Malayerba Ilustrada: Los cinco mil

 

Se acostó pensando en la lana que tenía que meterle al consultorio. Todo el equipo que le faltaba. Y lo despertaron temprano. Toc-toc-toc: los golpes en la puerta de su casa hicieron más que sacarlo de la cama, de la que saltó espantado.

No hubo muchas explicaciones. Lo subieron a una camioneta y de ahí a una pista de terracería. Ya los esperaba un piloto. Volaron alto, rumbo a la sierra. Bajaron en la parte plana de un cerro. Y luego a pie, en medio de la selva.

Cuando le dijeron que había un herido reaccionó como si trajera un resorte. El juramento hipocrático se le hizo poco. Pero cuando vio el cuadro aquel su ritmo cardíaco, ya alterado por tantas veredas, subidas y bajadas, subió de volumen.

Tres heridos, dos de ellos con lesiones aparatosas y sangrientas, pero leves. El tercero era el que preocupaba: fractura de costilla y cráneo, golpes en el rostro y fractura expuesta de tibia y peroné.

La sangre protagonizaba una fuga masiva. El herido, con los ojos bien abiertos, le suplicaba al médico que lo salvara. A un lado de ellos la avioneta humeante, destrozada. Media tonelada de mariguana y tres traficantes eran mucho peso para esa nave vieja y ruidosa. Así se los advirtieron, pero cerraron sus oídos: no vapasarnada. Pero pasó.

Como pudo le cubrió los huesos. Tapó la herida con gasas y trapos y con cuatro ladrillos de mariguana empaquetada le entablilló la pierna. Se sentía Como médico de guerra y el humo en la avioneta se hizo fuego.

Los otros buscaban desesperados cómo sofocarlo y él le conectó al herido la aguja del suero. El sangrado era intenso aún, no paraba. El fuego crecía. El sangrado amainó y el incendio fue controlado. Qué bueno, pa que no vengan los guachos.

Sorteando piedras y árboles, por un camino accidentado y resbaloso, regresaron a la avioneta. Y de ahí a la ciudad.

El médico, recién egresado de la facultad, estaba frente a su primera prueba: era su incendio interior, su hora de la verdad, el momento de aplicar lo que vio en las aulas de la universidad.

Con fuerza aplastó simultáneamente los paquetes de suero. Con esa hipovolemia el enfermo podía morir pronto: a chorros tenía que salir el suero.

Lo llevaron a una clínica en una camioneta. El joven no le quitaba los ojos de encima ni las manos de las bolsas de auxilio. Malherido, el otro le preguntaba: ¿Qué le hace falta en su consultorio, doctorcito? Insistente, lo repetía.

Él no contestó: quería salir del apuro y no despegarse un milímetro de las atenciones urgentes que el caso requería.

En la clínica los estaban esperando. La sala quirúrgica estaba lista. El otro le pidió que no se le separara: no se me vaya, doctorcito, lo quiero ahí, dentro, en la operación.

En la sala de espera la familia le dio las gracias al joven. A sus veintitrés años había salvado una vida rescatada en la selva montañosa, había surcado el aire de la sierra sinaloense y llegado a salvo a la sala de operaciones.

Le dijeron que luego arreglaban cuentas. No pareció importarle mucho. Unos cinco mil pesos no me vendrían nada mal. No dijo nada. No hay problema, para eso estamos; lo bueno es que todo salió bien y que él está bien.

Pasó los siguientes días entre consultas de infecciones en la garganta, parasitosis, mujeres embarazadas. Una insistente llamada telefónica lo sacó de esa rutina de estetoscopios y abatelenguas.

Le habían depositado cinco mil. Pero dólares. Suficientes para equipar su consultorio. Y para seguir viviendo. Le dijeron que lo iban a buscar si se ofrecía. Se acostó pensando en eso: ojalá que no. Toc-toc-toc, se oyó con fuerza.

Columna publicada el 11 de febrero de 2018 en la edición 785 del semanario Ríodoce.

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