Malayerba Ilustrada: De cartón de piedra

 

Al Sica, en estos días aciagos.

Desde que la cambiaron a esta tienda, solía pasarse las tardes viendo a la calle. Instalada en el escaparate se probaba vestidos con regularidad. Llegaban remesas de ropa y se la colgaban los trabajadores como si vistieran a una reina.

Así fue sorprendida aquella tarde. La mirada perdida del otro lado del cristal, descalza, como acostumbraba posar en esa alfombra roja. Sonrisa agradable y de un rojo seductor. Ese vestido blanco ostión que le caía en las piernas y dibujaba ese cuerpo esbelto, tallado y perfecto. Esas manos ofrecidas y extendidas, lo mismo querían dar que esperar.

Transeúntes del otro lado. Siete de la tarde. Tráfico nutrido por la Obregón. Jóvenes departiendo alrededor de un café en el restaurante de contraesquina. Púberes ex doncellas bamboleando sus caderas con ese uniforme azul cielo del güinsor.

Los compradores deambulando como almas en pena por los pasillos del centro comercial. Gente en la escalera, frente a las cajas registradoras, detenidas en los aparadores del lugar.

Y ella ahí, nada más divisando. Estupefacta, anonadada, solo miraba y seguía sonriendo, como si eso definiera el tuétano de su vida. El gozo de mirar y ser mirada.

Así estaba, en lo suyo. Los gritos rompieron la aparente rutina: no disparen, aquí no. Fue la voz que se oyó, como un grito, en el umbral del elevador. Las voces fueron calladas y sustituido todos los decibeles por el traqueteo aquel: nueve milímetros que escupían fuego.

La gente corrió para donde pudo. Las paredes de tablarroca cedieron fácilmente. Los cristales fueron fácilmente penetrados. Tres muertos en los pasillos. Charcos de líquido rojo estropearon el encerado piso.

Los sicarios se acercaron a los cuerpos. Dispararon de nuevo para asegurar el comité de recepción que le brindaron a la muerte. Los policías del lugar corrieron. Otros se escondieron con sus revólveres empuñados. No hicieron nada.

Un automóvil de modelo reciente emergió del oscuro estacionamiento del sótano. Unos dijeron que era rojo, estratus. Otros que color plata, que yeta, que malibú gris. Unos que salieron huyendo rumbo a la caseta cuatro. Otros que no, que hacia la glorieta. Igual se fueron.

A los tres minutos llegaron los ministeriales. Los de periciales poco después. Huellas, casquillos calibre nueve milímetros y sangre recogieron del lugar. Otros mitoteaban, nada más.

Y ella, en cambio, permaneció inmóvil, estupefacta. Igual se quedó. Ni de reojo miró a los mirones. Aguantó el estruendo del accionar de las armas y luego los gritos y luego el ulular de las patrullas. Y siguió con la mirada extraviada y la sonrisa puesta en el rostro, afable y ofrecida.

Ya la gente no la miraba. Nadie se percató que ella seguía ahí, atenta y presta. Que del otro lado del cristal brillaban sus labios carmesí y esos pezones se conservaron erguidos del otro lado de la seda blanca ostión.

Tan como siempre y tan como si nada. No se percató de su vestido estropeado. Ni siquiera ella vio el orificio de bala en esa tela fina, en ese vientre plano. No sintió la muerte porque no había vida detrás de ese cuerpo de cartón piedra, de maniquí.

Columna publicada el 17 de diciembre de 2017 en la edición 777 del semanario Ríodoce.

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