La mariguana, los muertos y los aspirantes

ANTONIO CASTAÑEDA. Operar para Jesús Valdez.

Durante la Conferencia Anáhuac “Perspectivas turísticas 2018”, realizada en Ciudad de México el jueves pasado, el secretario de Turismo, Enrique de la Madrid, manifestó su simpatía porque la mariguana sea legalizada en las zonas turísticas del país, con el fin de convertirlas en destinos más seguros. Y hasta dijo que “sería absurdo que México no diera ese paso”.

Polémica la propuesta (además nunca se había sugerido focalizar la legalización solo en destinos turísticos), los principales aspirantes presidenciales fueron cuestionados al respecto y mientras Ricardo Anaya, de la coalición Por México al Frente y los independientes Margarita Zavala y el Bronco se opusieron claramente, los precandidatos de Morena, Andrés Manuel López Obrador y José Antonio Meade, de la coalición que encabeza el PRI, le sacaron la vuelta al tema, sin ofrecer una postura clara. Armando Ríos Piter, también independiente, fue el único que se manifestó por legalizar su consumo para fines recreativos.

No es un tema menor. Podría pensarse y sostenerse que no se trata de un asunto de Estado y que por lo tanto su discusión en el marco del proceso electoral que se vive no es tan relevante, pero habría que verlo con más detenimiento. No es el mercado de la mariguana (el interno y el de exportación) el causante de la violencia que padece nuestro país, pero mucho aporta en ese sentido y esa parte del debate debe dimensionarse claramente.

Y tienen razón quienes argumentan (para oponerse a la despenalización, como Margarita —del gobernador de Nuevo León no hay que esperar argumentos sino desplantes y bufonadas) que tomar esta medida no va a resolver el problema de la violencia. Es verdad, no lo va a resolver porque desde hace décadas la violencia es un problema estructural en México y abatir sus índices pasa por muchas medidas como la prevención, la procuración de justicia y el castigo de los actos criminales, la lucha contra la corrupción, la educación, el mejoramiento de los niveles de bienestar, el combate a la pobreza, la integración familiar…

Pero con tantos años de remar en sentido contrario, no es posible mantener el mismo enfoque prohibicionista sobre el tema, máxime al constatar cómo la lucha por la reducción de daños en otros países, principalmente en los Estados Unidos, ha tenido éxito. Apenas hace unas semanas, el consumo de mariguana se liberó en el estado de California.

Cuesta trabajo a los políticos asumir siquiera que el tema debe debatirte con apertura y flexibilidad. Prefieren, hasta los que parecieran ser liberales, aferrarse a conceptos conservadores con el fin de no poner el riesgo sus votos. Sigue siendo, en esos pequeñísimos círculos, un tema tabú, contrario a lo que exige el contexto nacional y mundial, y en particular contra lo que está ocurriendo en muchos estados de la Unión Americana.

Y aún más, pienso, como ya lo están planteando organizaciones que nacieron en los Estados Unidos desde hace casi dos décadas, como la Drug Policy Alliance, que no solo la mariguana hay que despenalizar, sino todas las drogas. Esto pareciera una extravagancia pero al final eso estaríamos discutiendo en el futuro. El combate a las drogas con los criterios prohibicionistas ha sido un fracaso que se expresa en los cientos de miles de vidas perdidas por el consumo ilegal de drogas —que podrían evitarse con el tratamiento médico de los adictos—, por los cientos de miles de homicidios que ha generado la lucha por el mercado y el control de las plazas, por las corrupción de las instituciones del Gobierno y por la inmensa cantidad de recursos económicos destinados inútilmente a esta lucha.

Pero si no nos atrevemos a discutir al menos la despenalización de la mariguana, menos vamos a pensar en medidas de mayor envergadura. Nosotros tal vez sí, la sociedad y sus organismos ciudadanos, pero no aquellos que pretenden gobernarnos. Ellos piensan en la rentabilidad de un discurso, no en políticas eficaces de Estado.

Bola y cadena
HACE MENOS DE UNA SEMANA el precandidato priista, José Antonio Meade, hizo públicos cinco puntos para abatir los índices de violencia en México. Interesante al menos para debatir, la propuesta del aspirante no tuvo eco porque él en sí mismo no tiene eco; no ha llegado siquiera a sensibilizar a los medios de comunicación porque su discurso es anodino y la forma de decirlo también. Y no se ve cómo, si no ha sabido llegar a los medios, va a seducir a los electores. Dos propuestas destacan de lo que dijo en Durango: desarmar a las organizaciones y confiscar sus bienes y su dinero. Pero nadie lo siguió, ni para aplaudirlo ni para refutarlo.

Sentido contrario
DE ANDRÉS MANUEL LÓPEZ OBRADOR hay que seguir esperando puntadas para que luego de las críticas se retracte o matice y diga que distorsionó su discurso “la mafia en el poder”. Andando por Chiapas dijo que estaría dispuesto a firmar la pipa de la paz con Carlos Salinas y con Enrique Peña Nieto. Y dispuesto a perdonar (como si fuera dios). El Peje pide calma a sus detractores, pero el que debiera calmarse es él. Y cuidar el verbo. Hablar de perdón a Salinas después de que él mismo lo ha satanizado, lo desfigura.

Humo negro
SOLO EN DOS O TRES DE LOS QUE LLEGARON el vienes a ocupar las presidencias municipales para sustituir a los alcaldes que buscarán la reelección, se ve la mano del gobernador, Quirino Ordaz Coppel. Nadie esperaría que no la metiera, por supuesto, porque al final la carga política de la elección que viene recae en él. Los que han llegado a las comunas no estarán ahí para gobernar, sino para operar, desde cada uno de sus territorios, las campañas en favor de los candidatos del PRI.

 

Columna  publicada el 28 de enero de 2018 en la edición 783 del semanario Ríodoce.

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