La joven toma el teléfono celular. Lo saca del interior de una bolsa beich. No está nerviosa, no. Más bien aparenta estar desenfadada y lenta. Como que no le importa. No tiene prisa. Está más allá.
Toma el aparato. Se lo pone en el cartílago auditivo derecho. Y exclama. Habla tan alto que parece pretender que la oigan, que se sepa, que todos escuchen su conversación:
Amor, ¿qué crees?, choqué otra vez.
Sí. Ajá. Ay mi amor, qué lindo. Sí. Sí. Sí. Aquí, por la… cómo se llama esta calle. Pregunta para ella sola, sin dirigirse a nadie en particular. Pero no falta el aprontado que le contesta: es la Francisco Villa.
La mujer traía esa camioneta roja. Nuevecita. Dos, tres choques había sumado en apenas mes y medio.
No hizo alto. Pegó muy fuerte con esa camioneta nisán en la que iban los eloteros. Los niños que viajaban en la parte de atrás resultaron con quemaduras: con el golpe y el frenón la olla casi se les viene encima y alcanzó a caerles el jugo caliente de los esquites.
No fueron las únicas víctimas de ese percance. Los que iban adelante, un par de ancianos, también se golpearon. Ellos estaban temblorosos. Las arrugas se les multiplicaron y ahondaron cuando vieron a los niños llorando.
El señor de la carreta de tacos que puebla religiosamente esa esquina fue otro de los damnificados. La carreta quedó descuadrada y arriba de la banqueta. Mesas y bancas desaparecieron en el asfalto.
Otros carros, dos o tres, fueron afectados por la imprudencia. Golpes en los guardafangos, en las defensas traseras, las puertas, los espejos, las salpicaderas. Y todos estaban estacionados.
Y ella con el teléfono: arrastrando su melodiosa voz, viajando por ese rinconcito de la ciudad que parecía zona de guerra.
Colgó la llamada. A los cinco minutos llegó la persona con la que antes hablaba por el auricular. Traía un maletín pequeño, como cangurera. Llegó al lugar como buscando a Dios para que le pidiera perdón.
Miró todo por encima y preguntó quiénes eran los afectados. Los agentes de tránsito se le quedaron viendo. Hacían los peritajes. Los socorristas de la Cruz Roja atendían a los niños y a los ancianos. Los de las aseguradoras tomaban fotos, preguntaban.
El hombre recorrió la zona. Parecía flotar. Parecía no ver a nadie. Parecía ausente. Corrió el cierre y sacó billetes. Puños. Les dio a todos: billetes a los ancianos, billetes a los policías, a los de la carreta de tacos de la esquina.
Billetes como arroz. Para hacer a modo el reporte vial de Tránsito. Y que no haya problemas. Y que no pase nada. Y que todos se vayan contentos.
A ella, la del platina que estaba estacionado, le ofrecían cincuenta mil. No estaba muy convencida. Los rechazó. No voy a arreglarlo con eso.
Los tránsitos la vieron. Los de la aseguradora, su aseguradora, también la vieron. Le dijeron agárrelos oiga. Agárrelos y que ai muera la bronca. Dijo que no. Y no.
Al otro día los periódicos hablaron de un choque. Céntrico crucero. Impactan varias unidades. Varios heridos, entre ellos algunos niños. Los auxilia la Cruz Roja. Pérdidas en miles de pesos.
La nota no dice que la joven de la camioneta no hizo alto. Más bien parece apuntar a los eloteros como responsables. Y la que no quiso recibir dinero ese día tiene miedo que eso diga también el reporte vial. Y que en lugar de que le paguen…
¿Bueno?, Amor, qué crees…
Artículo publicado el 30 de noviembre de 2025 en la edición 1192 del semanario Ríodoce.






