los fuertes canticos del mar, —más resabio de sol o albor de cúmulo que solo espuma de acosada espuma.

Dicen de que: “de poeta, político y loco, todos tenemos un poco”. Pero no hay que dejarse llevar. De locos, creo sí, todos tenemos algo, pero de político y poeta no. No cualquiera puede ser un buen poeta, y menos, un buen político.

Yo admiro mucho a los buenos poetas, pero más, a los buenos políticos. Ahora que vienen las elecciones, hemos de fijarnos bien a quien hemos de elegir. Conocer al buen político es fácil, ese es el que hace política para servir. El político malo en lo contrario, hace politiquería para servirse.

Los malos políticos son precisamente los que no cumplen: el Gobernador y el Procurador de Sinaloa no han respondido al reclamo de justicia para nuestro compañero y amigo Javier Valdez Cárdenas.

*Busca sus novelas en librerías: Gonvill, México y Educal.

Artículo publicado el 29 de abril de 2018 en la edición 796 del semanario Ríodoce.

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