Malayerba: Daños a terceros

Malayerba: Daños a terceros

El golpe fue demoledor, seco. El escenario de esa esquina pintaba de cuerpo entero la magnitud: la fachada de la farmacia de la esquina destrozada, el Mustang metido hasta la mitad y los trozos del edificio y del tráiler esparcidos. Bulevar Madero y Obregón. Más allá de la media noche y viernes. Si algo le sobraba era lana en ese bolsillo que se estaba acostumbrando a andar siempre abultado y jugoso. Los dólares parecían excitarlo. Se sentía seguro. Más si aplastaba ese acelerador.

Recién llegado de Estados Unidos, tenía mucho por hacer. Pero lo primero era pasear por la ciudad en ese negro caballo de acero. Y hacerlo como el mismo culichi que salió de ahí fracasado y en la desolación.

Ahora regresaba hinchado de dinero. Sin más preocupación que mostrarse a conocidos y desconocidos. Subir los decibeles. Aplastar y tallar la llanta contra el pavimento. Rechinar con los verdes del semáforo y en las esquinas. Al dar vuelta.

Sus hijos y su mujer podían esperar. Había que subir la cerveza de bote y colmar la yelera. Y estrenar el sonido de estéreo emepetrés y discos compactos: con los bajos retumbando en los cristales y los agudos estridentes.

Una suerte de realización personal verse pasar por la Obregón a las siete de la tarde. Pararse en el crucero peatonal de la Ángel Flores. Darse un rol por el malecón nuevo y por las calles de Las Quintas y no dejar de lado el bulevar Anaya ni el bulevar Sinaloa.

Agarrar de nuevo la Obregón hasta las Ciudades Hermanas. Subir por La Lomita y bajar por las calles traseras, hasta el Sears y luego por Montebello. De regreso será inevitable tomar de nuevo la Obregón.

Y darle duro a ese virginal acelerador. Y darle uso a su garganta, sumiéndose en la placentera combinación de ambarino con polvos blancos. Desde temprano y hasta la madrugada.

Pero poco le duró el gusto. Cerca de las tres de la mañana perdió el control de todo en ese crucero. Le pegó de lado a un tráiler que circulaba por el bulevar. Luego fue a dar con el local que ocupaba una farmacia, casi en la esquina. Dos muertos.

De la bolsa de ese inerte muslo izquierdo el agente del ministerio público recogió dos tarjetas de crédito gringas, identificaciones oficiales y un fajo de quince mil dólares. Cuando la viuda fue a reclamar sólo le entregó las credenciales.

Es por el seguro por daños a terceros, le argumentó, malicioso. Y lo repitió cuando le cayó el abogado contratado por la mujer: los daños los cubre el seguro y déjate de chingaderas. Pero insistió en el no: son las investigaciones, dijo.

Era obvio que el emepé quería un gajo de esos quince mil. Así que el abogado ya no lo buscó. Le advirtió por teléfono que no se la iba a acabar. Y a los veinte minutos le llegó la llamada. Era el subprocurador general: que regresara la lana y dejara de insistir en pendejadas.

La viuda y su abogado llegaron de nuevo una hora después. Esta vez no se escondió ni dijo nada. Entregó el fajo. Y le dijo al litigante que la había regado, que eso no era necesario.

Le había puesto el dedo con sus superiores. Y eso no cubría por daños a terceros. A los dos días fue destituido.

Artículo publicado el 25 de enero de 2026 en la edición 1200 del semanario Ríodoce.

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