‘La terca memoria’: Mario Vargas Llosa

‘La terca memoria’: Mario Vargas Llosa

Hablar de Julio Scherer García es hablar de periodismo. Nacido en Ciudad de México el 7 de abril de 1926, dedicó su vida al “mejor oficio del mundo”, como le llamó alguna vez el escritor colombiano y su amigo, Gabriel García Márquez. Este mes se cumplen cien años de su natalicio y rescatamos de uno de sus libros, “La terca memoria”, una historia que, por los personajes que la integran, ahora también el mismo Scherer, busca cobijo en la inmortalidad.

 

 

 

Por Julio Scherer García

En el doble cumpleaños de Gabriel García Márquez y Cien años de soledad, la vida del escritor universal fue recordada hasta la minucia. Ya nada nuevo podría decirse acerca del Gabo, pero no existía recurso para eludirlo. Reinventó el idioma, una manera de reinventar el mundo, lo sabíamos todos, pero habría que releer su obra hasta repetir de memoria páginas enteras.

Inevitable en algunos medios surgió la fecha aciaga: el 12 de febrero de 1976, día del puñetazo de Vargas Llosa en el mentón de Gabriel García Márquez, su mejilla sangrante, el ojo izquierdo morado, su larga humillación, derribado sobre una alfombra de la Cámara Nacional de la Industria Cinematográfica.

En el suplemento cultural de El Universal, Confabulario, el 14 de marzo pasado, Rafael Cardona se ocupó del suceso. Cuenta, en el centro del escándalo, que Vargas Llosa le dijo, con voz de jefe:

—Tú te encargas que esto no se publique.
—Mario, eso es imposible. Ven. Si quieres te pongo en el teléfono a Julio Scherer y se lo pides tú. Yo no me atrevo (María Idalia y yo trabajábamos en el diario y yo había pedido permiso para ser un efímero jefe de prensa en la malhadada función que presentaba Odisea en los Andes, la película de Covacevich).

“En medio del barullo salimos enfrente, a la calle de Sinaloa y Oaxaca, a un restaurante alemán con duendes de cerámica pintados como enanos de Walt Disney y lamparitas verdes en la entrada.

—Don Julio, mire, déjeme decirle —y le conté todo a gran velocidad.
—¿Y qué espera para escribirlo, don Rafael?
—Bueno, mire, aquí está Vargas Llosa y quiere decirle algo […].

El célebre autor de Conversación en la Catedral empezó otra conversación. Conforme hablaba, su rostro se iba ensombreciendo. Apenas murmuraba un “bueno, Julio, sí, pero […] sí, no me digas”.

“En ese momento me percaté de algo sorprendente: por debajo de las axilas y a pesar del forro, el sudor había empapado su fina gamuza.”

—Sí, te devuelvo a Cardona dijo Vargas Llosa.
Tomé la bocina de Vargas Llosa y la tapé con la mano.
—¿Qué pasó, Mario?
—Me jodió.
—¿Cómo?
—Me dijo: “Cuando no quiera que las cosas se publiquen, don Mario, no las haga en público”. Eso fue todo.

Esa noche del 12 de febrero, recibí muchas llamadas telefónicas. Excélsior no debía solazarse en suceso tan lamentable y, en todo caso, convenía desangrarlo en páginas interiores. María Idalia firmó en primera plana, a tres columnas:

Mario Vargas Llosa derribó anoche de un puñetazo a Gabriel García Márquez. El resultado fue una mejilla sangrante y el ojo izquierdo morado. Todo ello, mientras un grupo de periodistas esperaba la exhibición privada de Odisea de los Andes, en la Cámara Nacional de la Industria Cinematográfica.

No hubo explicación previa. Vargas Llosa hablaba en un salón privado con esta reportera, sobre su participación como guionista de la cinta. El autor de Cien años de soledad entró en el lugar y abrió los brazos con intención de saludar a nuestro interlocutor, que interrumpió su frase para lanzarle el golpe.

Hubo desconcierto en la Cámara Nacional de la Industria Cinematográfica (donde, por cierto, se había quemado el motor del proyector). Las personas que se encontraban en el salón veían incrédulas a un hombre tirado en el suelo, confundido con la alfombra y tapándose la cara con las manos. Era Gabriel García Márquez, que vestía pantalón color vino y chamarra de lana a cuadros rojos y negros. Vargas Llosa decía:

¡Cómo te atreves a querer abrazarme después de lo que hiciste a Patricia en Barcelona! ¡No quiero volver a saludarte siquiera, porque no es bien nacido aquel que trata como tú lo hiciste a la esposa de un amigo…! ¡Y sobre todo en la situación en que Patricia y yo nos encontrábamos en Barcelona!

García Márquez no respondió. Vargas Llosa decía al editor Guillermo Mendizábal: “¡Saquen de aquí a este majadero!” Y nuevamente al escritor: “Y ni siquiera le has dado disculpas todavía”.

García Márquez trató de iniciar un: “Pero escúchame…” Y fue sacado del sitio por algunas personas que se percataron del incidente.

Temí por mi relación con el Gabo y durante largo tiempo pensé que aún no llegaba a su entraña. Fue más y más afectuoso conmigo y de él conservo unas líneas: “Para Julio, con un abrazote del duodécimo hermano”. Llevo conmigo el beso que me dio al entregarme el primer premio que otorga “Nuevo Periodismo”, la fundación nacida de sus manos, en compañía de Lorenzo Zambrano.

El 12 de junio de 1989 tuve una reclamación del Gabo. Fue telefónica:
—¿Por qué no me avisaste de la muerte de Susana?
—La sepultamos sólo los que estuvimos con ella las últimas horas.
—Se va el disgusto, queda la tristeza desnuda. Yo habría hecho lo mismo.

El texto se publicó en su libro La terca memoria/ DEBOLSILLO/2008

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