Malayerba Ilustrada: Un dedo desempleado

 

 

Todo un esperpento: flaco y de cuello largo, mediana estatura, moreno y de paso tambaleante. Pero le funcionaba muy bien el índice de la mano derecha. Sobre todo a la hora de jalar el gatillo.

No llegó temprano a aquella fiesta. Colonia Guadalupe Victoria, nueve de la noche. Ya merodeaba por el lugar, pero no daba. Se topó con una fiesta infantil y un brinca-brinca en medio de la calle, bloqueando el paso vehicular. Reviró. Nada.

Buscó y buscó por calles aledañas. Dio por fin con la ayuda del sonido estruendoso del discomóvil. Ya se instalaban los chirrines, de rojo uniformados: tarola y baquetas, acordeón, tololoche y guitarra en honor al festejado.

Ese caminar lo delató rompiendo los mapas formados por el polvo cruzando las luces de los fanales. Ese paso de alambre, como bailando, como tambaleando, significa que ahí viene el Tito, dijo alguien que lo conocía.

Agarró lugar junto a unos familiares del cumpleañero. Tomó una y otra de cuartito. Son ricas las ampolletitas porque se conservan heladas, pero no duran nada: era su filosofía de las botellas con líquido ambarino, tamaño y duración.

Con unas quince de esas en la panza empezó a vomitar su vida en los oídos de los asistentes más cercanos. De 21 años, tímido para desenvolverse entre desconocidos, se sintió en confianza y así lo estaba.

Era sicario, confesó. Matón de los Arellano. Estudiante en la Facultad de Contabilidad y Administración de la UAS. Cuarto año. Oriundo de Angostura o al menos eso dijo.

Listo para trabajar en un despacho de contadores y fiscalistas amigos suyos. Es una empresa grande y oigan, bien.

Quién lo iba a decir con ese enclenque: traía un suru guinda y no era modelo reciente. Sin vidrios polarizados ni rines de lujo. Tenis y no calzado de piel de anguila ni cintos piteados. Sin sombrero ni joyas, solo una esclava delgada como su existencia.

Eso sí. Los movimientos al baño y para alcanzar las ambarinas descubrieron la escuadra en la parte trasera del pantalón, fajada entre éste y la camiseta interior.

Hizo desmanes en Mazatlán no sé cuándo. Se enfrentó a policías ministeriales en Culiacán. Se echó a dos el año pasado. Levantó a uno de la Hidalgo y lo entregó para no saber más de él.

Es apacible y sencillo, bueno para pistear. Sin escándalos ni actitudes de quien pretende amedrentar, se empedó cerca de las treinta. Doce de la noche. Chirrines, barbacoa y frijoles puercos. Nada de polvo ni mota. No era necesario.

No trabajo, vivo de mis rentas. Pero ya ando buscando chamba porque no traigo lana. Estoy esperando que me llamen, porque me dijeron que hiciera un jale. No sé qué.

Después de todo esto me voy a trabajar con unos amigos. Tienen un rancho y exportan al otro lado. Un primo que es agrónomo también está con ellos. Mucha lana y un empaque grande. Ahí puedo ser el contador. Se notaba en esa apacibilidad que no traía los muertos consigo. Tal vez ni el alma tatuada de tantas muescas en representación de las calaveras colgadas a la vida violenta de la ciudad y del puerto.

Y así de flaco y aparentemente debilucho, tenía un dedo inquieto, terco a la hora de posar frente al gatillo. Pero sin chamba: era un dedo desempleado.

Columna publicada el 24 de diciembre de 2017 en la edición 778 del semanario Ríodoce.

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