Falsos futbolistas: Dionicio Farid y Carlos ‘Kaiser’ Raposo

DIONICIO FARID. Falsificó una imagen real de otro jugador.

El oaxaqueño Dionicio Farid se inventó una vida como promesa en las categorías inferiores de un “grande” europeo y hasta pláticas impartió a niños sobre su “historia de éxito”; el caso del brasileño Carlos Kaiser Raposo, un justiciero o el mayor estafador en la historia del futbol.

Falso, mentiroso, impostor, desleal, ficticio, fraudulento. Con esas palabras podríamos definir al futbolista mexicano Dionicio Farid Rodríguez.

Este oaxaqueño de 19 años, inventó ser futbolista de la Juventus en categoría Sub-20 y hasta pláticas impartió a niños sobre su “historia de éxito”.

Tanta fue su farsa, que le valió para salir en periódicos, firmar autógrafos y dar incluso charlas y entrevistas para hablar sobre su experiencia en el futbol italiano.

Farid se autoproclamaba en su perfil de Instagram —que por cierto ya fue eliminado—, como “futbolista profesional” y contaba con más de 16 mil seguidores y en donde mostraba sus supuestos logros deportivos.

Tanta fue su mentira, que publicó fotografías con la camiseta de la Vecchia Signora e incluso falsificó una imagen real del jugador portugués Joao Serrao en la que le suplantaba por arte de magia. Un montaje más en esta historia de película.

Se dice que el oaxaqueño perteneció a las fuerzas básicas de Lobos y también estuvo en inferiores de Pumas, pero su “más grande logro” es “haber anotado 10 goles en Champions juvenil con la Juventus Sub-20”.

El diario AND Sureste expuso la supuesta historia exitosa de Dionicio Farid. Dijeron que el joven viajó a unas pruebas en Estados Unidos, donde había visores de clubes como Juventus, Getafe y Rayo Vallecano y los italianos “lo eligieron”.

Pero no existe futbolista mexicano alguno registrado en algún plantel de la Vecchia Signora en cualquiera de sus divisiones.

CARLOS RAPOSO. El más grande estafador.

El caso del brasileño Carlos Kaiser Raposo

La cómica historia del mayor estafador en el mundo del futbol.

No ser futbolista no le impidió jugar —y cobrar— en la élite del futbol sudamericano durante casi dos décadas. Cómo lo hizo, es toda una historia.

De acuerdo al portal La Prensa, Raposo tenía un don, y no era precisamente el del balón. Sabía llevarse de maravilla con quien había que llevarse de maravilla. Y así comenzaron sus relaciones de amistad con futbolistas que por aquel entonces —hablamos de los años 80— estaban en lo más alto del futbol brasileño.

Sobre todo en las discotecas, ese terreno tan habitual casi como el césped para los futbolistas cariocas, era cuando llevaba a cabo su jugada. Convencer a alguno de sus amigos —se habla de Ricardo Rocha, Edmundo, Renato Gaúcho, Romario, Branco, Bebeto, Carlos Alberto Torres…entre muchos otros— de que debían incluirle en su fichaje para el nuevo equipo.

Porque estaba seguro de que podía jugar, y porque además se iba a preocupar de que al futbolista en cuestión no le faltara nada. A ello ayudaba, claro, un físico atlético —similar, cuentan, al de Beckenbauer, y de ahí su sobrenombre de Kaiser— y a que evitaba sospechas de primeras.

Su primer contrato profesional fue en 1986, en el Botafogo. Todo, gracias a Mauricio. El resumen de Henrique: cero partidos jugados. “Hacía algún movimiento raro en el entrenamiento, me tocaba el muslo, y me quedaba 20 días en el departamento médico. En esa época no existía la resonancia magnética. Cuando los días pasaban, tenía un dentista amigo que me daba un certificado de que tenía algún problema. Y así, pasaban los meses”, explica.

Por eso, pese a no jugar, no tuvo ningún problema en firmar la temporada siguiente con el Flamengo. Ahí tenía otro gran amigo, Renato Gaúcho. En el entrenamiento acordaba con un colega que le golpeara, para así marcharse a la enfermería”. También cero minutos en el Flamengo.

Hay que tener en cuenta que en aquella época, la información no era tan accesible como hoy.

No contento con engañar en Brasil, se marchó a México. Al Puebla. Unos meses, cero minutos y rumbo a Estados Unidos. El Paso era su siguiente destino. Tampoco llegaría a pisar el césped.

En 1989 regresa a Brasil. Al Bangú. Y ahí vivirá una de las anécdotas —por llamarlo de alguna manera— que mejor le definen. Desbordado por la situación, su entrenador decidió convocarlo. En la segunda mitad le manda hacer ejercicios de calentamiento, y Henrique, ante la posibilidad de saltar al terreno de juego, se las ingenia: se pelea con un aficionado del equipo rival en la banda, y es expulsado.

Gracias a tantos y tantos amigos, posteriormente fue pasando por América, Vasco de Gama, o Fluminense. ¿Cómo hacía tantos amigos? Simple. Lo cuenta él mismo. “Nos concentrábamos en un hotel. Yo llegaba dos o tres días antes, llevaba diez mujeres y alquilaba apartamentos dos pisos debajo del piso en que el equipo se hospedaría. De noche nadie huía de la concentración, lo único que teníamos que hacer era bajar las escaleras”.

Tras otro fugaz paso por Palmeiras y Guaraní, Henrique, mediante otro amigo, recala en el Ajaccio francés. En aquellos años un brasileño llegado a Europa era sinónimo de éxito, y la presentación que le había preparado el club sorprendió al futbolista.

Pero para un hombre que llevaba años engañando a todos, eso sólo iba a ser un reto más. Un reto más que superado.

Aunque asegura Henrique que fue ahí, en el Ajaccio, donde sí jugó de verdad. Nunca más de 20 minutos por partido, pocas veces en cada temporada en la que estuvo en el campeonato francés. Y de ahí, con 39 años, colgó las botas.

Artículo publicado el 14 de octubre de 2018 en la edición 820 del semanario Ríodoce.

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