Malayerba: Cocinera

Malayerba: Cocinera

La casaron a los 14 años. Ella sabía que era su destino y el tipo aquel de manos grandes y movimientos toscos ya se la había querido llevar. Vámonos pues, le dijo, quedito, cuando la tomó del brazo para huir del lugar.

Era una morra chambeadora. Entre los surcos, pizcando y taspanando maíz se partió el alma y la piel: las plantas de los pies cuarteados, maltratados, enterrados y trazados por cortadas.

Dura la vida. Dura la sierra allá, en El frijolar. Badiraguato está pesado: todos andan metidos en la siembra de mariguana y desde niños los llevan a los plantíos a despatar las matas para dejar solamente el chicharrón, la cola, y luego ponerla a secar.

Es vida cotidiana, sobreviviencia. Así lo cuenta ella, desde lejos, con las nubes y las montañas verdes inundándole la mirada, detrás de esas antiparras bifocales, a pesar de sus treinta y tantos.

A eso se dedicaba el novio. El mismo que se la llevó con su consentimiento a medias. Su padrastro la maltrataba y obligaba a trabajar en los sembradíos de maíz, de seis de la mañana a seis de la tarde, con apenas unos minutos para el itacate.

Por eso aprovechó la invitación del tipo hosco aquel, a quien no quería como marido pero le caía bien. Fue una forma de huir de esa vida de castigos y silencios espesos y dolorosos. Vámonos pues, vámonos pa’llá. Y se fueron a otro rancho.

La tía los casó. No importaron sus catorce inviernos y otoños. Era destino en la serranía, colindante con el estado de Chihuahua. Pero el hombre no sirvió, era desobligado. Le entraba duro a la siembra de mota, a moverla, bajarla a la ciudad, sin mucha suerte y tampoco son muchas ganas.

El nombre de plano se hizo flojo y no quiso batallar con los niños ni con el sustento. Ella se queja. Decidió abandonarlo y emigrar a Culiacán. Allá dejó la mota, los plantíos, las nubes en las veredas enverdecidas.

Empezó en los restaurantes, lavando platos. Y ahí se quedó, en la cocina, meneando carnes, frutas y verduras en las sartenes y cacerolas. Envuelta en los vapores y sabores, en la cochambre y la sazón, pero sin el gusto de cocinar, sin la pasión de parir platillos.

De El frijolar hasta Culiacán, pasando por la cabecera municipal, Pericos, la carretera internacional y puntos intermedios, el paso de su esposo y su familia ha dejado huellas de sangre y plomo.

Muertos de todos los bandos han sido sembrados violentamente a la vera del camino, entre el maizal y las plantas de mariguana que esperan ser despatadas. Unos están en la cárcel, esperando la muerte porque la sentencia no se divisa en sus horizontes de barrotes. Otros huyendo. Algunos más agazapados, esperando ajustar cuentas.

Y ella ahí, frente a las estufas, a un lado de los refrigeradores, entre platos, cucharas, tenedores y cuchillos. Emergiendo poco a poco, sin dejar atrás la sobreviviencia. Sacando para el chivo, pa’los plebes y la escuela.

Su hija tiene 17 y el menor 15. Ambos estudian. Me salieron buenos mis plebes, son buenos hijos, son buenos conmigo. No andan en las drogas ni en borracheras y de ese pasado entre plantíos de enervantes y malos tratos sólo tienen fotos borrosas, en blanco y negro.

Y desde la estufa encendida, acitronando verduras sobre la hornilla encendida, ve la huella roja de El frijolar y tantos muertos, menos su marido. Ve la huella y espera, confía, sueña, con que no la alcance a ella ni a sus plebes.

Artículo publicado el 07 de junio de 2026 en la edición 1219 del semanario Ríodoce.

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